Cuando leo que el suicidio se ha convertido en nuestro País
en la primera causa de muerte entre los jóvenes, no puedo más que asumir con
dolor la parte de culpa que pueda tocarme en el macabro porcentaje que
corresponde a toda la Sociedad y preguntar cuántas cosas hemos podido hacer tan
mal, como para llevar a quién está empezando a vivir, hasta el oscuro abismo de
la muerte.
Qué terrible desesperanza sentirán aquellos que deciden
voluntariamente abandonar un mundo en el que aún les quedan tanto por hacer y
qué clase de insoportable angustia habrán sentido a lo largo del tiempo, hasta
llegar a tomar una decisión como ésta, entrando a formar parte de un nutrido
grupo que se coloca ahora por encima de las enfermedades, quizá para
recordarnos a todos, la naturaleza de nuestro propio fracaso.
La estadística no sólo es absolutamente preocupante, sino que
se yergue ante nuestros ojos como un gigante imposible de ignorar,
ofreciéndonos a la vez, una lección de drástica honestidad, a todos aquellos
que en determinados momentos aceptamos el camino de la sumisión, en medio de la
convulsa historia que nos han traído los Sistemas Políticos y sus principales
líderes, en los últimos tiempos.
Porque todos los que hemos vivido de cerca el trágico relato
de un suicidio y hemos estudiado con minuciosidad enfermiza los días y las
horas de quién se marchó, pretendiendo encontrar del modo que sea, un móvil que
justifique una decisión como ésta, sabemos bien y muy a pesar nuestro, que las incógnitas
que se abren como océanos en el interior, quedan sin solución para toda la vida
y que a medida que avanza el tiempo, se enquistan en el corazón, transformándose
en una herida crónica que no se cerrará jamás, aunque haya que aceptar el
suceso y perdonar al suicida.
Defienden algunos que esta forma de morir es el más grande
acto de libertad protagonizado por el hombre, que no puede elegir el momento ni
el lugar de su nacimiento y otros se agarran, como a una tabla de salvación, al
pretexto de la locura, para explicar algo que les parece atroz y que definen a
la vez, como la extrema cobardía.
Pero cuando las cifras crecen desorbitadamente y los
protagonistas del drama son personas a las que, por edad, les corresponde por derecho
la felicidad y la oportunidad de forjarse un futuro, dedicando libremente la
vida a la actividad que cada cual desee, el hecho aislado sufrido en silencio
por un puñado de familias, empieza a ser responsabilidad común y algo debiera
hacerse, con urgencia, para tratar de transformar la carga de desesperación de
esta juventud nuestra, en un camino de ilusión y esperanza.
Nadie puede ni debe cerrar los ojos a esta realidad que
sucede inexorablemente entre nosotros y es nuestra obligación, más que lamentar
lo que ya no tiene remedio, iniciar una búsqueda reflexiva de la cruda verdad y hallar soluciones que posibiliten el
bienestar de la juventud, aunque para ello hubiera que cambiar todos los
Sistemas y revolucionar, desde los cimientos, el modo de vida actual, que ya no
parece satisfacer a nadie.
Porque debe ser tan difícil continuar, cuando se piensa que
el dinero maneja los destinos del mundo, viendo pasar los días sin trabajo, sin
un lugar en el que poner en práctica los conocimientos adquiridos, sumidos en
la espesa niebla de la miseria o teniendo que comprender que nunca llegará el
momento en que podamos abandonar el hogar familiar, para quizá formar un núcleo
nuevo y propio, que a poco que se quiera entender, se encontraría más de una
justificación, para explicar el suicidio.
Y aunque cuesta admitir, sobre todo si se es mayor, que
siendo joven no se halle causa alguna para seguir viviendo, habrá que admitir
que las expectativas de futuro que tenemos, de continuar en la línea que para nosotros
se ha trazado, no deja demasiadas ilusiones por las que batallar, ni se ven luces al final
de este túnel en el que estamos sobreviviendo.
Que nuestros jóvenes decidan morir, es mucho más importante
que cualquier otra cosa que pueda preocuparnos y habría que ver si no es
también, un acto de espeluznante rebeldía, con el que sólo se nos quiere decir
cuánto nos estamos equivocando.

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