Los resultados de la última encuesta del CIS ponen en
evidencia la caída fulgurante del PSOE, al que Podemos consigue traspasar por
casi cinco puntos en intención de voto y al que el PP doblaría, en el caso de
que se celebraran hoy mismo, nuevas elecciones.
La noticia, que habría que tomar con la prudencia que exige
la volatilidad de las opiniones de los encuestados, abre sin embargo un
panorama político futuro que en nada ayudaría a la regeneración del que fuera
el principal Partido de la oposición y que le colocaría en una situación de
riesgo permanente, ante las propuestas que se proponga sacar adelante el PP.
Todos advertimos que esa abstención por la que tanto han
luchado los partidarios de Susana Díaz y que ha terminado por hacerse realidad
con una fuerte división entre los integrantes de la corriente socialista, sería
y nadie lo podría remediar, el principio de un
permanente chantaje sobrevenido desde el PP y que probablemente se
prolongará a lo largo de la presente legislatura, bajo la amenaza de la convocatoria
de elecciones, si sus demandas no son
satisfechas.
La caída de casi siete puntos en intención de voto que se le
atribuye ahora mismo al PSOE y la
terquedad de una Gestora empeñada en mantenerse en el poder durante mucho más
tiempo del que realmente le corresponde, hace prever que el momento actual no
es el más indicado para que los socialistas tuvieran que enfrentarse a un electorado, atónito ante los sucesos
ocurridos en los días anteriores, que terminaron con la defenestración,
milimétricamente preparada, del que fuera su Secretario general, Pedro Sánchez.
Habiendo fracasado estrepitosamente el intento de presentar a
Susana Díaz como salvadora de Partido y Patria y habiendo actuado sin piedad
contra el bando de los perdedores, a quiénes rigen los destinos del PSOE en
estos momentos, no les va quedar más que
agachar la cabeza ante la superioridad incontestable de un Partido Popular,
cada vez más crecido ante la irrefutable victoria conseguida, frente a quiénes
fueran sus principales enemigos.
El hecho de que Podemos haya logrado, además, colocarse en el
Parlamento como principal representante de la oposición y las críticas que ha
levantado la decisión de los socialistas en todas las demás fuerzas políticas
presentes, agrava aún más si cabe, el oprobio que supone para el Partido
centenario haber caído de bruces en las manos de la derecha, atrapado sin
salida en un conflicto que parece no tener fin y que augura aún peores
consecuencias.
Sabiendo como saben
que los ciudadanos no perdonarán su traición y que al menos de momento sólo
cuentan con los votos de unos cuántos incondicionales anclados al liderazgo de
una vieja guardia demasiado obsoleta, no queda otro remedio que ceder ante las
fuertes presiones ejercidas por PP y Ciudadanos, que han encontrado en su
alianza la mejor arma para desbaratar cualquier pretensión de poder que
pudieran albergar los representantes del puño y la rosa.
Uno no puede sino preguntarse si de verdad ha valido la pena
todo lo sucedido entre la familia socialista estos últimos meses y sobre todo,
cuál era la verdadera intención que ocultaban todos aquellos que organizaron
desde la oscuridad, esta derechización repentina que ha sacudido la columna
vertebral de un Partido, considerado desde siempre, de izquierdas.
Si esto era coser las heridas, es evidente que no sólo no lo
han conseguido, sino que están a punto de perder al paciente.
Cautivo de sus propias acciones, pero sobre todo, esclavo de la voluntad del PP, a nadie
extrañaría que el PSOE fuera paulatinamente perdiendo apoyo, hasta convertirse
en una fuerza testimonial, víctima de su propio suicidio político.
Pronto empezaremos a ver los resultados de su rendición en
las próximas sesiones del Parlamento, sin que le quede siquiera autoridad moral,
para oponerse a las exigencias que le lleguen desde el Gobierno.
No duden, que Mariano Rajoy exprimirá hasta límites
insospechados los síntomas de su debilidad. Llevaba casi un año preparándose
para ello.

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