A pesar de que muchos de los refugiados que huyen en estos
día masivamente de los horrores de la guerra son musulmanes, las Iglesias
asentadas en Europa y muy fundamentalmente la Católica, al ocupar el Estado Vaticano,
no pueden ni deben cerrar los ojos a los dramas personales que estas personas
traen detrás y habrían, necesariamente,
siguiendo los principios de su credo, de colaborar mucho más de lo que lo están
haciendo hasta ahora, en mejorar la terrible situación que padecen.
Ya hemos oído al Papa Francisco sugerir que cada Parroquia
tendría que acoger a una familia de estos refugiados, pero su solución, la verdad, parece claramente
insuficiente.
Estamos hartos de ver a voluntarios civiles solidarizarse con
las multitudes hacinadas en las estaciones y aeropuertos, pero resulta difícil
distinguir a sacerdotes ejerciendo allí las labores que exige su Religión para
con los más necesitados, o manifestarse en las calles, como otras muchas veces
han hecho contra el matrimonio entre homosexuales o el aborto, exigiendo a los
gobiernos una pronta resolución de este problema, que está minando, ante las
cámaras de todo el mundo, la dignidad de miles de seres humanos.
¿Qué ha hecho, por ejemplo, el archiconocido Rouco Varela,
tan proclive a intervenir en los asuntos de Estado, cuando considera que están
en peligro los intereses de su Iglesia?
¿Qué han propuesto Cardenales y Obispos al Presidente Rajoy,
en nuestro caso, para paliar las condiciones inhumanas en que se ven obligados
a vivir, ahora, en el mismo corazón de nuestra Europa?
No se puede creer que la Iglesia no ofrezca parte de sus
incontables recursos para colaborar con las Naciones en la integración de esta
gente y que sus propuestas se hayan limitado a las tímidas palabras papales,
mientras miles de seglares se hallan dispuestos a abrir las puertas de sus
hogares en todo el continente, para acoger bajo su techo, a estas familias.
Flaco favor se hace a sí misma la Iglesia católica ofreciendo
este ejemplo de clara insolidaridad a sus fieles, que deben estar atónitos ante
esta actitud que contradice diametralmente, la propia doctrina que predicó
Jesucristo.
Porque si el argumento para permanecer al margen se basa
tácitamente en que los refugiados son islamistas, su mutismo podría ser
perfectamente interpretado como una forma
velada de otra clase de fundamentalismo.
Difícilmente podrán así atraer a su religión a nuevos
feligreses, ni mucho menos, convencer a los que se alejaron de ella hace
tiempo, intuyendo que algo como esto podría pasar, a la primera oportunidad que
se presentara, de tener que arrimar el hombro, en ésta o en otra tragedia.
Si las imágenes que recibimos a través de la televisión son
la vergüenza de Europa actualmente, en el caso de la Iglesia es mucho más aún.
Es la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y una de las muestras más claras
del papel camaleónico que siempre tuvo la Curia, que salvo gloriosas
excepciones, acostumbra a elegir una incomprensible neutralidad, cada vez que
se produce algún conflicto.

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