miércoles, 5 de abril de 2017

Obra maestra


Me permitirán que haga un inciso en mis artículos diarios sobre la actualidad política, para recomendar a mis lectores que vean, si les es posible, la película “Yo soy Daniel Blake” (Ken Loach, 1916), que narra con fidedigna crudeza  los efectos que ha producido la crisis en los países europeos, a través de las historias de unos personajes perfectamente dirigidos por la mano de este maestro del cine de denuncia social y que consigue, en sólo dos horas, explicar con meridiana claridad, las cosas que están ocurriendo a la gente normal y el terrible funcionamiento de los sistemas de ayudas  montados por los Gobiernos y que debieran, teóricamente, solucionar  los problemas de los ciudadanos, en lugar de enredarse en absurdas disquisiciones directamente relacionadas con la burocracia, que paraliza, sine díe, la presteza con que debían ser atendidos determinados casos de extrema necesidad, que quedan en absoluto desamparo, ante la mirada hipócrita de los que elegimos para dirigir nuestros destinos.
La narración, demoledora desde el primer fotograma y fiel a una verdad que se procura ocultar a una Sociedad a la que se trata de culpar de haber vivido por encima de sus posibilidades durante los tiempos de bonanza, se convierte en una especie de análisis del momento actual y a medida que se van sucediendo las escenas, va adquiriendo tintes de un dramatismo casi letal, removiendo las vísceras del espectador y sus conciencias y despertando en ellos una indignación natural, que sumada a una corriente inmediata de solidaridad con las historias narradas, no deja otra salida que la lucha grupal, para intentar al menos, cambiar este Sistema que nos ahoga sin piedad y que se niega a hacer distinciones entre los casos más urgentes.
Te deja la película, pegado al asiento, con un regusto amargo y un nudo en la garganta y naturalmente, avergonzado de que en países como los nuestros, supuestamente pertenecientes al primer mundo, se haya llegado a tales situaciones, quizá porque hemos consentido con extrema sumisión, la humillación permanente a que hemos sido y somos sometidos, con la complacencia de nuestros Gobiernos.
Con ese sello inglés, que ha hecho un arte de  la ambientación, independientemente de cuál sea la época en que se desarrollen los acontecimientos, el tono grisáceo en el que se mueven los personajes y que inunda los rincones de la ciudad en la que viven y el ambiente que les rodea, resulta ser un protagonista más de esta puesta en escena impecable y absolutamente reconocible para cualquiera de los ciudadanos de a pie, de este Continente en el que nos encontramos.
Por favor, no se la pierdan y reflexionen a fondo sobre el mensaje que transmite, porque   estoy segura que muchos de ustedes llegarán a la conclusión de que debieran haber hecho mucho más para que cosas así no pudieran nunca suceder y también, de que quizá nunca estuvieron tan cerca de la verdad de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, sin que se le diera la importancia que merecía realmente.
Y a todos aquellos que alguna vez se quejaron o se quejan de los subsidios que ofrecen las administraciones de nuestro entorno, se la recomiendo especialmente, para que descubran por sí mismos, cuán difícil resulta la obtención de algunas de estas ayudas estatales y el calvario de penalidades a que se puede llegar a someter a las personas que los solicitan, por una u otra causa.
La sensación final, que ustedes compartirán de seguro conmigo, cuando la vean, es la de que este Sistema que tanto defienden nuestros socios comunitarios, no sólo está definitivamente corrompido, sino que no merece un solo euro de inversión, debido a su deleznable funcionamiento.
Atrévanse a sentarse y a introducirse personalmente en esta obra maestra de nuestro tiempo, porque sé, positivamente, que les va a merecer la pena.

   

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