Mientras la guerra de Siria continúa recrudeciéndose hasta
límites insospechados, dejando tras de sí un reguero inenarrable de muerte,
sacrificio y miseria y reduciendo a los supervivientes a meros fantasmas que
deambulan a través del país buscando una frontera por la que escapar del horror
que les persigue, el llamado mundo civilizado, las naciones que se
autoproclaman como madres de la cultura y el progreso, no queriendo mirar
siquiera a la tragedia, se afanan en adornar sus ciudades en pos de un falso
espíritu de Navidad, construyendo a través de la ostentación, de las cascadas
de luces y del consumismo enfervorizado de las masas, un muro inexpugnable que
asegure su hegemonía para siempre y de la desafección por sus semejantes, un
canto de patriotismo trasnochado que resuena machaconamente en los oídos,
alienando a los hombres y mujeres de
buena voluntad, hasta aniquilar la nobleza de sus sentimientos.
Ese inaceptable
contraste que conmueve con su transcurrir cotidiano las raíces mismas de una
humanidad que camina hacia no se sabe dónde, abducida por una especie de
incurable locura que la afecta a la vez,
transgrediendo de manera irreparable cualquier principio o creencia, sucede sin
embargo, a la altura de nuestros ojos, que parecen haberse acostumbrado al
fragor sanguinolento de una incontrolada violencia, buscando sin parpadear, sin
girar la cabeza para mirar lo que hay detrás, el brillo de los oropeles que de
algún modo consiga convencernos de nuestra superioridad, sobre otros seres que
aún siendo de la misma pasta que nosotros, nada llegarán nunca a significar en
nuestras cómodas vidas, quizá porque su desesperación, dista mucho de ser la
nuestra.
Gira este mundo nuestro mientras lo deshacemos a pedazos,
siendo incluso conscientes de que no será eterno, reavivando en cada vuelta que
da, esas diferencias que a nadie interesa conciliar, en aras de un discurso mal
entendido y peor aplicado de supremacía pseudo protectora, absolutamente
intolerante y profundamente belicista, que hace de la indiferencia, del odio y
la desigualdad, un templo faraónico en el que resguardarse de los encarnizados
enfrentamientos que se libran a pocos pasos de nuestros confortables hogares,
ya de por sí, demasiado grandes y vacíos, en los que disfrutar en soledad,
sanos y a salvo de todo el mal que afecta sin embargo a los otros,
aleatoriamente.
La rutilancia de los abetos que tocan los cielos, las
suculentas mesas preparadas hasta el más
mínimo detalle, símbolo de abundancia y suntuosidad que potencia un ambiente de
paz inexistente, plagado de espirituales canciones, escritas al calor de la
lumbre, frente al peor de los inviernos, no logran sofocar la oscuridad, ni las
miles de toneladas de escombros que sepultan cualquier resto de vida, ni la
crónica humedad de los campos de refugiados a los que no llega esta Navidad,
cobarde, insolidaria, frustrante y
vergonzosa que aún nos atrevemos a vivir, como si no pasara nada y fuéramos los
héroes que escenifican un ejemplo, que con seguridad, no nos perdonarán las
generaciones venideras, entre otras cosas, porque no habrá un solo motivo para
poder hacerlo.

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