Vuelven las subidas de impuestos, esta vez empezando por los
que afectan a las bebidas azucaradas, el tabaco y el alcohol de alta
graduación, seguramente para continuar en breve con otras que consigan
realmente llenar las arcas del Estado, que no están tan llenas como se podría
presumir tras la gestión económica que hizo el PP en su anterior legislatura y
que llevó al Ministro Montoro a bajar el IRPF,
para frenar la caída de votos que estaban detectando sus informadores en
las encuestas.
También esta vez el Partido Popular había prometido que
bajaría los impuestos, exactamente igual que en 2011, para volver a demostrar
que en cuanto le llega la ocasión de poner en práctica su poder, no le cuesta
nada desdecirse de sus promesas electorales, aún siendo estrechamente vigilado
por otras Formaciones en el Parlamento.
A todos aquellos que han pecado de ingenuidad, volviendo a
otorgar su confianza a los conservadores, permitiéndoles reafirmarse en el
Gobierno, confiando en que las cosas ahora podrían ser bien distintas, habría
que decirles que la hoja de ruta propuesta por Mariano Rajoy y los suyos va a
diferenciarse bien poco de la que siguiera durante sus últimos cuatro años de
mandato, para que no se llamen a engaño, cuando empiecen a comprobar que su poder adquisitivo sigue mermando,
exactamente al mismo ritmo, que durante
los peores meses de la crisis.
Ese diálogo ficticio que ahora defienden los conservadores,
como única opción para sacar adelante este Gobierno, estará seguramente
relacionado con gestos puntuales con la oposición que, en la medida de lo
posible, no afecten a los asuntos económicos directamente dictados desde Europa
y para que no quede ninguna duda, podría servir como ejemplo estas primeras medidas
recaudatorias, que en nada ayudan a los ciudadanos, en sus dificultades
personales.
Los incumplimientos de promesas electorales ya hace tiempo
que debieran haber sido penalizados por ley, pues la sociedad no tiene otra
forma de conocer con qué intenciones se presentan a las elecciones los Partidos
Políticos, si no es a través del compromiso que teóricamente adquieren al
presentar sus programas y que tantas veces se rompen impunemente después,
provocando la lógica indignación de aquellos que les otorgaron su confianza, a
través de las urnas.
Pero mentir a los electores parece haberse convertido en la
primera medida que adoptan todos los que son elegidos para formar gobierno y no
pasa una sola legislatura sin que se olviden de todo aquello que prometieron,
para propinarnos severos golpes que, al parecer, no logran terminar con la
denodada lealtad que algunos demuestran hacia sus elegidos.
No hace falta ir muy lejos para comprobar que esas mentiras
son hechos ciertos y bastaría con mirar a los cuatro años que hemos pasado bajo
el mandato de los populares, para saber que no cumplieron ninguna de sus
promesas.
Esta forma de absoluto desprecio hacia la confianza de los
electores y de los ciudadanos en general, que esperan de sus gobiernos, al
menos, la seriedad necesaria para cumplir fielmente todos los puntos de sus
programas, comienza a ser, en general, un problema que afecta gravemente a la
manera de vivir de unos ciudadanos, a los que se miente
reiteradamente, a sabiendas de que nunca sucederá nada y con los que se juega
de modo descarado, en cuanto se aproximan las fechas de nuevas elecciones.
Para que quede claro, Rajoy no va a cumplir esta vez,
tampoco, todas esas cosas bonitas que nos contaba en sus campañas, así que no
queda otro remedio que empezar a pensar que en los cuatro años que vienen, nos
van a apretar y bien, de nuevo, el cinturón, por mucho que nos opongamos a
ello.
No sé si agradecérselo a sus votantes, o simplemente
decirles, que tienen lo que se merecen.

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