Son esos momentos, en los que la emoción nos arranca las
lágrimas y nos dejamos llevar por
sentimientos que a menudo
creíamos dormidos, los que hacen que el mundo se convierta, por medio de un
hechizo desconocido y mágico, en un lugar que merece ser amorosamente mimado
por la gente de buena voluntad, que encuentra en las cosas pequeñas, un camino
para alcanzar la sencilla felicidad que proporciona la construcción de un
recuerdo.
Pocas veces, se nos brinda la oportunidad de agradecer a quienes
hicieron posible uno de esos momentos y es sólo con el tiempo, si nos paramos a
mirar atrás, cuando añoramos la cálida sensación que tuvimos la enorme suerte
de vivir y nos arrepentimos de no haber abierto el
corazón, mostrando la grandeza de nuestro afecto.
Mi nieto Hugo, que ha representado esta mañana, junto a sus
compañeros de cinco años, la función navideña, en su colegio, se ha convertido
hoy, regalándonos desinteresadamente uno de esos instantes de pura felicidad,
también en el protagonista de este artículo y ha dejado, con su pequeña figura
y sus enormes dosis de candor, una de esas huellas imborrables que permanecerán
ancladas a la memoria de los que le queremos y a la que nos aferraremos con
firmeza, en los buenos y en los malos momentos.
Su voz blanca, escondida detrás de su disfraz, pequeña luz en
medio de este complicado universo, reclamando felicidad para otros niños menos
afortunados, aún sin entender el
verdadero significado de las lágrimas o las guerras, no puede, sino provocar un
torrente de solidaridad y todos hemos sido, por breves segundos, con él,
portadores de buenos deseos, queriendo transportar alegría, allá donde haya
sufrimiento.
Este regalo, hecho desde la bendita inocencia que conlleva la
edad, adquiere sin embargo, una inusitada importancia cuando remueve los
sentimientos y nos hace, aunque sea brevemente, eliminar escollos de un camino,
que pudo parecernos desierto.
No cabe mayor honor que dar las gracias a quién hizo posible
todo esto.

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