domingo, 25 de octubre de 2015

Fantasmas del pasado reciente


Leyendo los resultados de las últimas encuestas, que vuelven a dar al PP como ganador de las Elecciones Generales, dejando al segundo clasificado (PSOE) a cuatro puntos de distancia del primero, a uno le da por pensar que los españoles han debido acostumbrarse a la paupérrima situación  que viven en el momento actual y que deben estar horrorizados con la sola idea de que todo pueda empeorar aún más, si es que cambian la intención de su voto.
Hace un poco más de cuatro años, todo se vino abajo repentinamente y el espejismo del estado de bienestar que habían construido para nosotros la Banca y los Gobiernos,  dió paso a una etapa de incertidumbre extrema, a la que los expertos en economía no dudaron en bautizar como una crisis que sólo se podía solventar reformando drásticamente la historia laboral de los ciudadanos y reduciendo sin contemplaciones las prestaciones sociales que hasta entonces habíamos ido ganando con enorme esfuerzo y que incluía la universalización de la Sanidad y la Educación, que en cierto modo, nos igualaba a todos.
Llegó entonces la liberalización del despido, que llevó a multitud de familias hasta las mismas puertas de la desesperación y también la merma paulatina de derechos que creíamos asentados para siempre, a golpe de decreto, en cuanto Mariano Rajoy y los suyos se instalaron en la Moncloa, con la excusa de la espantosa herencia que les había dejado Zapatero.
Miseria, desahucios, hambre y desolación, se fueron desde entonces convirtiendo en algo casi rutinario para una Sociedad acostumbrada a un nivel económico digno, obtenido únicamente por medio del trabajo, al que se hubo de renunciar repentinamente, quedando en una indefensión hasta entonces desconocida y que nos dejaba huérfanos de leyes que nos ampararan ante las injusticias que contra todos nosotros, se estaban cometiendo.
A lo largo de cuatro años, los partidarios de los ajustes y aquellos que siendo administradores de los capitales, han terminado por ser nuestros dueños, se han empeñado tenazmente en desequilibrar la esencia misma de nuestro pensamiento, llegando a conseguir que incluso nos sintamos agradecidos por la suerte de haber conservado el puesto de trabajo, como si el derecho inalienable a ganarnos la vida que nos asiste, fuera ahora, un regalo impagable que nos obliga a devolver, por medio del silencio y la inacción, el favor que nos hacen.
En este mismo periodo, miles de políticos de los dos grandes Partidos que han gobernado la nación de manera alternante, han estado beneficiándose ilegalmente de los recursos pertenecientes a todos los españoles, haciendo de la corrupción un instrumento de lucro personal que desprecia profundamente la desgraciada situación en la que se encuentra una gran parte de su pueblo, abducidos por el relumbre de su propia avaricia e indiferentes a la desgracia general que padecen, aquellos a quienes han robado la fuente de su riqueza.
¿Qué puede pues, mover a los españoles, a volver a votar a los principales responsables de que estos hechos se hayan venido sucediendo y qué terrorífica pesadilla han grabado a fuego en sus corazones, estos dirigentes embaucadores, que asfixian con sus medidas el bienestar de los pueblos?
¿Qué clase necedad han  introducido en nuestros cerebros, para que hayamos podido borrar, como si no hubieran existido, todos los fantasmas terribles que nos han aterrorizado en los últimos tiempos?
Sólo la urgente necesidad de sobrevivir, como refugiados en nuestro propio país, mendigando el pan y un trabajo cercano a la esclavitud e incluso un techo humilde bajo el que cobijar nuestra inmensa soledad y abandono, puede justificar la tentación de volver a caer en el mismo pecado que cometimos hace ya cuatro años y que nos traumatiza hasta tal punto, que nos hace incapaces de hacer frente a la negrura de esta realidad, paralizados por el látigo de nuestro propio miedo.
Pero el conformismo, la subyugación, la sumisión a estar encadenado a la imposición de quién nos maltrata, no puede, sino generar una aniquilación total de la voluntad de cambiar aquello que nos atormenta, buscando nuevas vías, que nos liberen del yugo que nos retiene al borde mismo del abismo.
Encontrar el valor, para responder, para rebelarse, para luchar en fin por lo que quisiéramos ser y por lo que queremos que sean nuestros hijos el día de mañana, ha de ser, necesariamente y sin retraso, el primer deber que nos impongamos a nosotros mismos.
Poner en valor la naturaleza de los votos, no mirar atrás y sobre todo, desterrar para siempre el horror de estos años difíciles, es la única medicina capaz de devolvernos la dignidad y la magnífica sensación de sentirnos personas libres, capaces de expresar sin ataduras nuestro pensamiento.
Hoy, matar los fantasmas del pasado reciente, es, únicamente, responsabilidad nuestra.







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