La entrevista de Jordi Évole a Juan Luís Cebrián, que había
levantado una expectación mediática acorde con la importancia del personaje y
muy fundamentalmente por su relación con el mundo de la política, quedó al
final, a los ojos de los televidentes, frustrada por la hosquedad con que el
entrevistado afrontó la cita y por su poca predisposición a aclarar los asuntos
que verdaderamente interesaban a los ciudadanos.
Un Cebrián subido de tono, que rozó la grosería en algunas de
sus contestaciones y que en todo momento evidenció su incomodidad ante las
preguntas que se le realizaban, dejó claro que su forma de entender la práctica
del periodismo, a pesar de haber formado parte de la profesión durante muchos
años, deja mucho que desear y que si todos aquellos que son considerados de
interés en algún momento de sus vidas, se comportaran de forma parecida a como
él lo hizo en Salvados, continuaríamos recibiendo una información tan sesgada
como la que nos llegaba en los largos años del franquismo y que afortunadamente
mejoró con la llegada de la democracia,
gracias a los esfuerzos de miles de profesionales, con los que siempre estaremos
en deuda.
Visiblemente enojado, quizá por las muchas referencias que se
han hecho últimamente sobre el intervencionismo del grupo que preside, en los
asuntos políticos del país, activó un mecanismo de defensa que fue
perfectamente perceptible para los espectadores, renunciando conscientemente a
la sinceridad que el presentador le
reclamaba, para resguardarse en todo
momento de las críticas que rodean a su persona y que le ponen en el
punto de mira de todos los medios.
Francamente tenso el momento en que se refirió a Pedro
Sánchez como un político mediocre, al que negó haber presionado en relación con
la línea a seguir en cuanto a su política de alianzas, aunque la sensación que
transmitió fue la de estar fraguando una venganza por las afirmaciones vertidas
sobre él en este mismo programa por el ex Secretario General del PSOE y que
todos creímos mucho más, a partir de escuchar la respuesta de Cebrián, quizá
por el tono empleado o por las formas
poco fiables con las que procuró desembarazarse de las responsabilidades de su
puesto.
El intento de negar por activa y por pasiva la influencia de
los medios de comunicación en la formación y caída de los gobiernos resultó
francamente huera y en nada llegó a convencer, sobre todo a los que ya contamos
con bastantes años, de la inocencia en estos asuntos de los que manejan el
llamado cuarto poder y que en estos momentos, en más casos de los que serían
deseables, se encuentra claramente alineado con la línea ideológica de
determinados Partidos, para desgracia nuestra.
Endiosado, soberbio e inaceptablemente paternalista con los
ciudadanos que nos sentamos a ver el programa, le faltó a Cebrián, darnos una
palmadita en la espalda en demostración de la poca estima en que tiene a
nuestra inteligencia.
Fue, todo lo contrario a lo que se espera de un periodista
realmente independiente y lo único que sacamos en claro de esta entrevista es
que parece estrechamente vinculado a los mecanismos del más alto poder y que se
encuentra como pez en el agua, moviéndose en ese ambiente.
Para los que una vez fuimos lectores entusiastas de El País u
oyentes de La Ser, saber que entre quienes los mueven se encuentra este
personaje, resultó francamente decepcionante, amén de vergonzoso y torticero.
Habrá que pedir a los buenos profesionales que aún quedan en
el periodismo, que no se dejen arredrar por estos gigantes dictadores y que
sigan cumpliendo con su obligación de informar, respetando siempre la verdad,
como afortunadamente vienen haciendo.

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