Que el Partido de Marine Le Penn haya obtenido casi el 22% de
los votos de los franceses y se haya
colocado en un lugar que le permite acceder a la Presidencia de la
República vecina, debe alarmar y mucho a estos líderes europeos que apostando
por las políticas de extrema austeridad, se han comportado durante los años de
la crisis como tiranos, con respecto a los pueblos y que ahora tendrán que
luchar con uñas y dientes para que la
extrema derecha no logre finalmente. instalarse en un país tradicionalmente
defensor de la democracia y la libertad, como reza en su himno.
Cuna de la primera revolución protagonizada por burgueses y
ocupado en dos ocasiones por gente con una ideología casi idéntica a la que
predica ahora Le Penn, Francia se encuentra en una grave disyuntiva en la que
debe optar por la decisión más importante que se haya tomado en una Nación
europea en los últimos tiempos, arriesgando todos los valores que han sido
símbolos patrios para los que proceden de allí y que ahora niegan
sistemáticamente a gente procedente de muy diversos lugares que pensaron
encontrar un destino mejor, cuando eligieron establecerse en Francia.
Nada ha podido la memoria de los malos tiempos, el bochorno
de la ocupación y esas imágenes terribles de los símbolos nazis colgando de las
paredes de los principales monumentos de Paris y de otras ciudades, para frenar
este ascenso imparable de quién no esconde la xenofobia que padece, ni la
agresividad que demuestra hacia cualquier persona que proceda de otras
culturas, cuando defiende un radicalismo feroz que asocia la felicidad propia
con el cierre de sus fronteras.
Arrogante y soberbia en el fondo y en las formas, Le Penn va
ganando adeptos entre las clases más desfavorecidas, capitaneando un Partido
que seguramente ni siquiera debió ser legalizado y cuyo catecismo resulta ser
un calco casi exacto del ideario que dio lugar al nacimiento del fascismo, en
Italia y en Alemania, antes de que todo desembocara en la Segunda Guerra
mundial, de infausto recuerdo.
Cómo ha podido calar el mensaje lanzado por esta ultra
derechista recalcitrante entre la clase obrera, por ejemplo, es una muestra más
de la ineptitud para gobernar que han demostrado los Partidos tradicionales en
todos los países europeos y de cómo se ha ido degenerando el pensamiento de las
izquierdas moderadas representadas por el socialismo en general, hasta fundirse
con las propuestas de la derecha, abandonando a su suerte, en el peor momento,
a todos aquellos a los que debiera haber defendido.
El triunfo de Trump, que ya dio la voz de alerta demostrando
que cualquier cosa es posible, cuando el electorado sólo desea huir de la
miseria, bien podría trasladarse esta
vez hasta Francia colocando en El Elíseo a Le Penn, a la que por cierto ha
apoyado en varias ocasiones el americano, directamente.
Quizá por eso, se ha desatado de pronto el miedo en la
Comunidad, como si éste tipo de situaciones no se hubieran visto venir desde
hace ya demasiado tiempo y todos los mandatarios se han apresurado a pedir al
unísono el voto para Macron, que se ha convertido en una especie de tabla de
salvación a la que agarrarse, tras el naufragio que se les ha venido encima,
como consecuencia directa de su avaricia
desmesurada y su insolidaridad con los problemas de las personas que poblamos
el Continente.
Viéndole las orejas al lobo y temiendo que si ganara Le Penn,
Francia también abandonara la Unión, produciendo una hecatombe de efectos
indeseados, todos los que aclamaron las propuestas capitaneadas por Merkel,
incluido nuestro señor Presidente, se ven ahora forzados a dar un frenazo
violento, aterrorizados por las consecuencias que se han derivado, de su modo
de gestionar la crisis.
Las huestes de parados y venidos a menos que se han puesto al
servicio de los Partidos de extrema derecha en este continente, no son, sino el
reflejo de una indignación poco formada, que encuentra en las promesas de estos
nacionalistas extremos, el apoyo que les han venido negando los líderes en los
que creían, hace tan solo unos pocos años.
El peligro extremo que representaría el triunfo de Le Penn en
un país como Francia, se encuentra llamando con firmeza a las puertas de Europa
y debemos rogar por que finalmente no llegue a producirse, aprendiendo a la
vez, que para canalizar el descontento, existen otras vías menos extremistas
que estas que proponen los fascistas de nuevo cuño que amenazan con derribar,
otra vez, los pilares democráticos europeos.
El voto útil a Macron, no va a solucionar desde luego,
ninguno de nuestros problemas, sobre
todo porque nadie sabe realmente cual sería la línea que podría seguir este
recién llegado de última hora a las presidenciales francesas, pero los
mandatarios europeos, no pueden, si no mirar esta opción como la única salida
que les queda, aunque no les vendría nada mal, aprender y mucho, de los
gravísimos errores que con todos nosotros han cometido.

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