martes, 1 de septiembre de 2015

Éxodo


El destino de miles de personas, procedentes de países en guerra y cuyo único sueño es el de sobrevivir  bajo la ansiada paz de cualquiera de los países europeos, pende de un hilo ante las alambradas colocadas  con el propósito de frenar su incesante éxodo, mientras los líderes de las principales potencias del Continente se debaten ante el dilema de qué hacer para remediar el problema sin demasiado costo económico, como si el sentido de solidaridad hubiera perdido de pronto, toda la esencia de su propio significado.
Esta triste realidad constituye sin duda la noticia más relevante del verano y todo hace presagiar que de no encontrarse a la mayor brevedad posible, una solución para esta inmigración sobrevenida, Europa tendrá que cambiar la naturaleza de un pensamiento ciertamente intolerante con los extranjeros y amoldarse, del modo que sea, a la posibilidad de tener que abrir sus fronteras, permitiendo la entrada a todos estos seres desesperados que son, en muchos casos, producto de situaciones extremas que los grandes líderes han ayudado a provocar, por colaboración u omisión, durante los últimos años.
La crudeza de los tiempos de crisis, los problemas originados fundamentalmente en el sur europeo e incluso la pobreza generada por los recortes impuestos, parecen carecer de importancia ante el drama personal que arrastran estos miles de refugiados que a diario se juegan la vida, por mar o por tierra, huyendo desesperadamente del horror de una guerras que ya se han cobrado miles de víctimas inocentes y que no tienen visos de terminar, sino más bien de recrudecerse, en una especie de vuelta de tuerca que convierte en peor que el anterior, cada uno de los días que van transcurriendo.
La misma Europa que nunca terminó de entender, por ejemplo, la gravedad de las olas migratorias que llegaban a España a través del estrecho, se ha encontrado de pronto, con un problema cuya magnitud sobrepasa exageradamente cualquier intento anterior por alcanzar el paraíso de la civilización que se contempla desde los lugares más desfavorecidos y ahora sí, tendrá por fin que tomar decisiones de peso, si como dice, no puede tomar   bajo su protección a los cientos de miles de refugiados que pretenden establecerse al amparo de sus fronteras.
Alemania, Suecia o Finlandia, los destinos más deseados por todos aquellos que consiguen pasar hasta los improvisados campos en los que se hacinan en espera de poder circular libremente por los países comunitarios, se dan ahora de bruces con una realidad que durante años han ignorado sistemáticamente, al no verse afectadas en ningún caso, por un problema que sin embargo, conocen bien Italia o España, por experiencia propia.
Sin embargo, vistos los acontecimientos vividos por los europeos, sobre todo por los del sur, desde que se iniciara la crisis, que la Señora Merkel y sus socios habiliten una vía de solución para que estas personas puedan alcanzar finalmente un estatus de dignidad, parece algo imposible de creer, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera han sido capaces de proteger la dignidad de los habitantes comunitarios, a los que han, literalmente, masacrado con sus políticas económicas.
La búsqueda de un camino que nos permita compartir con estos refugiados políticos lo poco que nos han dejado a los que aquí vivimos, puede sin duda convertirse en un dilema que seguramente y como siempre, acabará por resolver, la propia solidaridad de los pueblos y no la negociación de estos líderes que ahora nos gobiernan.
Y a pesar de que cualquiera de nosotros podría, en un futuro, encontrarse en la misma situación en la que estos seres humanos se encuentran, la dificultad del momento que atravesamos nos hace temer que está próximo el día en que lo que decidan los mandatarios europeos sea más bien, construir altos muros con los que preservar sus ansiadas posesiones y no abrir puertas que permitan acercarse  a estos seres humanos a los que se abandonará a su suerte, como si vivieran en otro universo y nada tuvieran que ver con nosotros.


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