Entra la Banca a saco en la Campaña de las Elecciones
Catalanas, comunicando a los partidarios de la Independencia que de triunfar su
opción, no les quedará otro remedio que abandonar el territorio para
posicionarse junto a Europa y el dinero.
Se suma a los grandes empresarios que ya manifestaron hace
tiempo esta misma intención, dejando claro que las fuerzas de poder se hallan
bien cohesionadas en esto de manejar nuestros destinos y que no dudan en
anteponerse a nuestras decisiones, incluso en cuestiones políticas de las que
debían mantenerse al margen, para dejar a los ciudadanos elegir en libertad
plena, a quienes quieren que los representen.
Pareciera que no le queda al hombre de hoy otra salida que
acatar sumisamente los mandatos de los magnates del capital, si no quiere vivir
en la más extrema pobreza, sólo o en compañía de otros, como si no quedara ya
ninguna posibilidad de recuperar la esencia misma de lo que fue la Democracia y
el mundo hubiera sido derrotado, en su totalidad, por entes sin rostro a los
que ni siquiera podemos mirar a los ojos, mientras manifestamos nuestro
profundo desacuerdo.
Y así nos va. Hemos estado demasiado relajados durante muchos
años, aletargados por los oropeles que se nos ofrecían a precio de saldo
durante la era dorada de las burbujas y se nos acostumbraba de forma torticera
a un tren de vida, del que después nos apearon bruscamente, cuando ya se había
convertido para nosotros en una auténtica
necesidad, seguros de que haríamos lo que fuera, por recuperarlo de nuevo.
Ahora nos tienen en sus manos y no les duelen prendas en
hacer valer su hegemonía con toda la crudeza, siempre empleando el miedo como
arma principal de cualquier argumento, sabiendo como saben, que ya ganaron
nuestra voluntad y aplastando inmisericordemente cualquier intento de rebelión,
en Grecia, en Cataluña o allá donde
surgiere.
Ha de ser por tanto nuestra respuesta, global. Ellos han
tenido desde el principio muy claro que la unión hace la fuerza y han llevado
esa bandera ideada por los trabajadores hace siglos hasta sus últimas
consecuencias, demostrando con su vil ejemplo, que quién la ideó tenía la razón
de su parte, aunque después la perdiera en el camino por el fraccionamiento
incomprensible de la clase obrera.
No me voy, por supuesto, a posicionar hoy al lado de ninguno
de los grandes nacionalismos, ni el español ni el catalán, ante la inminencia
de estas elecciones, pero no me queda otro remedio, para conservar la
coherencia, que recriminar sin ningún género de dudas esta inadmisible
injerencia de Banca y Empresariado en asuntos de estado que sólo a la decisión
libre de los ciudadanos corresponde, sin que existan de por medio amenazas que
coarten el color de los votos que se introduzcan en las urnas.
Muchos catalanes, han empezado a retirar ayer sus fondos de
las entidades bancarias que han firmado la nota. Yo haría lo mismo. Y no por
ser independentista, sino porque sé que
sin los fondos de los ahorradores, a esos bancos no es quedaría otro remedio
que amoldarse a lo que a sus clientes convinieran y no al revés, como parecen
querer dejar claro los que intentan manipular nuestras opiniones.
¿Qué sería del sistema bancario si todos nos sumáramos a esta
iniciativa?
¿Y a dónde irían a parar las grandes empresas si los
trabajadores recuperáramos ese espíritu combativo que nos robaron después de
hacernos creer falazmente que podíamos ser ricos?
Es una simple cuestión numérica, que todos deberíamos
plantearnos, si de verdad queremos volver a recuperar la esencia de ser
hombres.

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