Increíble la entrevista de Susana Díaz, en La Sexta,
salvaguardándose descaradamente de los sucedido en el PSOE en los últimos
tiempos y negándose reiteradamente a responder a la pregunta de si tiene o no
la intención de postularse como futura Secretaria General y por ende, también
como candidata a la Presidencia del país, por su Partido.
Inconcebible que ninguno de los periodistas presentes haya
mencionado siquiera el golpe de estado que acabó de un plumazo con el mando de Pedro Sánchez o
la indignación que mueve actualmente a las bases socialistas, a causa de la
decisión tomada por su cúpula, de abstenerse en la Investidura de Mariano
Rajoy, para que volviera a ser presidente.
Inaceptable, que la Presidenta andaluza ose referirse a la
pérdida paulatina de votos sufrida por su Partido, obviando intencionadamente
la que ha venido sufriendo ella misma en Andalucía, en la que se ha visto
obligada a gobernar en coalición con Ciudadanos, después de ochenta días de
vacío de poder y haciendo concesiones como la dimisión de Cháves y Griñán, a
los que tantas veces ha defendido denodadamente, delante de todos los medios.
Sorprendente, que se atreva la andaluza a poner en tela de
juicio la inteligencia de los ciudadanos, escudándose cobardemente en el paso
del tiempo que falta aún para la celebración de su congreso y que contará a su
favor y en demérito de un Pedro Sánchez, que ahora mismo quizá sería capaz de
vencerla, contando como cuenta, con un gran apoyo de la militancia.
Absurdo, que Díaz pretenda un apoyo por parte de los
electores de la izquierda, sin considerar que ha quedado patente su obcecación
por apoyar una abstención que ha dado al traste con el sueño de un gobierno de
progreso y que aún se aventure a lanzar ciertos mensajes relacionados con los
asuntos que más preocupan a los españoles, como si haber llevado en volandas
hasta a la Presidencia a Rajoy, no fuera a tener consecuencias y las acciones
protagonizadas por sus adeptos, hubieran de ser, obligatoriamente, perdonadas.
Terrible, que habiendo causado la gravísima herida que se ha
producido en su propio Partido, por una cuestión de soberbia personal y un orgullo mal entendido, que sólo aplauden los
miembros de su vieja guardia, no pierda ocasión de criticar duramente a
Podemos, quizá sin querer advertir, que sus acciones también han traído al Parlamento
el temido sorpasso y que por tanto,
llegue o no a ser Secretaria general, no le quedará al PSOE otra opción que
negociar con los de Iglesias, les guste o no y ahora además, en inferioridad de
condiciones.
Escalofriante, que aún se atreva a defender delante de las cámaras los postulados de una izquierda a
la que hace bastante tiempo que dejó de pertenecer y a la que ha traicionado
flagrantemente al prestar su apoyo incondicional a un PP, que ya ha empezado su
campaña de un chantaje, que no le quedará más remedio que aceptar, si quiere
librarse del ridículo que supondría para su partido, la convocatoria de nuevas
elecciones.
Incalificable, la ausencia total de autocrítica y la
banalidad con que se toma la Presidenta andaluza la situación que arrastran los
suyos por la imposición de una gestora, anodina, sin autoridad y sin
apoyos de sus militantes y sobre todo,
imperdonable, su soberbia, su despotismo y la ridícula pretensión de agradar,
que choca violentamente con la opinión que de ella se tiene en un país, que
sabe perfectamente lo que ha hecho.
Hay ambiciones que no merecen otra cosa, que el más
estrepitoso de los fracasos.

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