Sienta la justicia en el banquillo a los padres de Asunta
Basterra, acusados de haber asesinado a su hija adoptiva hace ya tiempo,
iniciándose así uno de los juicios más mediáticos de los últimos celebrados en
España y en el que entran en juego muchos factores ajenos al propio crimen,
incluida la idoneidad de determinadas parejas, para recibir hijos en adopción.
Este asesinato, bastante truculento por las pruebas
encontradas en los días posteriores a las detenciones practicadas por la
policía, como somníferos, fotos de la niña durmiendo y un espeluznante diario
en el que parecía intuir su final, abre sin embargo, una serie de incógnitas
sobre la relación con los que fueron sus progenitores, hasta el mismo momento
en que perdió la vida, para ser abandonada después, en un terreno situado a
pocos metros del que fuera el domicilio de sus abuelos.
Los procesos de adopción, que son en nuestro país largos y
durísimos y que cuentan con magníficos profesionales dispuestos a indagar
incansablemente para estar seguros de en qué manos caerán estos niños cargados
de historias personales terribles, no cuentan ni han contado jamás, sin
embargo, con el apoyo real de los Organismos que finalmente deciden la
idoneidad, provocándose en muchas ocasiones, enfrentamientos entre la Administración
y los Psicólogos y Trabajadores sociales, encargados de realizar los informes.
Pero una equivocación a la hora de adjudicar un menor a una
familia podría ser fatal, si los elegidos no cumplen al milímetro todas las
exigencias que se requieren y que han de ser, incluso, muchísimo más rigurosas
que las que se pedirían a los padres biológicos, precisamente por la
vulnerabilidad que traen consigo, de origen, aquellos que se convertirán en
sus hijos.
Es más frecuente de lo que se sabe, que se produzcan
devoluciones tras un tiempo de convivencia, como si estos niños, terriblemente
maltratados por la vida, fueran una mercancía comprada de saldo en unos grandes
almacenes y carecieran de los sentimientos precisos que les permitieran
apegarse a los padres que les cayeron en suerte y que en determinadas ocasiones,
no esperaban tropezar con la rebeldía
propia de quiénes desde la cuna, no han hecho otra cosa que ser víctimas de
indiferencia o los abusos.
Sin juzgar, en el caso de Asumpta, la culpabilidad o la
inocencia de los encausados, la primera impresión que ofrece esta historia que
hemos ido conociendo a través de los medios, es la de que estas personas se
encontraban entre ese porcentaje de seres incapaces de hacer frente al durísimo
camino de la adopción y que a presar de parecer patente su rechazo hacia la niña,
no se atrevieron, por las razones que fueran, a formalizar una devolución, que
quizá alguna vez, tuvieron en mente.
La búsqueda de la verdad, la necesidad de descubrir lo que
pasó en esa familia durante los años que duro la que parece una amarga convivencia,
resulta mucho más fundamental en este caso, que en cualquier otro en el que los
padres acusados tuvieran lazos biológicos con sus hijos muertos, porque los
entresijos de esta historia, podrían resultar ser de gran ayuda para otros
núcleos familiares, en los que los menores adoptados padecen a diario,
situaciones similares a las que se relatan, en relación con los hechos.
Y si finalmente se prueba la culpabilidad de los padres en el
crimen, habría inmediatamente que preguntarse qué grado de responsabilidad
corresponde a la Administración que concedió
la aptitud para la adopción a esta pareja, porque quedaría claro que no
solo no eran idóneos, sino que carecían, incluso, de los instintos básicos que
exige la paternidad y que alguien lo pasó por alto, atendiendo quizá, a otros
intereses.

No hay comentarios:
Publicar un comentario