Me permitirán que haga un inciso en mis artículos diarios
sobre la actualidad política, para recomendar a mis lectores que vean, si les
es posible, la película “Yo soy Daniel Blake” (Ken Loach, 1916), que narra con
fidedigna crudeza los efectos que ha
producido la crisis en los países europeos, a través de las historias de unos
personajes perfectamente dirigidos por la mano de este maestro del cine de denuncia
social y que consigue, en sólo dos horas, explicar con meridiana claridad, las
cosas que están ocurriendo a la gente normal y el terrible funcionamiento de
los sistemas de ayudas montados por los
Gobiernos y que debieran, teóricamente, solucionar los problemas de los ciudadanos, en lugar de
enredarse en absurdas disquisiciones directamente relacionadas con la
burocracia, que paraliza, sine díe, la presteza con que debían ser atendidos
determinados casos de extrema necesidad, que quedan en absoluto desamparo, ante
la mirada hipócrita de los que elegimos para dirigir nuestros destinos.
La narración, demoledora desde el primer fotograma y fiel a
una verdad que se procura ocultar a una Sociedad a la que se trata de culpar de
haber vivido por encima de sus posibilidades durante los tiempos de bonanza, se
convierte en una especie de análisis del momento actual y a medida que se van
sucediendo las escenas, va adquiriendo tintes de un dramatismo casi letal,
removiendo las vísceras del espectador y sus conciencias y despertando en ellos
una indignación natural, que sumada a una corriente inmediata de solidaridad
con las historias narradas, no deja otra salida que la lucha grupal, para
intentar al menos, cambiar este Sistema que nos ahoga sin piedad y que se niega
a hacer distinciones entre los casos más urgentes.
Te deja la película, pegado al asiento, con un regusto amargo
y un nudo en la garganta y naturalmente, avergonzado de que en países como los
nuestros, supuestamente pertenecientes al primer mundo, se haya llegado a tales
situaciones, quizá porque hemos consentido con extrema sumisión, la humillación
permanente a que hemos sido y somos sometidos, con la complacencia de nuestros
Gobiernos.
Con ese sello inglés, que ha hecho un arte de la ambientación, independientemente de cuál
sea la época en que se desarrollen los acontecimientos, el tono grisáceo en el
que se mueven los personajes y que inunda los rincones de la ciudad en la que
viven y el ambiente que les rodea, resulta ser un protagonista más de esta
puesta en escena impecable y absolutamente reconocible para cualquiera de los
ciudadanos de a pie, de este Continente en el que nos encontramos.
Por favor, no se la pierdan y reflexionen a fondo sobre el
mensaje que transmite, porque estoy
segura que muchos de ustedes llegarán a la conclusión de que debieran haber
hecho mucho más para que cosas así no pudieran nunca suceder y también, de que
quizá nunca estuvieron tan cerca de la verdad de lo que estaba ocurriendo a su
alrededor, sin que se le diera la importancia que merecía realmente.
Y a todos aquellos que alguna vez se quejaron o se quejan de
los subsidios que ofrecen las administraciones de nuestro entorno, se la
recomiendo especialmente, para que descubran por sí mismos, cuán difícil
resulta la obtención de algunas de estas ayudas estatales y el calvario de
penalidades a que se puede llegar a someter a las personas que los solicitan,
por una u otra causa.
La sensación final, que ustedes compartirán de seguro
conmigo, cuando la vean, es la de que este Sistema que tanto defienden nuestros
socios comunitarios, no sólo está definitivamente corrompido, sino que no
merece un solo euro de inversión, debido a su deleznable funcionamiento.
Atrévanse a sentarse y a introducirse personalmente en esta
obra maestra de nuestro tiempo, porque sé, positivamente, que les va a merecer
la pena.

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