Arremete José María Áznar contra los principales dirigentes
de su Partido y muy especialmente contra Soraya Sainz de Santamaría, que reconoció públicamente el
gravísimo error cometido por el PP, en lo que concierne a sus antiguas
relaciones con los líderes catalanes, por causa de las cuales se ha triplicado
el número de independentistas, acarreando un grave problema al Estado Español,
que hasta ahora no ha podido encontrar, con Mariano Rajoy al frente, el modo de
resolver esta crisis.
Pide el ex Presidente guerra y medidas contundentes, acusando
al gobierno de ser demasiado blando con las exigencias propuestas por la
Generalitat y clama al cielo por lo que él considera como una ruptura en
ciernes de esa españolidad trasnochada que los suyos defienden, poniéndose por
bandera todos esos símbolos representativos que la derecha más recalcitrante ha
hecho suyos, sin que nadie le haya otorgado el permiso para sentirse más
patriotas, que el resto de los ciudadanos.
Busca, como siempre que interviene en algún acto, el
enfrentamiento directo con Rajoy, cosa que hasta ahora no ha conseguido, por la
flema que caracteriza al Presidente, que está demostrando en este asunto, tener
una paciencia a prueba de bomba, pues cualquier otro ya habría respondido a la
sarta de impertinencias que periódicamente salen por la boca de Aznar y que
siempre van encaminadas a debilitar la figura de aquel que eligió como sucesor,
aunque se haya arrepentido de ello, toda la vida.
Esto de atacar a Rajoy, que no resultaría nada extraño si
viniera de cualquier otro líder representativo de otras Fuerzas Políticas,
choca sin embargo, cuando se hace costumbre cada vez que por alguna razón se
reúnen los más recalcitrantes del PP y evidencia claramente, que esa unidad de
que se presume en los mítines electorales, no es más que un espejismo que se
desvanece delante de nuestros ojos, en cuanto se indaga un poco más a fondo en
las relaciones existentes entre estas facciones claramente lideradas, por
personajes muy conocidos.
Por eso, ha faltado tiempo para criticar que Soraya Sainz de
Santamaría se haya propuesto hacer cierto esfuerzo por minar asperezas con los
catalanes, aunque habría que recordar que en la época de Aznar, aquellos pactos
alcanzados que trajeron cierta estabilidad en las relaciones con Cataluña, se
hicieron con Jordi Pujol, al que ya se acusaba de enriquecerse a través de su
cargo, asunto que por cierto, fue tapado hábilmente por Madrid, para no chafar
el éxito de los acuerdos.
Claro que a José María Aznar no debe preocuparle tratarse con
según qué tipo de gente y no habría más que visionar de nuevo el video de la
boda de su propia hija, para entender que aún sin haber sido tocado
personalmente por determinados asuntos turbios, siempre ha estado rodeado por
personajes que después han sido imputados por corrupción, en todo tipo de
lugares y situaciones.
Esa guerra que pide el ex Presidente, que no haría otra cosa
que recrudecer un conflicto que late vivo en el corazón de la península y que
no tiene visos de tener otra solución que el diálogo y la negociación, amén de
la aceptación del Referendum, supondría además, aceptar que el Estado español
se encuentra dispuesto a reprimir, del modo que sea, cualquier intento de
rebelión que proviniera del ejecutivo catalán, sin importar el daño que se haga
con ello, a la gente corriente.
Creyéndose en posesión de la más absoluta verdad, Aznar ha
llegado a un punto, en el que ni siquiera es capaz de admitir esa diversidad de
opiniones que caracteriza el buen funcionamiento de una Democracia, que al
parecer no le importaría resquebrajar, con tal de imponer su criterio.
Asusta pensar que durante ocho años fuimos gobernados por
este personaje tan siniestro.

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