lunes, 19 de diciembre de 2016

Agujeros asfaltados


Este asunto de las autopistas de peaje de Madrid, esas que se permitieron construir en los tiempos de la bonanza y que después se hicieron fantasmas cuando llegaron los peores momentos de la crisis y la gente ya ni siquiera iba a trabajar, va a costarnos a los ciudadanos, por mucho que se empeñen en negarlo los representantes del Gobierno, un buen montante del que no sólo no disponemos, sino  que ni siquiera nos corresponde pagar, por ser del todo inocentes de las tropelías que se cometieron en nuestro nombre, a precios muy por encima de los realmente establecidos y que después han resultado ser puras estafas especulativas, que de seguro han llenado los bolsillos de alguna gente.
Nos hemos ido enterando mientras buscábamos algún modo de emplearnos, leyendo el periódico en las colas del INEM, de que no hemos sido nosotros los que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, sino que ha habido políticos, que no contentos con las múltiples prebendas obtenidas por el mero hecho de ocupar determinados cargos, se han dedicado a construir aeropuertos majestuosos  en los que nunca ha aterrizado un avión, complejos faraónicos que han sido luego pasto de malas hierbas y carreteras paralelas a las nacionales por las que transitar se ha convertido, por su precio, imposible, que después nos ha tocado malvender o regalar, como de seguro se va a hacer en breve con las autopistas de Madrid, a las que tanto bombo dieron Aguirre y Gallardón, mientras endeudaban a la Capital, con sus delirios grotescos.
Busca el Gobierno, excusas exculpatorias que salven la dignidad de sus compañeros de Partido, como si los madrileños hubieran perdido de pronto la memoria de estos años en que se veía claramente cuál estaba siendo el resultado del negocio emprendido y recurren al manido argumento, bien conocido por experiencia de otros casos, de que la ciudadanía no pagará el coste del estrepitoso fracaso, aunque todos sabemos que sólo un milagro podría librarnos de hacerlo, fundamentalmente porque vivimos en una época en que el afán de recaudar, choca diametralmente con eso de perdonar las deudas.
Así que no nos va a quedar otra que aceptar con resignación, aunque con derecho al pataleo, la cuota que nos toque proporcionalmente a cada uno y rogar para que al menos, ya que vamos a ser los dueños de estas rutas alternativas, de facto, que pasen a ser parte de la red nacional de carreteras del estado, para que podamos disfrutarlas a voluntad, cada vez que lo necesitemos.
Porque aunque albergamos serias dudas de que esto llegue a ser así, siempre nos cabe la esperanza de que al estar en minoría, el PP no se atreva a vender  un precio irrisorio las autopistas a una entidad privada, por si esos socios que le han salido y que hasta ahora no se atreven a contradecir lo que se les ordena por miedo a las urnas, crean llegado el momento de discrepar y de ponerse al lado del contribuyente que tan generosamente se prestará a tapar esos enormes agujeros asfaltados que nos han dejado los errores de otro tiempo.



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