Desde la misma llegada de la Democracia, casi todos los
Partidos Políticos se han empeñado en atraer a los llamados votantes de centro,
a los que se ha dado en llamar así porque representan a una amplia mayoría de
personas sin convicciones políticas concretas, amantes de la moderación y
capaces de cambiar sus preferencias en cada uno de los comicios, simplemente
por simpatizar en un momento determinado con alguno de los líderes que se
presentan.
Pero cuando se habla de política, el Centro verdaderamente no
existe y la batalla planteada, al menos hasta este momento en el mundo, se
libra únicamente entre la Derecha y la Izquierda, aunque ambas sean capaces de
albergar a individuos con mayor o menor radicalidad, lo que abre el abanico de
las posibilidades ideológicas, hasta límites absolutamente insospechados.
España no es, ni mucho menos, una excepción que confirme esta
regla, aunque los ciudadanos hayamos sido profundamente defraudados, casi en
igual medida, por los representantes de ambos bandos que han llegado al poder
en los últimos tiempos, lo que motiva en la actualidad, sobre todo en los
Partidos emergentes, una ambigüedad a la hora de definir claramente las
motivaciones de su pensamiento, en un claro intento de atraer a una mayoría de
indecisos, que serán, en definitiva, quiénes inclinen la balanza en las
Generales del 20 de Diciembre.
Los Formaciones tradicionales, en este caso PP y PSOE, se
asemejan tanto en su manera de interpretar la política, que a muchos de
nosotros, nos cuesta distinguir las diferencias cruciales que hasta poco tiempo
les separaban y que constituían su propia identidad, al menos en el ideario que
supuestamente las mueve.
La globalización y la total dependencia de los dictados de
los dueños de los capitales, han marcado un punto de inflexión también en la
diferenciación de las ideologías, convirtiendo a conservadores y socialistas,
en una especie de socios de idéntico comportamiento, que esperan y desean una
alternancia en el poder, por la que son capaces de prometer a los votantes,
cualquier cosa que seguramente después no cumplirán, como ya hemos podido
comprobar, a lo largo de las dos últimas legislaturas.
Pongámonos como nos pongamos, Zapatero y Rajoy, han sido
durante sus respectivos mandatos, seguidores a ultranza de las órdenes de la
derecha europea y por tanto, los españoles no podemos hasta ahora opinar, qué
hubiera sucedido en el País a lo largo de estos años de crisis, si hubiera
gobernado la Izquierda.
Pero se da la circunstancia de que ahora nadie quiere admitir
abiertamente su pertenencia a ella, seguramente porque de hacerlo, se verían
inmediatamente amenazados por los que manejan los mercados que mueven el mundo,
como ha ocurrido en el caso de Grecia, cayendo de bruces en una vorágine de
indeseado aislamiento, que difícilmente nos permitiría salir nunca de la
situación en que nos hallamos en la actualidad y mucho menos, atraer ese voto
decisorio, pero indeciso, que
representan los atemorizados votantes del inexistente centro.
Así que conviene, por estrategia, jugar a la indefinición y
abrir las puertas de las nuevas Formaciones a todos aquellos que deseen sumarse
a un cambio que aún está por llegar, pero que puede ser mucho más factible de
ser realizado, sin etiquetas adscritas a un determinado pensamiento.
Con lo cual, Podemos y Ciudadanos, coinciden en sostener que
están más cerca de la Social Democracia que de lo que son realmente sus propias
ideologías y caminan de la mano con la única idea de terminar con la hegemonía
del bipartidismo, para alcanzar al menos, determinadas cotas de poder, en la
constitución del próximo Parlamento.
Y aunque todos sepamos en el fondo que Rivera e Iglesias
representan las nuevas caras de la Derecha y la Izquierda en lo que será la
España de los próximos tiempos, la incógnita de lo que son las raíces de su
pensamiento, supone una posibilidad de obtener, al menos esta primera vez, la
confianza de los que nunca saben a quién votar hasta el último momento y que se
confiesan acérrimos seguidores de ese Centro que nunca existió, ni existirá
tampoco mañana, pero que constituye un granero de votos, ciertamente muy
apetecible.
Los líderes de la vieja escuela habrán, no obstante, de
acostumbrarse a ver a estas dos jóvenes promesas de la política española,
ocupar un lugar que para ellos creían reservado a perpetuidad, en todas y cada
una de las Instituciones.
Ellos son, pese a quién pese, el futuro que llega para
quedarse y Rajoy y Sánchez también, a pesar de su juventud, el pasado que todos
y cada uno de los españoles estamos locos por olvidar y que seguramente
olvidaremos, si todo cambia después de las Generales.

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