Como era de esperar, los representantes del ala más
conservadora del PP, han empezado a calificar el escrito enviado al Presidente
por el Parlamento catalán, como un Golpe de Estado en toda regla y empiezan a
exigir contundencia en las resoluciones que se adopten en la Moncloa, en torno
a este suceso.
Empezando por el candidato a las pasadas elecciones
catalanas, que siempre adoleció de intolerancia con el pensamiento de los demás
y también de una xenofobia impropia del talante que debe suponérsele a
cualquier demócrata corriente y terminando por una Esperanza Aguirre, que sin
conformarse a quedar relegada a un puesto de segunda fila desde que fuera
derrotada por Carmena en Madrid, aprovecha cualquier ocasión para intervenir
ante sus amadas cámaras, las recalcitrantes voces de la derecha de siempre, no
han tardado en alzarse de modo aspaventoso contra la propuesta de los
nacionalistas catalanes, como si estuviera a punto de estallar una guerra civil
y no quedara otro remedio que exigir la intervención del ejército, para cortar
de raíz, cualquier intención secesionista.
Pero los españoles, para nuestra desgracia, tenemos bastante
experiencia en esto de los golpes de Estado y un recuerdo infausto grabado en
el corazón de los síntomas que siguen a una acción como ésta y no nos parece,
como no podía ser de otra manera, reconocer en el documento que conocimos ayer,
ninguna señal de golpismo.
Para que quede claro, ayer no se proclamó la República en
Cataluña, ni Mas se constituyó por la fuerza en su Presidente, ni se afirmó que
la ruptura con el estado español fuera tan inminente, ni menos aún, se anunció
la intención de lanzar un ataque a ninguna de nuestras Instituciones, como han
parecido entender los populares, tras la lectura de un simple documento
informativo que puede constituir, eso sí, un acto de rebeldía, pero no una
amenaza que haga tambalearse los cimientos de la Nación, ni exija soluciones
violentas.
Mucho más cerca de la tragedia estuvimos todos aquel
veintitrés de Febrero, cuando Tejero secuestró al Congreso y los tanques
camparon a sus anchas por las calles de Valencia y los acontecimientos
posteriores vinieron a demostrar que cualquier situación, por difícil que sea,
puede ser resuelta con diálogo y mano izquierda, si hay estadistas de altura,
bien preparados para ello.
Quizá por eso, el patrioterismo exagerado de ciertos miembros
del PP, más que contribuir a que el proceso cambie y las conciencias se
tranquilicen, se asimila peligrosamente a esa radicalidad nacionalista que durante
años han pretendido combatir y da la impresión a la Sociedad de que más que
desear una solución para este conflicto, lo que quieren es un enfrentamiento
visceral con quienes consideran un enemigo a eliminar, de la manera que sea.
Fíjense, si se permitiera a los ciudadanos, catalanes y
españoles, dirimir los problemas que les separan y abrir vías de diálogo y
negociación, al margen de los intereses
políticos, el entendimiento entre las partes, con toda probabilidad,
estaría garantizado en un corto espacio de tiempo, e incluso se podría
demostrar, para escarnio de los dirigentes de uno y otro bando, que las dificultades
que nos afligen son exactamente las mismas, hablemos la lengua que hablemos y
vivamos dónde vivamos, para desgracia nuestra.
Lo malo es, que el enfrentamiento que han venido
protagonizando Rajoy y Mas, ha terminado por convertirse en una cuestión
personal entre dos empecinados defensores de dos nacionalismos idénticos y que
las posturas se han enrocado de tal manera, que ya no es posible dilucidar de
qué lado está la razón, si alguno de los dos no desaparece del panorama
político, dejando entrar aire nuevo que descargue tan viciado ambiente.
Mal hará Rajoy en oír a los que califican de golpe de Estado
lo que pasó ayer en Cataluña y más aún, si se tiene en cuenta que le va en ello
el resultado en las Generales, si la gente empieza a relacionarle con la
derecha más retrógrada.
De momento, como decía aquella canción, la vida sigue igual y
ni catalanes ni españoles hemos hoy cambiado en absoluto ni nuestras agendas,
ni nuestras rutinas.
El pulso desaforado que echan Rajoy y Mas no consigue, de
momento, movernos, porque en realidad, no nos odiamos tanto como a más de uno
le gustaría.

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