jueves, 1 de octubre de 2015


Sienta la justicia en el banquillo a los padres de Asunta Basterra, acusados de haber asesinado a su hija adoptiva hace ya tiempo, iniciándose así uno de los juicios más mediáticos de los últimos celebrados en España y en el que entran en juego muchos factores ajenos al propio crimen, incluida la idoneidad de determinadas parejas, para recibir hijos en adopción.
Este asesinato, bastante truculento por las pruebas encontradas en los días posteriores a las detenciones practicadas por la policía, como somníferos, fotos de la niña durmiendo y un espeluznante diario en el que parecía intuir su final, abre sin embargo, una serie de incógnitas sobre la relación con los que fueron sus progenitores, hasta el mismo momento en que perdió la vida, para ser abandonada después, en un terreno situado a pocos metros del que fuera el domicilio de sus abuelos.
Los procesos de adopción, que son en nuestro país largos y durísimos y que cuentan con magníficos profesionales dispuestos a indagar incansablemente para estar seguros de en qué manos caerán estos niños cargados de historias personales terribles, no cuentan ni han contado jamás, sin embargo, con el apoyo real de los Organismos que finalmente deciden la idoneidad, provocándose en muchas ocasiones, enfrentamientos entre la Administración y los Psicólogos y Trabajadores sociales, encargados de realizar los informes.
Pero una equivocación a la hora de adjudicar un menor a una familia podría ser fatal, si los elegidos no cumplen al milímetro todas las exigencias que se requieren y que han de ser, incluso, muchísimo más rigurosas que las que se pedirían a los padres biológicos, precisamente por la vulnerabilidad que traen consigo, de origen, aquellos que se convertirán en sus  hijos.
Es más frecuente de lo que se sabe, que se produzcan devoluciones tras un tiempo de convivencia, como si estos niños, terriblemente maltratados por la vida, fueran una mercancía comprada de saldo en unos grandes almacenes y carecieran de los sentimientos precisos que les permitieran apegarse a los padres que les cayeron en suerte y que en determinadas ocasiones, no esperaban tropezar  con la rebeldía propia de quiénes desde la cuna, no han hecho otra cosa que ser víctimas de indiferencia o los abusos.
Sin juzgar, en el caso de Asumpta, la culpabilidad o la inocencia de los encausados, la primera impresión que ofrece esta historia que hemos ido conociendo a través de los medios, es la de que estas personas se encontraban entre ese porcentaje de seres incapaces de hacer frente al durísimo camino de la adopción y que a presar de parecer patente su rechazo hacia la niña, no se atrevieron, por las razones que fueran, a formalizar una devolución, que quizá alguna vez, tuvieron en mente.
La búsqueda de la verdad, la necesidad de descubrir lo que pasó en esa familia durante los años que duro la que parece una amarga convivencia, resulta mucho más fundamental en este caso, que en cualquier otro en el que los padres acusados tuvieran lazos biológicos con sus hijos muertos, porque los entresijos de esta historia, podrían resultar ser de gran ayuda para otros núcleos familiares, en los que los menores adoptados padecen a diario, situaciones similares a las que se relatan, en relación con los hechos.
Y si finalmente se prueba la culpabilidad de los padres en el crimen, habría inmediatamente que preguntarse qué grado de responsabilidad corresponde a la Administración que concedió  la aptitud para la adopción a esta pareja, porque quedaría claro que no solo no eran idóneos, sino que carecían, incluso, de los instintos básicos que exige la paternidad y que alguien lo pasó por alto, atendiendo quizá, a otros intereses. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario