martes, 20 de diciembre de 2016

Violencia incontrolable


Al asesinato del Embajador ruso en Turquía, que nos había estremecido a todos a media tarde, se sumó ayer después, apenas entrada la noche, la noticia de un camión que irrumpía en un mercado navideño de Berlín y que dejaba tras de sí la impresionante cifra de diez muertos y más de cincuenta heridos.
Sin que haya quedado claro aún, si el segundo acto tuvo que ver con el terrorismo, aunque guardando demasiadas similitudes con el suceso ocurrido en Niza, la violencia incontrolable volvió a instalarse en el mismo corazón de una Europa, que no ha sabido hallar caminos que solucionen el gravísimo enfrentamiento que se mantiene con el llamado Estado Islámico y que asiste impávida al desarrollo de la interminable guerra de Siria y a las espantosas condiciones en que malviven los miles de refugiados que se agolpan ante nuestras fronteras o que tratan de escapar del horror a través de esos mares que se están convirtiendo en auténticos cementerios.
Es evidente que lo que se ha intentado hasta ahora y que se ha basado, fundamentalmente, en devolver violencia por violencia, no ha servido absolutamente para nada y basándonos en las experiencias que se han vivido a través de la historia, fácilmente se podría llegar a la conclusión de que las guerras de guerrillas han sido tradicionalmente imposibles de combatir, por lo que se imponen otras medidas, tal vez, menos drásticas y violentas.
Lo único que estamos sacando en claro de las respuestas que se ofrecen a estos pavorosos atentados que sesgan indiscriminadamente las vidas de los inocentes, es un inusitado crecimiento de la islamofobia y un aumento del auge de los Partidos fascistas que abogando por una extrema xenofobia, proponen el cierre a cal y canto de nuestras fronteras, atreviéndose incluso, a sugerir la inmediata expulsión de todos los musulmanes que residan, en los territorios europeos.
Mirando atrás, este odio que se trata de inculcar, se parece demasiado a los episodios que en el siglo pasado vivieron los judíos y da miedo pensar que habiendo transcurrido tantos años y habiendo conocido al detalle el horror que supuso la represión que contra ellos se practicó impunemente, pudiera repetirse algo similar, contra otro grupo étnico.
No parece, a la vista de lo que ocurre en los campos de refugiados y del empecinamiento de los líderes europeos de mantener los bombardeos sobre Siria, que se haya previsto ahondar en la vía diplomática para intentar alguna otra salida, pero lo cierto es que cada vez que ocurre uno de estos atentados en alguna de las grandes ciudades europeas, uno se pregunta si realmente existe auténtica voluntad de hacer posible un acuerdo de paz, que libre al mundo de este durísimo enfrentamiento de Oriente y Occidente, que está empezando a recordar a los tiempos de las Cruzadas, como si en los siglos posteriores, la humanidad se hubiera quedado estancada, sin conseguir ningún progreso.
De luto otra vez, acogotados por la posibilidad de que cualquiera de nosotros podría estar en cualquier momento en el sitio elegido para un nuevo atentado, los europeos ni siquiera nos atrevemos a exigir que se intente denodadamente alcanzar un acuerdo y miramos atónitos cómo se van instalando en nuestros países, supuestamente civilizados y ya incluso en el más grande de los imperios, personajes cuya única obsesión es la de continuar  fabricando y vendiendo armamento, a ver si pueden borrar de la faz de la tierra a todos aquellos que por cultura o por creencias, no piensan lo mismo que ellos.
El laberinto sin salida en el que nos están introduciendo, los unos y los otros, no puede conducir a otra parte, que a la desolación y la muerte.




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