domingo, 11 de diciembre de 2016

Tiempos de contrastes


Mientras la guerra de Siria continúa recrudeciéndose hasta límites insospechados, dejando tras de sí un reguero inenarrable de muerte, sacrificio y miseria y reduciendo a los supervivientes a meros fantasmas que deambulan a través del país buscando una frontera por la que escapar del horror que les persigue, el llamado mundo civilizado, las naciones que se autoproclaman como madres de la cultura y el progreso, no queriendo mirar siquiera a la tragedia, se afanan en adornar sus ciudades en pos de un falso espíritu de Navidad, construyendo a través de la ostentación, de las cascadas de luces y del consumismo enfervorizado de las masas, un muro inexpugnable que asegure su hegemonía para siempre y de la desafección por sus semejantes, un canto de patriotismo trasnochado que resuena machaconamente en los oídos, alienando a los  hombres y mujeres de buena voluntad, hasta aniquilar la nobleza de sus sentimientos.
 Ese inaceptable contraste que conmueve con su transcurrir cotidiano las raíces mismas de una humanidad que camina hacia no se sabe dónde, abducida por una especie de incurable  locura que la afecta a la vez, transgrediendo de manera irreparable cualquier principio o creencia, sucede sin embargo, a la altura de nuestros ojos, que parecen haberse acostumbrado al fragor sanguinolento de una incontrolada violencia, buscando sin parpadear, sin girar la cabeza para mirar lo que hay detrás, el brillo de los oropeles que de algún modo consiga convencernos de nuestra superioridad, sobre otros seres que aún siendo de la misma pasta que nosotros, nada llegarán nunca a significar en nuestras cómodas vidas, quizá porque su desesperación, dista mucho de ser la nuestra.
Gira este mundo nuestro mientras lo deshacemos a pedazos, siendo incluso conscientes de que no será eterno, reavivando en cada vuelta que da, esas diferencias que a nadie interesa conciliar, en aras de un discurso mal entendido y peor aplicado de supremacía pseudo protectora, absolutamente intolerante y profundamente belicista, que hace de la indiferencia, del odio y la desigualdad, un templo faraónico en el que resguardarse de los encarnizados enfrentamientos que se libran a pocos pasos de nuestros confortables hogares, ya de por sí, demasiado grandes y vacíos, en los que disfrutar en soledad, sanos y a salvo de todo el mal que afecta sin embargo a los otros, aleatoriamente.

La rutilancia de los abetos que tocan los cielos, las suculentas mesas preparadas  hasta el más mínimo detalle, símbolo de abundancia y suntuosidad que potencia un ambiente de paz inexistente, plagado de espirituales canciones, escritas al calor de la lumbre, frente al peor de los inviernos, no logran sofocar la oscuridad, ni las miles de toneladas de escombros que sepultan cualquier resto de vida, ni la crónica humedad de los campos de refugiados a los que no llega esta Navidad, cobarde, insolidaria,  frustrante y vergonzosa que aún nos atrevemos a vivir, como si no pasara nada y fuéramos los héroes que escenifican un ejemplo, que con seguridad, no nos perdonarán las generaciones venideras, entre otras cosas, porque no habrá un solo motivo para poder hacerlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario