Los últimos bombardeos de rusos y americanos sobre Siria,
impactando sobre objetivos civiles dedicados a ayudar a la población en labores
humanitarias y que han costado la vida a inocentes y voluntarios de Médicos sin
Fronteras, que nada tenían que ver con el conflicto, ponen en evidencia que esta
guerra ha tomado un camino que no parece conducir a ninguna parte y que la
intervención extranjera resulta ser ajena a las necesidades que reclama la
población y exclusivamente motivada, no se sabe por qué oscuros intereses.
Nadie pensaba, cuando el pueblo sirio se levantó contra su
dictador, siguiendo el ejemplo de otros países vinculados a la Revolución de
los Jazmines, que la protesta iba a derivar por derroteros inexplicablemente
consentidos por las grandes potencias mundiales durante demasiado tiempo y que
iba a terminar con miles de personas huyendo en estampida hacia destinos más
seguros, simplemente para asegurar la supervivencia.
La guerra a tres bandas, entre rebeldes, adeptos al régimen y
un estado islámico que vio en la revuelta la posibilidad de asentarse en este
territorio, constituye un ejemplo extraño de las dimensiones que puede alcanzar
un problema, si no se toman las medidas adecuadas para una rápida resolución y
se permite que se enquiste, mirando hacia otro lado, en lugar de iniciar un
camino de negociación que hubiera, seguramente, evitado la pérdida irreparable
de tantas vidas.
Pero Siria no era Irak, ni contaba con las fuentes
petrolíferas ansiadas por los países más poderosos del mundo, ni Assad había
tenido nunca el carisma reconocido que poseía Saddam Hussein, por lo que quizá
fue menospreciada su posibilidad de resistencia en un poder que se ha negado sistemáticamente
a dejar, probablemente seguro de que podría correr una suerte parecida a la de
otros, como Gadafi.
Nada ha importado sin embargo
a Europa lo que sucedía en Siria, hasta que no se ha visto literalmente
colapsada por la llegada de miles de refugiados procedentes de allí, ni tampoco
a Estados Unidos, hasta que los rusos, que siempre apoyaron al dictador, han
atacado bajo la excusa de estar combatiendo a los islamistas radicales,
bombardeando sin embargo, objetivos civiles que se encontraban bajo la custodia
de las fuerzas rebeldes.
Ahora, lo que ocurre en este país, parece haberse convertido
de pronto en una prioridad para los dos grandes bloques rivales desde los
tiempo de la guerra fría y la impresión que da, es que Siria se ha transformado
en un espacio donde exhibir la capacidad armamentística de unos y de otros, sin
que de los bombardeos realizados pueda deducirse que puede estar cerca el cese
de las hostilidades.
Entretanto, los sirios ven como su tierra ha quedado reducida
a un escenario donde el horror se ha instalado sin contemplaciones, para
quedarse mucho tiempo y que la población, ajena a los enfrentamientos
protagonizados por unos y otros en pos de no se sabe qué ideales o qué
pensamientos, se encuentra atrapada y sin esperanza, utilizada como rehén colectivo
y muriendo bajo el fuego cruzado sin que se sepa a qué enemigo atribuir el
genocidio, o a quién culpar de lo que allí está sucediendo.
Un niño de apenas doce años, refugiado en uno de los
vergonzosos campos europeos, aclaraba perfectamente el sentir popular cuando
decía que los sirios no desean vivir en Europa, que lo que verdaderamente
quieren, es que acabe la guerra.
No obstante, la guerra, para su desgracia, difícilmente podrá
terminar, si las grandes potencias en lugar de negociar entre ellas sus hasta
ahora ocultos intereses, se posicionan junto a cualquiera de los bandos allí
establecidos, con la única intención de hacer ver al mundo hasta dónde llega su
fuerza.
Y lo peor es que seguramente, cuando esto termine, nadie será
jamás juzgado por los espantosos crímenes cometidos y que habrá que esperar los
consabidos cincuenta años, para que sea la Historia la que esclarezca qué pasó
en Siria y cuántas vidas costó la
cerrilidad de unos cuantos líderes ansiosos de alcanzar una gloria, teñida por
la sangre de cientos de miles de inocentes.

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