lunes, 14 de septiembre de 2015

Asunto de Estados


Desbordada por la llegada de refugiados, que conociendo la realidad europea, prefieren asentarse en países del norte, Alemania se ve obligada a cerrar sus fronteras, mientras sigue sin arbitrarse una solución para este éxodo, que se está convirtiendo en el más importante de cuántos han ocurrido en la historia reciente.
Las terribles escenas de las madres atravesando las concertinas acompañadas por sus hijos de corta edad, han continuado repitiéndose a lo largo de toda esta semana y evidencian que no hay muro capaz de frenar a los hombres cuando está en juego su supervivencia y la necesidad imperiosa de libertad.
No estaba Europa preparada para afrontar un hecho como éste, fundamentalmente porque ha venido desoyendo reiteradamente las advertencias de los socios del sur, que ya sufrían en sus fronteras, aunque a un nivel mucho menor, la llegada de una inmigración procedente de África, que hemos tenido que asumir en soledad y esencialmente sostenida por la solidaridad ciudadana.
Pero el desarrollo de la crisis ha mermado considerablemente los recursos de naciones como Grecia, España e Italia y esta nueva inmigración, absolutamente devastada por los horrores de la guerra, ansía formar parte de los territorios que encabezan la hegemonía europea, por si tuviera que permanecer en ellos, sin poder volver jamás a su casa.
Habrán de entender pues, los dirigentes de Alemania o Finlandia, que el grueso de los refugiados deseen trasladarse bajo el amparo de sus banderas, a la vista de cómo han dejado sus políticas de recortes, a los hermanos más desamparados de la Comunidad, que continúanos luchando contra el fantasma del paro y la miseria que nos han acarreado las Reformas que tan fervientemente nos exigieron, estos últimos tiempos.
En su mano y no en otras, pues así lo decidieron ellos cuando optaron por liderar el desarrollo económico del Continente,  está ahora resolver, desde el poder, qué hacer con estas personas que huyen desesperadamente de la desolación y aunque se haya de compartir entre todos el número de familias acogidas, justo es que ofrezca más quiénes más tienen y menos, aquellos a quienes les cuesta, incluso sacar adelante al grueso de su población, como es nuestro caso.
Y no es ésta una cuestión que tenga que ver con la solidaridad ciudadana, que ya en sí está respondiendo ofreciendo mucho más de lo que en realidad puede, sino un asunto de Estados, que durante años se han dedicado a reforzar su superioridad, por encima de los demás y sin que importara el coste humano que supusiera esta postura de prepotencia.
Al final, los peores dramas humanos se les han echado encima sin contemplaciones, como si una mano divina hubiera hecho de pronto justicia, en defensa de todos los que quedaron dañados en este camino pedregoso por el que nos han obligado a caminar, indiferentes a nuestra tragedia.
Históricamente, ya se sabe, todos los imperios terminan cayendo.

 


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