martes, 13 de diciembre de 2016

Lejos de la verdad



La entrevista de Jordi Évole a Juan Luís Cebrián, que había levantado una expectación mediática acorde con la importancia del personaje y muy fundamentalmente por su relación con el mundo de la política, quedó al final, a los ojos de los televidentes, frustrada por la hosquedad con que el entrevistado afrontó la cita y por su poca predisposición a aclarar los asuntos que verdaderamente interesaban a los ciudadanos.
Un Cebrián subido de tono, que rozó la grosería en algunas de sus contestaciones y que en todo momento evidenció su incomodidad ante las preguntas que se le realizaban, dejó claro que su forma de entender la práctica del periodismo, a pesar de haber formado parte de la profesión durante muchos años, deja mucho que desear y que si todos aquellos que son considerados de interés en algún momento de sus vidas, se comportaran de forma parecida a como él lo hizo en Salvados, continuaríamos recibiendo una información tan sesgada como la que nos llegaba en los largos años del franquismo y que afortunadamente mejoró  con la llegada de la democracia, gracias a los esfuerzos de miles de profesionales, con los que siempre estaremos en deuda.
Visiblemente enojado, quizá por las muchas referencias que se han hecho últimamente sobre el intervencionismo del grupo que preside, en los asuntos políticos del país, activó un mecanismo de defensa que fue perfectamente perceptible para los espectadores, renunciando conscientemente a la sinceridad  que el presentador le reclamaba, para resguardarse en todo  momento de las críticas que rodean a su persona y que le ponen en el punto de mira de todos los medios.
Francamente tenso el momento en que se refirió a Pedro Sánchez como un político mediocre, al que negó haber presionado en relación con la línea a seguir en cuanto a su política de alianzas, aunque la sensación que transmitió fue la de estar fraguando una venganza por las afirmaciones vertidas sobre él en este mismo programa por el ex Secretario General del PSOE y que todos creímos mucho más, a partir de escuchar la respuesta de Cebrián, quizá por el tono empleado  o por las formas poco fiables con las que procuró desembarazarse de las responsabilidades de su puesto.
El intento de negar por activa y por pasiva la influencia de los medios de comunicación en la formación y caída de los gobiernos resultó francamente huera y en nada llegó a convencer, sobre todo a los que ya contamos con bastantes años, de la inocencia en estos asuntos de los que manejan el llamado cuarto poder y que en estos momentos, en más casos de los que serían deseables, se encuentra claramente alineado con la línea ideológica de determinados Partidos, para desgracia nuestra.
Endiosado, soberbio e inaceptablemente paternalista con los ciudadanos que nos sentamos a ver el programa, le faltó a Cebrián, darnos una palmadita en la espalda en demostración de la poca estima en que tiene a nuestra inteligencia.
Fue, todo lo contrario a lo que se espera de un periodista realmente independiente y lo único que sacamos en claro de esta entrevista es que parece estrechamente vinculado a los mecanismos del más alto poder y que se encuentra como pez en el agua, moviéndose en ese ambiente.
Para los que una vez fuimos lectores entusiastas de El País u oyentes de La Ser, saber que entre quienes los mueven se encuentra este personaje, resultó francamente decepcionante, amén de vergonzoso y torticero.
Habrá que pedir a los buenos profesionales que aún quedan en el periodismo, que no se dejen arredrar por estos gigantes dictadores y que sigan cumpliendo con su obligación de informar, respetando siempre la verdad, como afortunadamente vienen haciendo.

  

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