Una grave tendinitis en ambos hombros me aleja unos días de
la posibilidad de escribir, precisamente cuando los acontecimientos en España y
en el mundo recorren caminos inesperados que nos causan a todos tremendas
sorpresas.
Tumbada por el insoportable dolor, me quedo estupefacta ante
la noticia del repentino fallecimiento de Rita Barberá y asisto atónita,
después, al interminable rosario de comentarios fuera de tono que vierten los
mismos que decidieron abandonarla a su suerte en cuanto intuyeron que su
situación judicial podría empezar a afectar la estabilidad del Partido, como si
la memoria de los ciudadanos tuviera una caducidad casi diaria y no pudiéramos
recordar todo lo que se ha escrito y dicho sobre la ex alcaldesa, a la que
ahora tratan de beatificar, culpando reiteradamente a los informadores y a
cualquiera que se haya atrevido a opinar sobre los problemas con la justicia,
en los que se había visto envuelta últimamente.
Todos aquellos que la convirtieron en innombrable, incluidos
Mariano Rajoy y su séquito de Ministros y portavoces de primera y segunda línea
de juego, seguramente tan sorprendidos como el resto de los ciudadanos, pero
con el agravante de no poder escapar de un suceso que había tenido lugar a
escasos cincuenta metros del Congreso, cayeron, sin saber cómo reaccionar, en
una especie de hechizo lacrimógeno inducido seguramente por su propia mala
conciencia y sólo la familia, en el fragor de los primeros momentos, se atrevió
a sugerir que el estrés provocado por el
absoluto abandono de sus compañeros, podría haber sido el detonante del infarto
fatal que se ha llevado a uno de los personajes más controvertidos que han
existido entre las filas del PP y que ahora descansa lejos de todo aquello a lo
que tanto temió, por cierto sin haber tenido tiempo real para poder implicar a
nadie más, en estos farragosos asuntos.
Quizá esa misma mala conciencia llevó también a la Presidenta
del Parlamento Ana Pastor, a convocar el
minuto del silencio que se llevó a cabo dentro de un Hemiciclo al que la
difunta jamás había pertenecido y que provocó la criticadísima reacción de
Podemos de ausentarse de la sala, por considerar que se estaba rindiendo una
especie de homenaje a quién hasta esos mismos momentos había estado imputada en
un caso de corrupción, por el que había declarado, justamente, dos días antes
del fallecimiento.
Las reacciones no se hicieron esperar y no tardaron los Partidos
tradicionales en acusar a Iglesias y los suyos de haber faltado al respeto a
una persona que acababa de fallecer, sin tener en cuenta que ese minuto de
silencio se había convertido, por celebrarse precisamente dónde se celebró, en
un acto político que tal vez faltaba al respeto a una buena parte de los
ciudadanos.
Otra cosa hubiera sido, si el acto se hubiera organizado, por
ejemplo, a las puertas del Hotel el que se había producido la muerte y que se
encontraba a escasos metros del propio Parlamento, orientándolo como un acto de
intimidad y de apoyo a la familia, que seguramente hubiera contado con la presencia de todos y cada uno de los
parlamentarios, de acuerdo en respetar a Barberá como persona, que era de lo
que se trataba en esos momentos.
La misa vespertina, dirigida por uno de los obispos más
conservadores de cuántos pululan por este país nuestro, tampoco contribuyó
demasiado a sosegar los ánimos de los populares, a los que prácticamente se
acusó de haber precipitado los acontecimientos que habían rodeado la muerte.
Y así estaban las cosas aquí, cuando Raúl Castro, en una
escena calcada a la que protagonizó Arias Navarro en aquella madrugada del 20
de Noviembre, anunciaba en Cuba que su
hermano Fidel había abandonado el mundo de los vivos a la edad de noventa años,
provocando en los medios de comunicación una desbandada general que prácticamente
dejaba a Barberá de cuerpo presente en Valencia, para dirigirse a la Habana,
por la indiscutible importancia de la noticia que acababa allí de producirse.
El carismático comandante, el longevo dictador, que más que
longevo, algunos creíamos eterno, había muerto finalmente en paz, en aquella
tierra a la que consiguió cambiar radicalmente por medio de su Revolución y a
la que años después, también, había sumido en una desesperación de la que no
había conseguido sacarla jamás, quizá por temor a rendirse ante todos aquellos
que fueron hasta el último aliento, sus enemigos y que tampoco pudieron con él,
a pesar de haberlo intentado profusamente.
Duelo en las calles cubanas, espontáneo o inducido y
celebración excesiva en las avenidas de un Miami en el que habita una buena
parte del que fuera su pueblo.
Luces y sombras, mezcladas con esa exageración caribeña que hace las reacciones menos creíbles, sean
cuales fueren y que lo que al final vienen a demostrar la enorme brecha abierta
y probablemente insalvable que existe entre los que se quedaron y los que se
fueron de la vieja isla a la que amamos y a la que deseamos un futuro
esperanzador, sin guerras fratricidas.
Y en eso estamos, en este día, en el que por fin recupero la
movilidad en los brazos para sentarme tranquilamente a escribir sobre estas dos
noticias, habiendo tenido tiempo de entender que en este mundo en el que
vivimos, ni llueve ahora, ni lloverá jamás a gusto de todos, como si
estuviéramos condenados, por un decreto natural, al desentendimiento.
El reposo obligatorio te obliga, aunque no quieras e incluso
te ofrece la oportunidad de ser mucho más objetivo en las opiniones, aunque he
de reconocer que no me gusta nada estar fuera de escena.

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