El revuelo que ha
armado la iniciativa de Pablo Iglesias, al negarse a acudir a la recepción
ofrecida por el Rey, el día de la Fiesta Nacional, parece ofrecer a la prensa
ligada ideológicamente a la derecha, una nueva oportunidad de zarandear al
líder de Podemos y de procurar todo el desprestigio posible en torno a su
figura, ahora que se aproximan la Campaña de las Elecciones Generales.
Sin embargo, las explicaciones ofrecidas por Iglesias en
relación con este asunto, considerando que la situación económica de los
españoles no está para soportar gastos extraordinarios originados por eventos
de carácter exclusivamente lúdicos, podrían constituir para muchos, un ejemplo de
que aún existen ciertos políticos, mucho más preocupados por remediar las
innumerables carencias que padecen los ciudadanos, que de fastos organizados
para el disfrute de unos cuantos privilegiados, que cada vez, parecen
representar en menor medida, las esperanzas de todos aquellos que les
eligieron.
No acudir a la recepción real, no puede ser por tanto,
considerado un desplante hacia la figura del Rey, sino más bien, un acto de
solidaridad con todos aquellos que habiéndose visto afectados por el torbellino
arrasador de las medidas de recortes, se ven obligados a contemplar cómo se
continúan derrochando los caudales comunes en actos que no están, precisamente
encaminados a reportar una mejora de la situación general, sino más bien,
a remarcar un sentido de patriotismo
obsoleto, más propio de siglos pasados, que de esta época convulsa en que
vivimos.
La coherencia que debe caracterizar a cualquier Partido
Político y que ha de residir en una puesta en común entre sus acciones y su
pensamiento, queda sin embargo, denostada cuando se cumple en cualquier
Formación de Izquierdas, sobre todo, si choca diametralmente con las normas
impuestas por rancias tradiciones, acatadas con sumisión por el resto de la
clase política, aún cuando el peso de la realidad aconsejaría en este momento,
la revisión inmediata de tales eventos.
Si Pablo iglesias hubiera acudido a la Recepción real, habría
faltado tiempo para decir que ha dejado a un lado la rebeldía que caracterizó
desde un primer momento a Podemos, para entrar en la vorágine en la que se
mueven desde siempre los Partidos tradicionales y tradicionalistas y
convertirse en un líder más de cuántos hemos conocido, desde la misma llegada
de la Democracia.
Que continúe siendo fiel a sus principios, incomoda
severamente a sus adversarios políticos y muy particularmente, a los más
cercanos a la ideología del Gobierno, que temen quizá, que la convicción al
defender las ideas, les reste muchísimos más votos, de los que les podrían
restar su implicación en determinados casos de corrupción o su incumplimiento
de promesas electorales.
Y aunque todos sabemos que en política hay que hacer
concesiones, una vez que se alcanzan ciertos niveles de poder, bien es verdad
que atendiendo a los votantes convencidos de Podemos, Pablo Iglesias no podía
en este caso, sucumbir a la tentación de ponerse en fila para estrechar la mano
del Rey, exponiéndose así, al rechazo inmediato de todos los que en él
confiaron, desde un primer momento.
Todo lo que puedan pensar, decir o criticar sus detractores
en los próximos días, no logrará hacer otra cosa, de cara a sus votantes, que
afianzar su carácter de líder de primer orden, al frente de un Partido de
izquierdas y ofrecer a los indecisos, la visión, bastante extraña en estos
tiempos, de una persona capaz de renunciar a obtener determinados privilegios,
en pos del bien común, que debiera ser lo primordial, para cualquier estadista
que se precie.
La necesidad que acucia al País, merece un poco más de
respeto por parte de los dirigentes y no estaría mal para algunos en concreto
recordar, que la asistencia a Fiestas organizadas, del carácter que fueren no
es, en absoluto, obligatoria, ni debe ser una cadena con la que mantener atada
a toda una clase política, últimamente bastante denostada, precisamente por
este tipo de comportamientos.

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