Este asunto de las autopistas de peaje de Madrid, esas que se
permitieron construir en los tiempos de la bonanza y que después se hicieron
fantasmas cuando llegaron los peores momentos de la crisis y la gente ya ni
siquiera iba a trabajar, va a costarnos a los ciudadanos, por mucho que se
empeñen en negarlo los representantes del Gobierno, un buen montante del que no
sólo no disponemos, sino que ni siquiera
nos corresponde pagar, por ser del todo inocentes de las tropelías que se cometieron
en nuestro nombre, a precios muy por encima de los realmente establecidos y que
después han resultado ser puras estafas especulativas, que de seguro han
llenado los bolsillos de alguna gente.
Nos hemos ido enterando mientras buscábamos algún modo de
emplearnos, leyendo el periódico en las colas del INEM, de que no hemos sido
nosotros los que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, sino que ha
habido políticos, que no contentos con las múltiples prebendas obtenidas por el
mero hecho de ocupar determinados cargos, se han dedicado a construir
aeropuertos majestuosos en los que nunca
ha aterrizado un avión, complejos faraónicos que han sido luego pasto de malas
hierbas y carreteras paralelas a las nacionales por las que transitar se ha
convertido, por su precio, imposible, que después nos ha tocado malvender o
regalar, como de seguro se va a hacer en breve con las autopistas de Madrid, a
las que tanto bombo dieron Aguirre y Gallardón, mientras endeudaban a la
Capital, con sus delirios grotescos.
Busca el Gobierno, excusas exculpatorias que salven la
dignidad de sus compañeros de Partido, como si los madrileños hubieran perdido
de pronto la memoria de estos años en que se veía claramente cuál estaba siendo
el resultado del negocio emprendido y recurren al manido argumento, bien
conocido por experiencia de otros casos, de que la ciudadanía no pagará el
coste del estrepitoso fracaso, aunque todos sabemos que sólo un milagro podría
librarnos de hacerlo, fundamentalmente porque vivimos en una época en que el
afán de recaudar, choca diametralmente con eso de perdonar las deudas.
Así que no nos va a quedar otra que aceptar con resignación,
aunque con derecho al pataleo, la cuota que nos toque proporcionalmente a cada
uno y rogar para que al menos, ya que vamos a ser los dueños de estas rutas
alternativas, de facto, que pasen a ser parte de la red nacional de carreteras
del estado, para que podamos disfrutarlas a voluntad, cada vez que lo
necesitemos.
Porque aunque albergamos serias dudas de que esto llegue a
ser así, siempre nos cabe la esperanza de que al estar en minoría, el PP no se
atreva a vender un precio irrisorio las
autopistas a una entidad privada, por si esos socios que le han salido y que
hasta ahora no se atreven a contradecir lo que se les ordena por miedo a las
urnas, crean llegado el momento de discrepar y de ponerse al lado del
contribuyente que tan generosamente se prestará a tapar esos enormes agujeros
asfaltados que nos han dejado los errores de otro tiempo.

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