lunes, 24 de abril de 2017

De ídolos a individuos


Con el  resultado de las elecciones francesas recordando a los Partidos tradicionales que su tiempo de hegemonía ha terminado y a la espera de que Esperanza Aguirre presente una dimisión obligatoriamente exigida desde la cúpula de Génova, la mañana nos despierta con la imputación de Eduardo Zaplana, que viene a sumarse a todas las que ya conocemos y que colocan a los conservadores en una situación insostenible, sobre todo para poder aprobar los presupuestos.
Casado,  al que se adjudicó hace ya tiempo la imposible defensa de todo el que es acusado por la justicia de delitos de corrupción y que ya no sabe, sino repetir el manido argumento del cesto de manzanas podridas, viene a resumir sin embargo, cuál viene siendo la estrategia del PP desde que empezara a conocerse esta cadena interminable de presuntos delincuentes y que no es otra, que degradar a los que fueron hasta el mismo momento en que la justicia les imputó, amados ídolos de multitudes, a la despectiva categoría, de simples individuos.
Aclamados, loados, ensalzados y abrazados, uno a uno, por el actual Presidente mientras les confesaba su admiración y un amor incondicional, los Rato, Bárcenas, Granados, González o los imputados en Valencia y también, naturalmente, Zaplana, han sido considerados y no lo debemos olvidar, pilares fundamentales en la construcción del Partido que nos gobierna, que ahora reniega de ellos condenándolos a una condición de innombrables que les deja en la más espantosa soledad, enfrentados individualmente y sin remedio a los gravísimos cargos de que se les acusa y que los que permanecen aún en la cumbre, no adivinaron o no quisieron ver, como si convivir en un mismo entorno no diera ya, de por sí, suficientes pistas para sospechar que algo muy irregular estaba ocurriendo y una ceguera colectiva se hubiera extendido como una pandemia, por los despachos principales de las sedes, que el PP tiene en todo el territorio en el que vivimos.
Este desconocimiento total, que más parece propio de mentes de considerable debilidad que de avispados dirigentes políticos, no puede, sino mover a los ciudadanos a creer que han puesto el destino de la Nación en manos de absolutos incompetentes, pues si en tantos años no han sido capaces de detectar ni uno sólo de los casos de corrupción que sucedían a su alrededor, cómo podrían ejercer con cierta seriedad las más sencillas labores de gobierno, si se tiene en cuenta la extrema atención que se requiere para llevar el timón de un país, en tiempos tan difíciles como los que se viven en estos momentos.
Así que una de dos, o ese desconocimiento generalizado que afecta a los dirigentes del PP es puro fingimiento o más nos vale aligerar el momento de que abandonen la Moncloa, a la mayor brevedad posible, antes de que su   más que evidente torpeza, nos coloque a todos al borde de un precipicio que todos ellos negarán ver, hasta que no nos despeñemos irremediablemente estrellándonos contra el fondo para siempre.
 A todo esto, habría que sumar, además, esa comentada rebelión de fiscales que parece haberse desatado tras la presunta coacción a la que dicen haberse visto sometidos muchos de ellos y que parece gritar tácitamente, que existe una constante injerencia de los poderes políticos en las cuestiones relacionadas con la justicia y que los acusadores están hartos de que se les obligue, en cierto modo y siempre según ellos mismos, a ejercer de abogados defensores de ciertos acusados de renombre, en causas de profundo calado, que afectan y de qué manera, a la sociedad en general, por la naturaleza de los delitos.
Que se dude de nuestra inteligencia y que sólo se nos dé cierta importancia, únicamente cuando se acercan las elecciones, ya ni siquiera nos sorprende, pero es nuestra obligación aclarar, que las mentiras no se convierten indefectiblemente en verdades a fuerza de repetirlas cada vez con más fuerza y que la necedad de creer que a los ciudadanos se les puede convencer con cualquier argumento, hace ya tiempo que dejó de ser una realidad, pues la dificultad de la época ha conseguido convertirnos en auténticos expertos en descifrar lo que se esconde bajo los mensajes que se nos lanzan a través de los medios.
De todos modos, ahora que las manzanas podridas de este cesto se han multiplicado como los panes y los peces de aquella parábola, puede que los “individuos”, cansados del ostracismo a que los ha condenado el que fuera su amado partido, se decidan por fin a unirse, optando por exhibir públicamente la copiosa información de la que sin duda dispondrán y que bien podría demostrar que jamás actuaron en soledad, sino más bien, en compañía de otros, de esos que ahora tanto reniegan de ellos, siempre presuntamente.

De que se llegue o no a la verdad, depende en mucho lo que pueda sucedernos a todos, en un futuro nada lejano y no sería de extrañar, visto lo visto, que las encuestas diesen un vuelco y ocurriera, de una vez, algo distinto a lo que estamos acostumbrados y que está visto que no puede ser peor que  lo que tenemos, seguramente por nuestra insistencia en emitir un voto útil.

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