Con el resultado de
las elecciones francesas recordando a los Partidos tradicionales que su tiempo
de hegemonía ha terminado y a la espera de que Esperanza Aguirre presente una
dimisión obligatoriamente exigida desde la cúpula de Génova, la mañana nos despierta
con la imputación de Eduardo Zaplana, que viene a sumarse a todas las que ya
conocemos y que colocan a los conservadores en una situación insostenible,
sobre todo para poder aprobar los presupuestos.
Casado, al que se
adjudicó hace ya tiempo la imposible defensa de todo el que es acusado por la
justicia de delitos de corrupción y que ya no sabe, sino repetir el manido
argumento del cesto de manzanas podridas, viene a resumir sin embargo, cuál
viene siendo la estrategia del PP desde que empezara a conocerse esta cadena
interminable de presuntos delincuentes y que no es otra, que degradar a los que
fueron hasta el mismo momento en que la justicia les imputó, amados ídolos de
multitudes, a la despectiva categoría, de simples individuos.
Aclamados, loados, ensalzados y abrazados, uno a uno, por el
actual Presidente mientras les confesaba su admiración y un amor incondicional,
los Rato, Bárcenas, Granados, González o los imputados en Valencia y también,
naturalmente, Zaplana, han sido considerados y no lo debemos olvidar, pilares
fundamentales en la construcción del Partido que nos gobierna, que ahora reniega
de ellos condenándolos a una condición de innombrables que les deja en la más
espantosa soledad, enfrentados individualmente y sin remedio a los gravísimos
cargos de que se les acusa y que los que permanecen aún en la cumbre, no
adivinaron o no quisieron ver, como si convivir en un mismo entorno no diera
ya, de por sí, suficientes pistas para sospechar que algo muy irregular estaba
ocurriendo y una ceguera colectiva se hubiera extendido como una pandemia, por
los despachos principales de las sedes, que el PP tiene en todo el territorio
en el que vivimos.
Este desconocimiento total, que más parece propio de mentes
de considerable debilidad que de avispados dirigentes políticos, no puede, sino
mover a los ciudadanos a creer que han puesto el destino de la Nación en manos
de absolutos incompetentes, pues si en tantos años no han sido capaces de
detectar ni uno sólo de los casos de corrupción que sucedían a su alrededor,
cómo podrían ejercer con cierta seriedad las más sencillas labores de gobierno,
si se tiene en cuenta la extrema atención que se requiere para llevar el timón
de un país, en tiempos tan difíciles como los que se viven en estos momentos.
Así que una de dos, o ese desconocimiento generalizado que
afecta a los dirigentes del PP es puro fingimiento o más nos vale aligerar el
momento de que abandonen la Moncloa, a la mayor brevedad posible, antes de que
su más que evidente torpeza, nos coloque a todos
al borde de un precipicio que todos ellos negarán ver, hasta que no nos
despeñemos irremediablemente estrellándonos contra el fondo para siempre.
A todo esto, habría
que sumar, además, esa comentada rebelión de fiscales que parece haberse
desatado tras la presunta coacción a la que dicen haberse visto sometidos
muchos de ellos y que parece gritar tácitamente, que existe una constante
injerencia de los poderes políticos en las cuestiones relacionadas con la
justicia y que los acusadores están hartos de que se les obligue, en cierto
modo y siempre según ellos mismos, a ejercer de abogados defensores de ciertos
acusados de renombre, en causas de profundo calado, que afectan y de qué
manera, a la sociedad en general, por la naturaleza de los delitos.
Que se dude de nuestra inteligencia y que sólo se nos dé
cierta importancia, únicamente cuando se acercan las elecciones, ya ni siquiera
nos sorprende, pero es nuestra obligación aclarar, que las mentiras no se
convierten indefectiblemente en verdades a fuerza de repetirlas cada vez con
más fuerza y que la necedad de creer que a los ciudadanos se les puede
convencer con cualquier argumento, hace ya tiempo que dejó de ser una realidad,
pues la dificultad de la época ha conseguido convertirnos en auténticos
expertos en descifrar lo que se esconde bajo los mensajes que se nos lanzan a través
de los medios.
De todos modos, ahora que las manzanas podridas de este cesto
se han multiplicado como los panes y los peces de aquella parábola, puede que
los “individuos”, cansados del ostracismo a que los ha condenado el que fuera
su amado partido, se decidan por fin a unirse, optando por exhibir públicamente
la copiosa información de la que sin duda dispondrán y que bien podría
demostrar que jamás actuaron en soledad, sino más bien, en compañía de otros,
de esos que ahora tanto reniegan de ellos, siempre presuntamente.
De que se llegue o no a la verdad, depende en mucho lo que
pueda sucedernos a todos, en un futuro nada lejano y no sería de extrañar,
visto lo visto, que las encuestas diesen un vuelco y ocurriera, de una vez,
algo distinto a lo que estamos acostumbrados y que está visto que no puede ser
peor que lo que tenemos, seguramente por
nuestra insistencia en emitir un voto útil.

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