lunes, 12 de octubre de 2015

El desplante



El revuelo que  ha armado la iniciativa de Pablo Iglesias, al negarse a acudir a la recepción ofrecida por el Rey, el día de la Fiesta Nacional, parece ofrecer a la prensa ligada ideológicamente a la derecha, una nueva oportunidad de zarandear al líder de Podemos y de procurar todo el desprestigio posible en torno a su figura, ahora que se aproximan la Campaña de las Elecciones Generales.
Sin embargo, las explicaciones ofrecidas por Iglesias en relación con este asunto, considerando que la situación económica de los españoles no está para soportar gastos extraordinarios originados por eventos de carácter exclusivamente lúdicos, podrían constituir para muchos, un ejemplo de que aún existen ciertos políticos, mucho más preocupados por remediar las innumerables carencias que padecen los ciudadanos, que de fastos organizados para el disfrute de unos cuantos privilegiados, que cada vez, parecen representar en menor medida, las esperanzas de todos aquellos que les eligieron.
No acudir a la recepción real, no puede ser por tanto, considerado un desplante hacia la figura del Rey, sino más bien, un acto de solidaridad con todos aquellos que habiéndose visto afectados por el torbellino arrasador de las medidas de recortes, se ven obligados a contemplar cómo se continúan derrochando los caudales comunes en actos que no están, precisamente encaminados a reportar una mejora de la situación general, sino más bien, a  remarcar un sentido de patriotismo obsoleto, más propio de siglos pasados, que de esta época convulsa en que vivimos.
La coherencia que debe caracterizar a cualquier Partido Político y que ha de residir en una puesta en común entre sus acciones y su pensamiento, queda sin embargo, denostada cuando se cumple en cualquier Formación de Izquierdas, sobre todo, si choca diametralmente con las normas impuestas por rancias tradiciones, acatadas con sumisión por el resto de la clase política, aún cuando el peso de la realidad aconsejaría en este momento, la revisión inmediata de tales eventos.
Si Pablo iglesias hubiera acudido a la Recepción real, habría faltado tiempo para decir que ha dejado a un lado la rebeldía que caracterizó desde un primer momento a Podemos, para entrar en la vorágine en la que se mueven desde siempre los Partidos tradicionales y tradicionalistas y convertirse en un líder más de cuántos hemos conocido, desde la misma llegada de la Democracia.
Que continúe siendo fiel a sus principios, incomoda severamente a sus adversarios políticos y muy particularmente, a los más cercanos a la ideología del Gobierno, que temen quizá, que la convicción al defender las ideas, les reste muchísimos más votos, de los que les podrían restar su implicación en determinados casos de corrupción o su incumplimiento de promesas electorales.
Y aunque todos sabemos que en política hay que hacer concesiones, una vez que se alcanzan ciertos niveles de poder, bien es verdad que atendiendo a los votantes convencidos de Podemos, Pablo Iglesias no podía en este caso, sucumbir a la tentación de ponerse en fila para estrechar la mano del Rey, exponiéndose así, al rechazo inmediato de todos los que en él confiaron, desde un primer momento.
Todo lo que puedan pensar, decir o criticar sus detractores en los próximos días, no logrará hacer otra cosa, de cara a sus votantes, que afianzar su carácter de líder de primer orden, al frente de un Partido de izquierdas y ofrecer a los indecisos, la visión, bastante extraña en estos tiempos, de una persona capaz de renunciar a obtener determinados privilegios, en pos del bien común, que debiera ser lo primordial, para cualquier estadista que se precie.
La necesidad que acucia al País, merece un poco más de respeto por parte de los dirigentes y no estaría mal para algunos en concreto recordar, que la asistencia a Fiestas organizadas, del carácter que fueren no es, en absoluto, obligatoria, ni debe ser una cadena con la que mantener atada a toda una clase política, últimamente bastante denostada, precisamente por este tipo de comportamientos.



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