Desbordada por la llegada de refugiados, que conociendo la
realidad europea, prefieren asentarse en países del norte, Alemania se ve
obligada a cerrar sus fronteras, mientras sigue sin arbitrarse una solución
para este éxodo, que se está convirtiendo en el más importante de cuántos han
ocurrido en la historia reciente.
Las terribles escenas de las madres atravesando las
concertinas acompañadas por sus hijos de corta edad, han continuado
repitiéndose a lo largo de toda esta semana y evidencian que no hay muro capaz
de frenar a los hombres cuando está en juego su supervivencia y la necesidad
imperiosa de libertad.
No estaba Europa preparada para afrontar un hecho como éste,
fundamentalmente porque ha venido desoyendo reiteradamente las advertencias de
los socios del sur, que ya sufrían en sus fronteras, aunque a un nivel mucho
menor, la llegada de una inmigración procedente de África, que hemos tenido que
asumir en soledad y esencialmente sostenida por la solidaridad ciudadana.
Pero el desarrollo de la crisis ha mermado considerablemente
los recursos de naciones como Grecia, España e Italia y esta nueva inmigración,
absolutamente devastada por los horrores de la guerra, ansía formar parte de
los territorios que encabezan la hegemonía europea, por si tuviera que
permanecer en ellos, sin poder volver jamás a su casa.
Habrán de entender pues, los dirigentes de Alemania o
Finlandia, que el grueso de los refugiados deseen trasladarse bajo el amparo de
sus banderas, a la vista de cómo han dejado sus políticas de recortes, a los
hermanos más desamparados de la Comunidad, que continúanos luchando contra el
fantasma del paro y la miseria que nos han acarreado las Reformas que tan
fervientemente nos exigieron, estos últimos tiempos.
En su mano y no en otras, pues así lo decidieron ellos cuando
optaron por liderar el desarrollo económico del Continente, está ahora resolver, desde el poder, qué
hacer con estas personas que huyen desesperadamente de la desolación y aunque
se haya de compartir entre todos el número de familias acogidas, justo es que
ofrezca más quiénes más tienen y menos, aquellos a quienes les cuesta, incluso
sacar adelante al grueso de su población, como es nuestro caso.
Y no es ésta una cuestión que tenga que ver con la
solidaridad ciudadana, que ya en sí está respondiendo ofreciendo mucho más de
lo que en realidad puede, sino un asunto de Estados, que durante años se han
dedicado a reforzar su superioridad, por encima de los demás y sin que
importara el coste humano que supusiera esta postura de prepotencia.
Al final, los peores dramas humanos se les han echado encima
sin contemplaciones, como si una mano divina hubiera hecho de pronto justicia,
en defensa de todos los que quedaron dañados en este camino pedregoso por el
que nos han obligado a caminar, indiferentes a nuestra tragedia.
Históricamente, ya se sabe, todos los imperios terminan
cayendo.

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