miércoles, 7 de octubre de 2015

Horrores de una guerra extraña


Los últimos bombardeos de rusos y americanos sobre Siria, impactando sobre objetivos civiles dedicados a ayudar a la población en labores humanitarias y que han costado la vida a inocentes y voluntarios de Médicos sin Fronteras, que nada tenían que ver con el conflicto, ponen en evidencia que esta guerra ha tomado un camino que no parece conducir a ninguna parte y que la intervención extranjera resulta ser ajena a las necesidades que reclama la población y exclusivamente motivada, no se sabe por qué oscuros intereses.
Nadie pensaba, cuando el pueblo sirio se levantó contra su dictador, siguiendo el ejemplo de otros países vinculados a la Revolución de los Jazmines, que la protesta iba a derivar por derroteros inexplicablemente consentidos por las grandes potencias mundiales durante demasiado tiempo y que iba a terminar con miles de personas huyendo en estampida hacia destinos más seguros, simplemente para asegurar la supervivencia.
La guerra a tres bandas, entre rebeldes, adeptos al régimen y un estado islámico que vio en la revuelta la posibilidad de asentarse en este territorio, constituye un ejemplo extraño de las dimensiones que puede alcanzar un problema, si no se toman las medidas adecuadas para una rápida resolución y se permite que se enquiste, mirando hacia otro lado, en lugar de iniciar un camino de negociación que hubiera, seguramente, evitado la pérdida irreparable de tantas vidas.
Pero Siria no era Irak, ni contaba con las fuentes petrolíferas ansiadas por los países más poderosos del mundo, ni Assad había tenido nunca el carisma reconocido que poseía Saddam Hussein, por lo que quizá fue menospreciada su posibilidad de resistencia en un poder que se ha negado sistemáticamente a dejar, probablemente seguro de que podría correr una suerte parecida a la de otros, como Gadafi.
Nada ha importado sin embargo  a Europa lo que sucedía en Siria, hasta que no se ha visto literalmente colapsada por la llegada de miles de refugiados procedentes de allí, ni tampoco a Estados Unidos, hasta que los rusos, que siempre apoyaron al dictador, han atacado bajo la excusa de estar combatiendo a los islamistas radicales, bombardeando sin embargo, objetivos civiles que se encontraban bajo la custodia de las fuerzas rebeldes.
Ahora, lo que ocurre en este país, parece haberse convertido de pronto en una prioridad para los dos grandes bloques rivales desde los tiempo de la guerra fría y la impresión que da, es que Siria se ha transformado en un espacio donde exhibir la capacidad armamentística de unos y de otros, sin que de los bombardeos realizados pueda deducirse que puede estar cerca el cese de las hostilidades.
Entretanto, los sirios ven como su tierra ha quedado reducida a un escenario donde el horror se ha instalado sin contemplaciones, para quedarse mucho tiempo y que la población, ajena a los enfrentamientos protagonizados por unos y otros en pos de no se sabe qué ideales o qué pensamientos, se encuentra atrapada y sin esperanza, utilizada como rehén colectivo y muriendo bajo el fuego cruzado sin que se sepa a qué enemigo atribuir el genocidio, o a quién culpar de lo que allí está sucediendo.
Un niño de apenas doce años, refugiado en uno de los vergonzosos campos europeos, aclaraba perfectamente el sentir popular cuando decía que los sirios no desean vivir en Europa, que lo que verdaderamente quieren, es que acabe la guerra.
No obstante, la guerra, para su desgracia, difícilmente podrá terminar, si las grandes potencias en lugar de negociar entre ellas sus hasta ahora ocultos intereses, se posicionan junto a cualquiera de los bandos allí establecidos, con la única intención de hacer ver al mundo hasta dónde llega su fuerza.
Y lo peor es que seguramente, cuando esto termine, nadie será jamás juzgado por los espantosos crímenes cometidos y que habrá que esperar los consabidos cincuenta años, para que sea la Historia la que esclarezca qué pasó en Siria y cuántas vidas costó  la cerrilidad de unos cuantos líderes ansiosos de alcanzar una gloria, teñida por la sangre de cientos de miles de inocentes.




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