El destino de miles de personas, procedentes de países en
guerra y cuyo único sueño es el de sobrevivir
bajo la ansiada paz de cualquiera de los países europeos, pende de un
hilo ante las alambradas colocadas con
el propósito de frenar su incesante éxodo, mientras los líderes de las
principales potencias del Continente se debaten ante el dilema de qué hacer
para remediar el problema sin demasiado costo económico, como si el sentido de
solidaridad hubiera perdido de pronto, toda la esencia de su propio
significado.
Esta triste realidad constituye sin duda la noticia más
relevante del verano y todo hace presagiar que de no encontrarse a la mayor
brevedad posible, una solución para esta inmigración sobrevenida, Europa tendrá
que cambiar la naturaleza de un pensamiento ciertamente intolerante con los
extranjeros y amoldarse, del modo que sea, a la posibilidad de tener que abrir
sus fronteras, permitiendo la entrada a todos estos seres desesperados que son,
en muchos casos, producto de situaciones extremas que los grandes líderes han
ayudado a provocar, por colaboración u omisión, durante los últimos años.
La crudeza de los tiempos de crisis, los problemas originados
fundamentalmente en el sur europeo e incluso la pobreza generada por los
recortes impuestos, parecen carecer de importancia ante el drama personal que
arrastran estos miles de refugiados que a diario se juegan la vida, por mar o
por tierra, huyendo desesperadamente del horror de una guerras que ya se han
cobrado miles de víctimas inocentes y que no tienen visos de terminar, sino más
bien de recrudecerse, en una especie de vuelta de tuerca que convierte en peor
que el anterior, cada uno de los días que van transcurriendo.
La misma Europa que nunca terminó de entender, por ejemplo,
la gravedad de las olas migratorias que llegaban a España a través del
estrecho, se ha encontrado de pronto, con un problema cuya magnitud sobrepasa
exageradamente cualquier intento anterior por alcanzar el paraíso de la
civilización que se contempla desde los lugares más desfavorecidos y ahora sí,
tendrá por fin que tomar decisiones de peso, si como dice, no puede tomar bajo su
protección a los cientos de miles de refugiados que pretenden establecerse al
amparo de sus fronteras.
Alemania, Suecia o Finlandia, los destinos más deseados por
todos aquellos que consiguen pasar hasta los improvisados campos en los que se
hacinan en espera de poder circular libremente por los países comunitarios, se
dan ahora de bruces con una realidad que durante años han ignorado sistemáticamente,
al no verse afectadas en ningún caso, por un problema que sin embargo, conocen
bien Italia o España, por experiencia propia.
Sin embargo, vistos los acontecimientos vividos por los
europeos, sobre todo por los del sur, desde que se iniciara la crisis, que la
Señora Merkel y sus socios habiliten una vía de solución para que estas
personas puedan alcanzar finalmente un estatus de dignidad, parece algo
imposible de creer, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera han sido
capaces de proteger la dignidad de los habitantes comunitarios, a los que han,
literalmente, masacrado con sus políticas económicas.
La búsqueda de un camino que nos permita compartir con estos
refugiados políticos lo poco que nos han dejado a los que aquí vivimos, puede
sin duda convertirse en un dilema que seguramente y como siempre, acabará por
resolver, la propia solidaridad de los pueblos y no la negociación de estos
líderes que ahora nos gobiernan.
Y a pesar de que cualquiera de nosotros podría, en un futuro,
encontrarse en la misma situación en la que estos seres humanos se encuentran,
la dificultad del momento que atravesamos nos hace temer que está próximo el
día en que lo que decidan los mandatarios europeos sea más bien, construir
altos muros con los que preservar sus ansiadas posesiones y no abrir puertas que
permitan acercarse a estos seres humanos
a los que se abandonará a su suerte, como si vivieran en otro universo y nada
tuvieran que ver con nosotros.

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