Ninguno de los resultados obtenidos ni en Italia, ni en
Austria, pueden convencer plenamente a la Unión Europea, aunque el fracaso de
Renzi en el país latino, podría considerarse como un nuevo desafío a las
políticas recomendadas desde Bruselas y el triunfo de los verdes sobre la
extrema derecha austriaca, ofrece un respiro momentáneo que alivia los peores
temores que sobrevuelan el viejo Continente.
El caso del Partido Popular español, que cuenta con un
electorado absolutamente fiel, por mucho que se tuerzan los tiempos, no puede
ser tomado como ejemplo de lo que podría suceder en otras naciones y lo
ocurrido con el referéndum italiano, tras el brexit británico, debiera mover a
los líderes europeos a una profunda reflexión y sobre todo a un cambio
paulatino que cierre el periodo de austericidio que ha provocado un clima de
crispación absolutamente justificable en una ciudadanía, cansada de pagar los
platos rotos de situaciones pasadas que no fueron controladas a tiempo.
Se podría decir sin temor a equivocarse, que si estos cambios
no se producen, la Comunidad se tambalea
peligrosamente, por el crecimiento de los nuevos Partidos y que con toda
probabilidad, será Francia la que incline la balanza cuando le toque acudir a
las urnas, siendo como es, uno de los imprescindibles bastiones con que cuenta
la Unión y estando como está Le Penn, en un momento espléndido para situarse
entre los vencedores de los próximos comicios.
El fracaso de Renzi, que quizá por haberse producido en
Italia, cuya inestabilidad política se ha convertido en usual, no ha llamado la
atención que debiera, constituye sin embargo un síntoma claro de debilitación,
que empieza a poner a Merkel y los suyos en un grave aprieto que podría
desembocar en algo mucho peor, si no ceden y mucho, en el tono de sus
exigencias a los países sureños.
Porque el respiro austriaco no ha sido, no nos engañemos,
todo lo contundente que se podría haber deseado y esa extrema derecha, que
aterroriza por sus antiguas connotaciones a los europeos, no solo ha estado
bien cerca de alzarse con la victoria en las elecciones, sino que continúa
ganando adeptos procedentes de la desesperación, en otras muchas de las naciones
que nos rodean.
Así que el pavor a las nuevas Fuerzas de izquierda que se
tiene en Europa y el empeño denodado en que Partidos como Podemos no puedan
llegar al gobierno, se antoja pecata minuta, si se compara su programa con los que presentan
estos ultras de nuevo cuño con ideología fascistoide, xenófoba y amiga de la
violencia, que además ahora, con la victoria de Trump en Estados Unidos, ya ha
empezado a dejar ver su cara más oscura, con el renacimiento de grupos como el
Ku Kus Klan, reivindicando una recalcitrante ideología, que muchos creíamos
muerta.
Si Europa no reacciona pronto y continúa tensando la cuerda
que ha llevado a la gente hasta el abismo de la miseria, si sigue aumentando el
desempleo, o lo que es peor, los trabajos basura que laceran la dignidad de los
seres humanos y que anclan a los más desfavorecidos a su propia desesperanza,
elegir caminos erróneos, por los que transitar sin competencia extranjera, bien
podría ser una elección mayoritaria que termine de manera tajante y violenta con
el espíritu de una Unión, que se ha comportado como una tirana, con aquellos
que aún conservamos el recuerdo de una vida mejor, que parece haber
desaparecido para siempre.
Equivocado o no, el discurso de las ultra derechas europeas,
sus promesas de prosperidad, basadas en un engrandecimiento de las propias
naciones y en la lucha sin cuartel contra la llegada y competencia laboral de
los extranjeros, cala fundamentalmente en aquellos que sin tener ningún tipo de
recuerdo sobre lo que sucedió en el continente en el siglo pasado, han dejado
de creer en la honestidad de los gobernantes al servicio de los poderes
económicos, agarrándose fuertemente a los que consideran la única tabla de
salvación, para recuperar algo de lo perdido, en el transcurso de esta crisis.
Perder de vista esta posibilidad, constituiría sin duda, uno
de los mayores errores cometidos por la Unión, desde el mismo inicio de su
existencia y menospreciar hoy lo que ocurre en Italia, conformarse con el
resultado austríaco o no tratar de atajar lo que viene sucediendo en Francia
bajo el mandato de Hollande, un terrible desacierto, cuyas consecuencias
pagaremos todos, si nada lo remedia, en un breve espacio de tiempo.

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