Con la abstención de los socialistas aún muy presente en la
memoria de los ciudadanos, se produce una nueva intervención del ex Presidente
Felipe González, en la que tilda a Zapatero de ingenuo, por no haber previsto
con suficiente antelación la gravísima crisis que se le venía encima y a Pedro
Sánchez, poco menos que de carente de información, al considerar que no sería
capaz de hablar de España, durante más de media hora seguida.
Esta intervención, que se produce mientras crecen los rumores
de que el ex Presidente está a punto de dar el pistoletazo de salida a la
candidatura de Susana Díaz para la Secretaría general, consigue sin embargo
recrudecer aún más si cabe, el enfrentamiento que permanece latente entre los
socialistas y añade, si eso es posible, más leña a un fuego que en lugar de
empezar a extinguirse, se intensifica
por momentos, colocando al PSOE, al borde de un cisma irrecuperable.
González, que se ha definido como el último referente vivo de
la transición y que se escuda en su actuación de entonces para considerarse
poco menos que un Dios en el mundo de la política, no ha sido aún capaz de
reconocer y mucho menos aceptar, que aquellos tiempos difíciles en los que los
españoles logramos pasar sin extrema violencia de la Dictadura a la Democracia,
quedaron atrás, aunque algunos personajes como él, no hayan sabido o querido
evolucionar, para poder escribir otros nuevos capítulos de nuestra Historia.
Siempre se ha dicho que no es fácil saber retirarse a tiempo
y la cantinela de González, de un tiempo acá, le ha convertido precisamente en
todo aquello contra lo que durante sus años de juventud luchaba, colocándole al
lado de un conservadurismo feroz, que ni siquiera permite a los ciudadanos
considerarle como un anciano venerable al que respetar, por lo que hizo en su
momento.
Su posicionamiento al lado de los golpistas del PSOE en el
asunto de Sánchez y las descalificaciones que ha vertido después sobre la
figura del que fuera su Secretario general, sólo le ha acarreado una crítica
atroz, por parte de toda la izquierda, que no comprende como un dirigente de su
peso político pasado, haya podido alinearse de manera tan directa, con los
neoliberales que defienden las políticas de austeridad, en perjuicio de las
clases trabajadoras que fueron, conviene no olvidarlo, las que le auparon hasta
la Presidencia de este país, durante muchos años.
Atrás quedaron, parece, aquellas promesas de defensa
incondicional de los más desfavorecidos, las críticas mordaces a la derecha y
hasta el sueño que una vez albergó, de representar al socialismo por el mundo,
ejemplificando que la victoria de las izquierdas era posible, sin que nada se
derrumbara.
Ahora, cómodamente instalado tras la puerta giratoria que se
abrió para él, frecuentando con demasiada asiduidad las amistades peligrosas de
los que antaño consideraba sus enemigos
políticos, empeñado en no ser apartado de la más vibrante actualidad y
aupado por cierta prensa que le ha
convertido en portavoz de los ñoños barones que le corean sumisos, González ha
perdido la memoria, la dignidad y hasta la poca credibilidad que aún le
concedía un grupo de leales electores que más que socialistas eran felipistas,
sentimentalmente unidos al pasado del ex Presidente.
No parece haber explicaciones fidedignas que justifiquen este
cambio de chaqueta, ni móvil aparente para la comisión de esta especie de
abdicación ideológica que hace públicamente el ex Presidente, pero la vida
acaba siendo justa y da sorpresas inesperadas, sobre todo a los prepotentes y
puede que en el caso de González, el sueño de colocar a Susana Díaz al frente
de su Partido, se desvanezca como un espejismo delante de sus propios ojos, por
la acción de esos militantes a los que, descaradamente, menosprecia.
Vender el cerdo antes de matarlo, suele ser un gravísimo
error que a menudo cometen los políticos, sin terminar de comprender que la
última palabra la tienen, siempre, los pueblos y este pueblo, que mira atónito
cómo se ha deteriorado alguien al que admiraba por lo que significó en su
momento, camina en otra dirección y empieza a considerar a González, más que
como referente de aquella transición, como adalid de las políticas de las
derechas.

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