Remite el Parlamento catalán un documento al Presidente del
gobierno, en el que da por iniciado el proceso de independencia, basándose en
la mayoría nacionalista que representa en la Cámara la unión de Convergencia y
Cup y provocando un terremoto político que ha obligado a Rajoy a comparecer
inmediatamente ante los medios, en defensa de la unidad territorial española.
No le han dolido prendas al Presidente al afirmar que
utilizará todos los medios legales a su alcance para impedir la secesión que se
propone, sugiriendo de manera velada que incluso podría llegar a suspender la
autonomía, si así lo creyese necesario.
El órdago lanzado por los nacionalistas, que ha coincidido
con un registro de las fincas de Jordi Pujol, en el que se han empleado a fondo
más de doscientos policías, ha debido coger a Rajoy por sorpresa, aunque desde
ayer, todo parecía augurar que se produciría sin tardar mucho algún golpe de
efecto, después de que la recién elegida Presidenta del Parlamento catalán,
cerrara la sesión al grito de: ¡Viva la
república de Cataluña!
Estos lodos que son producto de los fangos que artesanalmente
ha ido creando el PP durante sus cuatro años de gobierno, al negarse
sistemáticamente al diálogo con unas fuerzas nacionalistas a las que ya no
necesitaba, gracias a la amplia mayoría que le otorgaron los españoles y el
empecinamiento en demonizar a una ciudadanía, libre de defender su propio
pensamiento, anegan ahora el panorama nacional, salpicando intempestivamente a
todos los sectores de una sociedad, atónita
ante el curso que están tomando unos acontecimientos que seguramente podrían
haberse resuelto con brillantez y armonía, si los interlocutores encargados de
la negociación hubieran sido menos intransigentes.
Pero ambos se
empeñaron desde el principio en recalcar las diferencias que separaban a
catalanes y españoles, en lugar de buscar vías que les unieran y en fomentar un
odio entre ciudadanos, fundamentalmente basado en un tema de dinero, que fue
creciendo, a medida que los mensajes lanzados por ambas partes se fueron
recrudeciendo y que encontraron un caldo de cultivo perfecto, en la negativa
del Gobierno español a permitir la celebración legal del Referendum del pasado
Noviembre.
El golpe de mano que hoy da el Parlamento catalán y que viene
a demostrar que definitivamente las negociaciones con los de Rajoy han quedado
rotas para siempre, convierte el conflicto catalán en el mayor de los problemas
con que ha tenido que enfrentarse el PP, desde que asumiera la Presidencia
española en Noviembre de 2011,
estallando en sus manos como una bomba de relojería y sin contar ya, con tiempo
material, para poder resolverlo.
La incógnita es qué pasará después de las elecciones
generales y todos contenemos la respiración para que las cosas no se compliquen
aún más, al menos hasta que se celebren.
Pero si vuelve a ganar Rajoy o si el PP, apoyado por
Ciudadanos, continúa al frente del gobierno español, el endurecimiento de las
posturas estará absolutamente garantizado, pues ya conocemos todos, la defensa
de la unidad de España que viene haciendo Rivera, cada vez que se le ofrece la
oportunidad de hablar de este tema.
Los que creíamos haberlo visto ya casi todo, quizá tengamos
aún que levantarnos algún día, enterándonos de que se ha suprimido la Automía
catalana y no queremos ni pensar, cómo afectará a los ciudadanos que allí
viven, una resolución de este tipo, ni las consecuencias que traería para
todos, que esto llegara a producirse.
Y sin embargo, en el PP, existen muchas voces que piensan que
se ha tenido demasiadas contemplaciones con Mas y con sus aspiraciones de
independencia y no hay más que prestar un poco de atención a los mensajes que
se emiten desde determinadas cadenas ultraconservadoras, para comprobar que
esto es cierto.
Sólo un cambio real, podría suavizar la crudeza que ha
adquirido el conflicto y sólo un nuevo Presidente, con un talante de
negociador, abierto al diálogo y al entendimiento y que nada tenga que ver con
las políticas practicadas por Rajoy, sería tal vez, capaz de encontrar una
tercera vía por la que propiciar la convivencia entre catalanes y españoles,
alejando de alguna manera, el rencor mutuo que subyace en estos momentos entre
dos sociedades con problemas idénticos.
Ya saben, aquello de aplicar al caso la fuerza de la razón y
no la razón de la fuerza.

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