miércoles, 30 de noviembre de 2016

La culpa tendenciosa


Mientras se libra un fuerte pulso en el Parlamento, para intentar echar abajo las leyes más polémicas que aprobara el PP en la Legislatura pasada, como la LOMCE o la Mordaza, los ecos de la repentina muerte de Rita Barberá siguen sonando contundentemente en las voces de los sectores más recalcitrantes de su Partido, adjudicando a diestro y siniestro culpabilidades que, por sí mismas, no podrían haber desencadenado el deceso, pero que en cierto modo, alivian la mala conciencia de quienes habían convertido a la finada en innombrable, siguiendo las órdenes que les llegaban desde arriba.
El mismísimo José María Aznar se ha involucrado voluntariamente en esta polémica, criticando, como no podía ser de otra manera, lo mal que se han portado los que forman la cúpula actual del PP, con la ex alcaldesa y acudiendo, en olor de multitudes, a una de las misas que se han celebrado por su alma, quizá para demostrar a la familia que también entre los conservadores, sigue habiendo clases.
Esta estrategia de culpabilización,  que se ha puesto por bandera el sector más a la derecha del PP y que ha llegado a acusar a los medios de comunicación de practicar un acoso insufrible hacía Barberá, por lo que ellos consideran una nimiedad, como es el caso del pitufeo, ha empezado sin embargo a crear una especie de brecha entre las filas de los conservadores, que viene a ratificar que esa unidad de la suelen presumir los principales líderes populares, resulta ser en realidad muy frágil y que puede quebrarse en cuanto no se coincide en alguna toma de decisión, sobre todo cuando tiene que ver con los casos de corrupción y se opta por separar al sospechoso, del cargo que hasta ese momento ocupaba.
Qué habría que hacer entonces, cuando se produce una imputación judicial  que lleva al banquillo a algún cargo en activo del PP, es una incógnita que a pesar de la indignación palpable que estamos viendo estos días, nadie se ha atrevido a anticipar, ni siquiera el excelso ex Presidente, al que por cierto, no hemos oído defender a la ex alcaldesa de Valencia, hasta que se ha producido su muerte.
La impresión que percibe la ciudadanía sobre lo que está aconteciendo alrededor de esta desgraciada historia, es sin embargo, la de que se está tratando de convertir este tema en un asunto político y que se pretende tácitamente, a través de utilización, conseguir rebajar de algún modo el acuerdo con Ciudadanos, para mantener en sus cargos a los presuntos corruptos, prácticamente hasta que se hagan firmes las sentencias.
No se puede olvidar que de este modo, personajes como Bárcenas o Granados, continuarían ejerciendo, a pesar de los cargos que se les imputan e incluso gozarían de la libertad necesaria para seguir aumentando sus respectivos patrimonios, dentro o fuera de España  y con ello, se correría además el peligro de que se minimizaran hasta tal punto los asuntos de corrupción, que llegaría un momento en el que ni siquiera se les daría importancia, a pesar de que el dinero del que se habla, pertenece, en el fondo,  a todos los ciudadanos.
La esperpéntica representación a que estamos asistiendo estos días, la falsa indignación que ahora demuestran los mismos que callaron y permitieron que en el Partido se tratara a la alcaldesa como una apestada, no puede, sino dar a entender, que en política puedes pasar en un mismo día de villano a beato, sin que exista una explicación plausible, que justifique tal desatino.
El recogimiento que  en un primer momento pedía la familia, ha dado paso a un circo en el que las viejas glorias del PP, pugnan por ganar reconocimiento, no se sabe con qué clase de miras.
Parece imposible que los allegados de Barberá no sean capaces de distinguir algo que resulta tan evidente.




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