Reaparece Pedro Sánchez
en Asturias, tierra por cierto del Presidente de la Gestora,
reafirmándose en su propuesta de celebrar cuanto antes el Congreso en el que se
pueda medir la voz real de la militancia del PSOE, a la que conscientemente se
ha silenciado, antes, durante y después de los graves sucesos de Ferraz, en un
intento a la desesperada por colocar en el poder a una Susana Díaz, ahora
mermada en fuerzas, por la clara división de opiniones que se tienen en su Partido.
En un baño popular de afecto, abrazado, elogiado y aplaudido
por los socialistas pertenecientes al último estamento, Sánchez mantiene un
discurso bien distinto de aquel que propagan los que seguramente sólo están en
política con fines electorales y que le acusan , personalmente, del fracaso
obtenido en los últimos Comicios, como si la derechización sufrida por los
líderes principales del PSOE, con González y Díaz a la cabeza, no hubiera
calado y mucho, en todos los ciudadanos que se consideran de izquierdas.
Con el único objetivo de que Podemos no toque poder, los
susanistas andan enredados en unas cuantas maniobras nada claras, cuyo éxito
necesitan antes de la celebración del Congreso, empeñados como están en
facilitar las labores de gobierno al PP, cosa que con toda certeza, ni agrada a
su militancia, ni puede convencer a todos aquellos que simpatizaron alguna vez,
con la ideología ahora lejana, que representaba el PSOE en España.
El pulso, que está costando sudor y sangre, heridas
incurables y pérdida absoluta de credibilidad a este Partido, se ha estancado
encima de la mesa sin que ninguno de los brazos consiga derribar al otro, a
pesar de los denodados esfuerzos, estancándose en un callejón sin salida que no
tiene visos de iluminarse en muchos meses, se celebre o no se celebre el
Congreso.
Las mutuas acusaciones, el evidente desprecio que demuestran
las partes entre sí y las líneas diametralmente opuestas que se proponen, en
uno y otro lado, hace imposible la conciliación y no sería de extrañar que el
ala de Sánchez acabe por unirse directamente con Podemos, dando un suculento
bocado a las fuerzas con las que siempre ha contado el PSOE, que ahora quedarían
mermadas, si finalmente se dejara escapar a esta facción respondona que ha surgido, sin que estuviera previsto su
nacimiento.
Encantado de tales enfrentamientos, Mariano Rajoy
aprovecha la debilidad del contrario
para sacar adelante acuerdos in extremis conseguidos por medio del chantaje,
que le afianzan en el cargo, por encima de todas las previsiones que auguraban
una legislatura corta e insegura, debido a la fractura del Parlamento.
Sin echar las campanas al vuelo, habría que decir que los
conservadores le están dando una lección de política a los socialistas y
también que los de Pablo Iglesias están desaprovechando una oportunidad de oro
para hacerse con los que apoyan a Pedro
Sánchez y con él mismo, a pesar de que quizá sea esa la cuota que le falta para
poder instalarse más cerca del poder, asentándose de manera permanente y
segura, en el panorama político actual, bastante revuelto.
Doblan las campanas por un PSOE hundido en la naturaleza de
sus propias miserias, de las luchas internas por controlar de modo absolutista
el devenir futuro, por su miedo a ser abochornado por aquello que debió hacer y
nunca hizo y por perder, debido a esa inexplicable inactividad, el sitio que
ganaron los viejos luchadores que conformaron la esencia de este Partido y que
se horrorizarían si tuvieran que contemplar en lo que ahora se ha convertido.

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