miércoles, 28 de octubre de 2015

Un tono exagerado


Como era de esperar, los representantes del ala más conservadora del PP, han empezado a calificar el escrito enviado al Presidente por el Parlamento catalán, como un Golpe de Estado en toda regla y empiezan a exigir contundencia en las resoluciones que se adopten en la Moncloa, en torno a este suceso.
Empezando por el candidato a las pasadas elecciones catalanas, que siempre adoleció de intolerancia con el pensamiento de los demás y también de una xenofobia impropia del talante que debe suponérsele a cualquier demócrata corriente y terminando por una Esperanza Aguirre, que sin conformarse a quedar relegada a un puesto de segunda fila desde que fuera derrotada por Carmena en Madrid, aprovecha cualquier ocasión para intervenir ante sus amadas cámaras, las recalcitrantes voces de la derecha de siempre, no han tardado en alzarse de modo aspaventoso contra la propuesta de los nacionalistas catalanes, como si estuviera a punto de estallar una guerra civil y no quedara otro remedio que exigir la intervención del ejército, para cortar de raíz, cualquier intención secesionista.
Pero los españoles, para nuestra desgracia, tenemos bastante experiencia en esto de los golpes de Estado y un recuerdo infausto grabado en el corazón de los síntomas que siguen a una acción como ésta y no nos parece, como no podía ser de otra manera, reconocer en el documento que conocimos ayer, ninguna señal de golpismo.
Para que quede claro, ayer no se proclamó la República en Cataluña, ni Mas se constituyó por la fuerza en su Presidente, ni se afirmó que la ruptura con el estado español fuera tan inminente, ni menos aún, se anunció la intención de lanzar un ataque a ninguna de nuestras Instituciones, como han parecido entender los populares, tras la lectura de un simple documento informativo que puede constituir, eso sí, un acto de rebeldía, pero no una amenaza que haga tambalearse los cimientos de la Nación, ni exija soluciones violentas.
Mucho más cerca de la tragedia estuvimos todos aquel veintitrés de Febrero, cuando Tejero secuestró al Congreso y los tanques camparon a sus anchas por las calles de Valencia y los acontecimientos posteriores vinieron a demostrar que cualquier situación, por difícil que sea, puede ser resuelta con diálogo y mano izquierda, si hay estadistas de altura, bien preparados para ello.
Quizá por eso, el patrioterismo exagerado de ciertos miembros del PP, más que contribuir a que el proceso cambie y las conciencias se tranquilicen, se asimila peligrosamente a esa radicalidad nacionalista que durante años han pretendido combatir y da la impresión a la Sociedad de que más que desear una solución para este conflicto, lo que quieren es un enfrentamiento visceral con quienes consideran un enemigo a eliminar, de la manera que sea.
Fíjense, si se permitiera a los ciudadanos, catalanes y españoles, dirimir los problemas que les separan y abrir vías de diálogo y negociación, al margen de los intereses  políticos, el entendimiento entre las partes, con toda probabilidad, estaría garantizado en un corto espacio de tiempo, e incluso se podría demostrar, para escarnio de los dirigentes de uno y otro bando, que las dificultades que nos afligen son exactamente las mismas, hablemos la lengua que hablemos y vivamos dónde vivamos, para desgracia nuestra.
Lo malo es, que el enfrentamiento que han venido protagonizando Rajoy y Mas, ha terminado por convertirse en una cuestión personal entre dos empecinados defensores de dos nacionalismos idénticos y que las posturas se han enrocado de tal manera, que ya no es posible dilucidar de qué lado está la razón, si alguno de los dos no desaparece del panorama político, dejando entrar aire nuevo que descargue tan viciado ambiente.
Mal hará Rajoy en oír a los que califican de golpe de Estado lo que pasó ayer en Cataluña y más aún, si se tiene en cuenta que le va en ello el resultado en las Generales, si la gente empieza a relacionarle con la derecha más retrógrada.
De momento, como decía aquella canción, la vida sigue igual y ni catalanes ni españoles hemos hoy cambiado en absoluto ni nuestras agendas, ni nuestras rutinas.
El pulso desaforado que echan Rajoy y Mas no consigue, de momento, movernos, porque en realidad, no nos odiamos tanto como a más de uno le gustaría.


No hay comentarios:

Publicar un comentario