Mariano Rajoy está convencido de que la abstención del PSOE
le ha otorgado una patente de corso con la que poder gobernar, a la manera que
estaba acostumbrado cuando contaba con mayoría absoluta en el Parlamento y no
ha tardado nada en empezar a lanzar rumores sobre subidas de impuestos y la
necesidad de llevar a cabo más recortes, si se quiere cumplir con Bruselas,
además de intentar colocar en un puesto de extrema responsabilidad al que fuera
su Ministro del interior, cuestión que se ha frustrado, por la terrible
oposición del resto de los grupos políticos.
Ya avisamos de que aquella
abstención conduciría directamente a la práctica de un chantaje
permanente y apenas ha pasado tiempo para que hayamos podido comprobar que no
errábamos en nuestro juicio, pues a todo lo expuesto anteriormente, hay que
añadir que el recién reelegido Presidente, no para de hacer referencia a la
imposibilidad de gobernar, si no recibe los apoyos que necesita o se vería
obligado, a la convocatoria de nuevas elecciones.
La izquierda, que anda aún muy enfadada con los socialistas
y más aún, desde que Felipa González
dedica todas las ocasiones que puede a criticar con extrema dureza a su
Secretario General saliente, no se ve, sin embargo, capaz de sacar adelante
ninguno de sus proyectos pendientes, pues la losa de Ciudadanos, apoyando a los
populares, incluso contraviniendo los principios de su propio programa y las
veleidades de la Gestora de Fernández, a la que sólo preocupa purgar a los
disidentes, convierten en prácticamente imposible dar pasos en otra dirección
que no sea la que imponen los conservadores, que al final, ni se abren al diálogo que prometieron, ni están
dispuestos a que triunfe ninguna de la tesis elaboradas por Podemos, al que
ahora considera su enemigo principal, en estos tiempos revueltos.
Está el país, descontento con la solución que se ha dado,
tras casi un año de vacío de poder y aquellos que votaron al PP, esperando que
por las circunstancias parlamentarias, algo cambiara necesariamente, se han
llevado un chasco de muerte al comprobar que Rajoy se mantiene firme en sus
inalterables principios de austeridad y que de aquí a unos días, va a volver,
otra vez, a practicarlos.
Mucho tendrían que cambiar las cosas para que el gallego
recapacite sobre sus errores y mucho tendrían también que cambiar los vientos
electorales, para que los socialistas volvieran al cauce del que tanto se han alejado en los últimos
meses, por lo que pronosticamos, casi sin temor a equivocarnos, que más de una,
de dos y de tres veces, accederán a lo que se les pida desde Moncloa, al menos
hasta que Susana estudie si puede recomponer o no, la herida que sangra
ininterrumpidamente en el seno de su Partido y que de curarse, le permitiría
aparecer en Madrid, como la única salvadora de esta Patria.
Pero como los caminos se le han torcido tanto a la andaluza,
que ya ni Felipe González se atreve a apostar por ella en público, esgrimiendo
burdas excusas increíbles, mucho nos tememos que la legislatura que acaba de
empezar y que en principio se preveía breve, puede durar los cuatro años que marcan los cánones,
con la aquiescencia de Rivera y de Fernández, como Presidente de una Gestora
eterna.
Vaya por delante, que a nadie acaba de complacer ver al PSOE
llevado a tal extremo, por el chantaje de la derecha, pero convendrán conmigo
en que en política, correr riesgos del calibre del que corrieron los
socialistas, el día de la Investidura, en el Parlamento, suele traer consigo la
certeza de que cada cual acaba teniendo, exactamente, lo que se merece.
Con la borrasca encima de su cabeza, al PSOE no le queda otra
opción que resguardarse de las inclemencias, obedeciendo sumisamente los mandatos del que ayudaron a ser
Presidente y que ahora, para su desgracia, se ha convertido, además, en su
dueño.

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