lunes, 28 de noviembre de 2016

Una enfermedad inoportuna


Una grave tendinitis en ambos hombros me aleja unos días de la posibilidad de escribir, precisamente cuando los acontecimientos en España y en el mundo recorren caminos inesperados que nos causan a todos tremendas sorpresas.
Tumbada por el insoportable dolor, me quedo estupefacta ante la noticia del repentino fallecimiento de Rita Barberá y asisto atónita, después, al interminable rosario de comentarios fuera de tono que vierten los mismos que decidieron abandonarla a su suerte en cuanto intuyeron que su situación judicial podría empezar a afectar la estabilidad del Partido, como si la memoria de los ciudadanos tuviera una caducidad casi diaria y no pudiéramos recordar todo lo que se ha escrito y dicho sobre la ex alcaldesa, a la que ahora tratan de beatificar, culpando reiteradamente a los informadores y a cualquiera que se haya atrevido a opinar sobre los problemas con la justicia, en los que se había visto envuelta últimamente.
Todos aquellos que la convirtieron en innombrable, incluidos Mariano Rajoy y su séquito de Ministros y portavoces de primera y segunda línea de juego, seguramente tan sorprendidos como el resto de los ciudadanos, pero con el agravante de no poder escapar de un suceso que había tenido lugar a escasos cincuenta metros del Congreso, cayeron, sin saber cómo reaccionar, en una especie de hechizo lacrimógeno inducido seguramente por su propia mala conciencia y sólo la familia, en el fragor de los primeros momentos, se atrevió a sugerir  que el estrés provocado por el absoluto abandono de sus compañeros, podría haber sido el detonante del infarto fatal que se ha llevado a uno de los personajes más controvertidos que han existido entre las filas del PP y que ahora descansa lejos de todo aquello a lo que tanto temió, por cierto sin haber tenido tiempo real para poder implicar a nadie más, en estos farragosos asuntos.
Quizá esa misma mala conciencia llevó también a la Presidenta del Parlamento Ana Pastor,  a convocar el minuto del silencio que se llevó a cabo dentro de un Hemiciclo al que la difunta jamás había pertenecido y que provocó la criticadísima reacción de Podemos de ausentarse de la sala, por considerar que se estaba rindiendo una especie de homenaje a quién hasta esos mismos momentos había estado imputada en un caso de corrupción, por el que había declarado, justamente, dos días antes del fallecimiento.
Las reacciones no se hicieron esperar y no tardaron los Partidos tradicionales en acusar a Iglesias y los suyos de haber faltado al respeto a una persona que acababa de fallecer, sin tener en cuenta que ese minuto de silencio se había convertido, por celebrarse precisamente dónde se celebró, en un acto político que tal vez faltaba al respeto a una buena parte de los ciudadanos.
Otra cosa hubiera sido, si el acto se hubiera organizado, por ejemplo, a las puertas del Hotel el que se había producido la muerte y que se encontraba a escasos metros del propio Parlamento, orientándolo como un acto de intimidad y de apoyo a la familia, que seguramente hubiera contado con  la presencia de todos y cada uno de los parlamentarios, de acuerdo en respetar a Barberá como persona, que era de lo que se trataba en esos momentos.
La misa vespertina, dirigida por uno de los obispos más conservadores de cuántos pululan por este país nuestro, tampoco contribuyó demasiado a sosegar los ánimos de los populares, a los que prácticamente se acusó de haber precipitado los acontecimientos que habían rodeado la muerte.
Y así estaban las cosas aquí, cuando Raúl Castro, en una escena calcada a la que protagonizó Arias Navarro en aquella madrugada del 20 de Noviembre,  anunciaba en Cuba que su hermano Fidel había abandonado el mundo de los vivos a la edad de noventa años, provocando en los medios de comunicación una desbandada general que prácticamente dejaba a Barberá de cuerpo presente en Valencia, para dirigirse a la Habana, por la indiscutible importancia de la noticia que acababa allí de producirse.
El carismático comandante, el longevo dictador, que más que longevo, algunos creíamos eterno, había muerto finalmente en paz, en aquella tierra a la que consiguió cambiar radicalmente por medio de su Revolución y a la que años después, también, había sumido en una desesperación de la que no había conseguido sacarla jamás, quizá por temor a rendirse ante todos aquellos que fueron hasta el último aliento, sus enemigos y que tampoco pudieron con él, a pesar de haberlo intentado profusamente.
Duelo en las calles cubanas, espontáneo o inducido y celebración excesiva en las avenidas de un Miami en el que habita una buena parte del que fuera su pueblo.
Luces y sombras, mezcladas con esa exageración caribeña  que hace las reacciones menos creíbles, sean cuales fueren y que lo que al final vienen a demostrar la enorme brecha abierta y probablemente insalvable que existe entre los que se quedaron y los que se fueron de la vieja isla a la que amamos y a la que deseamos un futuro esperanzador, sin guerras fratricidas.
Y en eso estamos, en este día, en el que por fin recupero la movilidad en los brazos para sentarme tranquilamente a escribir sobre estas dos noticias, habiendo tenido tiempo de entender que en este mundo en el que vivimos, ni llueve ahora, ni lloverá jamás a gusto de todos, como si estuviéramos condenados, por un decreto natural, al desentendimiento.
El reposo obligatorio te obliga, aunque no quieras e incluso te ofrece la oportunidad de ser mucho más objetivo en las opiniones, aunque he de reconocer que no me gusta nada estar fuera de escena.



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