Al asesinato del Embajador ruso en Turquía, que nos había
estremecido a todos a media tarde, se sumó ayer después, apenas entrada la
noche, la noticia de un camión que irrumpía en un mercado navideño de Berlín y
que dejaba tras de sí la impresionante cifra de diez muertos y más de cincuenta
heridos.
Sin que haya quedado claro aún, si el segundo acto tuvo que
ver con el terrorismo, aunque guardando demasiadas similitudes con el suceso
ocurrido en Niza, la violencia incontrolable volvió a instalarse en el mismo
corazón de una Europa, que no ha sabido hallar caminos que solucionen el
gravísimo enfrentamiento que se mantiene con el llamado Estado Islámico y que
asiste impávida al desarrollo de la interminable guerra de Siria y a las espantosas
condiciones en que malviven los miles de refugiados que se agolpan ante
nuestras fronteras o que tratan de escapar del horror a través de esos mares
que se están convirtiendo en auténticos cementerios.
Es evidente que lo que se ha intentado hasta ahora y que se
ha basado, fundamentalmente, en devolver violencia por violencia, no ha servido
absolutamente para nada y basándonos en las experiencias que se han vivido a
través de la historia, fácilmente se podría llegar a la conclusión de que las
guerras de guerrillas han sido tradicionalmente imposibles de combatir, por lo
que se imponen otras medidas, tal vez, menos drásticas y violentas.
Lo único que estamos sacando en claro de las respuestas que
se ofrecen a estos pavorosos atentados que sesgan indiscriminadamente las vidas
de los inocentes, es un inusitado crecimiento de la islamofobia y un aumento
del auge de los Partidos fascistas que abogando por una extrema xenofobia,
proponen el cierre a cal y canto de nuestras fronteras, atreviéndose incluso, a
sugerir la inmediata expulsión de todos los musulmanes que residan, en los
territorios europeos.
Mirando atrás, este odio que se trata de inculcar, se parece
demasiado a los episodios que en el siglo pasado vivieron los judíos y da miedo
pensar que habiendo transcurrido tantos años y habiendo conocido al detalle el
horror que supuso la represión que contra ellos se practicó impunemente,
pudiera repetirse algo similar, contra otro grupo étnico.
No parece, a la vista de lo que ocurre en los campos de
refugiados y del empecinamiento de los líderes europeos de mantener los
bombardeos sobre Siria, que se haya previsto ahondar en la vía diplomática para
intentar alguna otra salida, pero lo cierto es que cada vez que ocurre uno de
estos atentados en alguna de las grandes ciudades europeas, uno se pregunta si
realmente existe auténtica voluntad de hacer posible un acuerdo de paz, que
libre al mundo de este durísimo enfrentamiento de Oriente y Occidente, que está
empezando a recordar a los tiempos de las Cruzadas, como si en los siglos
posteriores, la humanidad se hubiera quedado estancada, sin conseguir ningún
progreso.
De luto otra vez, acogotados por la posibilidad de que
cualquiera de nosotros podría estar en cualquier momento en el sitio elegido
para un nuevo atentado, los europeos ni siquiera nos atrevemos a exigir que se
intente denodadamente alcanzar un acuerdo y miramos atónitos cómo se van
instalando en nuestros países, supuestamente civilizados y ya incluso en el más
grande de los imperios, personajes cuya única obsesión es la de continuar fabricando y vendiendo armamento, a ver si
pueden borrar de la faz de la tierra a todos aquellos que por cultura o por
creencias, no piensan lo mismo que ellos.
El laberinto sin salida en el que nos están introduciendo,
los unos y los otros, no puede conducir a otra parte, que a la desolación y la
muerte.

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