Vuelven nuestros niños al Colegio, a enfrentarse con una Ley
Wert aprobada en solitario por un Partido Popular, al que probablemente sólo le
quedan unos meses en el poder, hasta que se celebren las próximas elecciones.
Vuelven, para ser dócilmente adoctrinados, a causa de su
edad, en la obligatoriedad de la religión Católica como asignatura puntuable, a
pesar de vivir en un país constitucionalmente laico, en el que hasta ahora,
eran las familias quiénes decidían si sus hijos optaban por esta materia o por
la ética impartida por profesores de Filosofía, que ven con el cambio,
sensiblemente reducidos sus horarios.
Vuelven, para ingresar en un sistema educativo distinto al
que tuvieron sus padres y que gracias a la lucha incesante de muchísima gente,
llegó a ser prácticamente gratuito, ofreciendo a todos por igual, la
oportunidad de acceder a la Universidad, sin que tuviera importancia su
procedencia.
Vuelven, esperando que cualquiera que gane en las Generales,
si no es el PP, derogue inmediatamente esta Ley, concebida para disfrute de
ricos, que anula cualquier posibilidad a todos aquellos que por razones
económicas, no pueda costearse las altísimas tasas que han implantado,
impertérritamente, los populares.
Vuelven, a un Colegio que volverá a separar a listos y torpes,
como ya ocurría cuando muchos de nosotros éramos pequeños, amparándose en
ofrecer una enseñanza de calidad, que sin embargo discrimina de modo fulminante
a todos aquellos niños que no alcancen un determinado nivel, sin investigar las
razones que producen este retraso, ni procurar en casos de que provengan de
ámbitos familiares en riesgo, una integración, que como todos sabemos, es
posible, si se lucha por el menor y se le conceden ciertas oportunidades para
recuperar el tiempo perdido.
Vuelven, habiendo tenido que madurar a causa de la pobreza que ha traído a sus
casas la Reforma Laboral de Rajoy y muchas veces, sin tener siquiera sus
necesidades más elementales cubiertas, por estar sus progenitores en paro y sin
ninguna esperanza de encontrar, a corto plazo, un empleo digno.
Vuelven, con la lección tristemente aprendida de que lo que
uno tiene no dura para siempre e incluso avergonzándose de tener que vivir como
hoy viven, a pesar de que por su corta existencia, no han podido incurrir en pecado alguno que justifique la
mala vida que padecen.
Y sin embargo, las
calles se llenan otra vez de sus risas, como en cualquier comienzo de Curso en
que no hubieran ocurrido ninguna de las terribles historias que acucian a
nuestras familias, intacta la ilusión y preparados sin saberlo, para afrontar
con toda la entereza del mundo, lo que les sobrevenga.
Ignorantes del futuro incierto que les aguarda, acuden a la
Escuela esperando aprender, creyendo aún que basta con aferrarse a la mano de
sus padres, para encontrarse a salvo de todos los peligros.
Mirarlos hoy jugar en los patios de recreo, aviva las ganas
de continuar en la lucha, para que al menos tengan la oportunidad de poder
cumplir todos sus sueños.

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