Que el PSOE haya fichado a Irene Lozano para las listas de
Madrid, ha levantado una enorme polvareda entre la militancia de la Capital,
que no olvida los furibundos ataques recibidos por parte de la que fuera
diputada de UPD, durante los años que ha permanecido en el Congreso.
Lozano, que ha criticado reiteradamente los casos de
corrupción y por ende, el de los ERE en Andalucía y a la que hemos visto
acompañar en numerosas ocasiones a los afectados por las Preferentes y también
a la Comandante despedida del ejército, que ahora le acompañará en las listas
madrileñas, parece haber aceptado una propuesta personal de Pedro Sánchez, cuyo
interés ha debido despertar a través de sus intervenciones e irá codo con codo
con los socialistas de Madrid, aunque eso sí, como independiente.
Ambas partes han justificado el acuerdo, alegando que son
muchas las coincidencias programáticas que ahora les unen y manifestado que le
gustaría tener la oportunidad de continuar la lucha en el Parlamento, si como todo
hace indicar, Lozano es elegida nuevamente, esta vez, bajo el amparo de otras
siglas.
Atrás quedan, para el PSOE, los enfrentamientos pasados y la
persistencia en denunciar la clase de política que entonces hacía Rubalcaba,
como si milagrosamente, todos los gravísimos problemas en que se vieron implicados los socialistas
en el pasado hubieran desaparecido de pronto, a pesar de que muchos de estos
asuntos aún no han sido juzgados, ni se conoce cuál será su final, que no se
augura bueno.
La indignación de militantes madrileños y también de los
andaluces, por este fichaje, resulta sin embargo, inaceptable, pues Irene
Lozano se limitó en sus intervenciones a relatar la verdad de lo que estaba ocurriendo,
empeñándose, como no podía ser de otra manera, en exigir responsabilidades a
dirigentes como Chaves o Griñán, que más tarde, terminaron siendo imputados por
la justicia.
Pero como siempre ocurre en los Partidos tradicionales, es
más fácil acusar , difamar o dilapidar, si esto fuera posible, al adversario político,
que admitir los propios errores, enmendarlos en la medida de lo posible, con
toda la contundencia que fuere necesaria y erradicar estas prácticas delictivas
para siempre.
Lo que resulta extraño en este caso es que Lozano haya
decidido dar el sí a la propuesta de Sánchez, exponiendo su buena fama, al
mezclarse con los mismos de los que abominaba hasta ayer y a los que ahora parece dispuesta a secundar,
arguyendo que los protagonistas de aquellas historias han desaparecido del
panorama político.
Lo que percibe el votante es algo bien distinto y está más
bien, relacionado con ese afán de perpetuidad en los cargos que caracteriza, en
los últimos tiempos, a los líderes del llamado bipartidismo.
Fuera de UPD, a Irene Lozano le quedaba poca trayectoria
política y su importancia que no ha sido nunca excesiva, quizá no le permitiera
acceder a ninguna de las puertas giratorias reservadas a los pesos pesados de
PP y PSOE, por lo que la única opción de conservar su estatus es la de fichar
inmediatamente por otras opciones, cosa que Pedro Sánchez le ha puesto en
bandeja.
Qué tendrá el poder, que atrapa a las personas convirtiéndolas
en esclavas sin voluntad, sin dignidad y sin orgullo y alienándolas sin que les
importe caer en el más estrepitoso de los ridículos.
Viendo estos casos, uno no puede, sino desear, no verse jamás
envuelto por la erótica que transmite y agradecer una y mil veces la suerte de
ser un ciudadano normal, sin más pretensión que encontrar un poco de felicidad,
en las cosas pequeñas de la vida.

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