La imagen del cuerpo de un niño de cortísima edad, arrastrado
sin vida por las olas hacia la playa que hubiera representado para él la
oportunidad de vivir en libertad, estremeció ayer a todos los seres humanos que
nos atrevimos a mirarla y arrancó de nosotros un sentimiento de rabia
contenida, por no haber podido hacer nada para salvar al pequeño.
Pero el cadáver de este niño no es más que una representación
de lo que ocurre en demasiadas ocasiones en las aguas que separan al tercer
mundo del nuestro y los españoles sabemos bien las fosas comunes que se ocultan
bajo la aparente calma del oleaje, un día sereno.
Cómo pueden los líderes de Europa no arbitrar una solución
urgente a este incesante éxodo de personas inocentes que luchan hasta perder el
aliento por aproximarse a nosotros, con la mera intención de procurar para sí
mismos y para sus hijos, un poco de dignidad y decencia con la que poder
afrontar el futuro?
¿No les causa vergüenza, indignación e impotencia contemplar
inertes desde sus posiciones de poder, estas crudísimas imágenes que retratan
imperativamente las diferencias que existen, en este mundo que andan creando
para nosotros, desde la más absoluta indiferencia?
¿No defienden una tierra globalizada? Pues habrá que
globalizar también los problemas.
Porque seguir discutiendo exclusivamente sobre economía,
animar al consumismo feroz, mientras el hambre y la miseria corroen la misma
médula de los países más desfavorecidos, mientras las guerras y conflictos aún
peores, impiden a las personas disfrutar de sus más elementales derechos,
constituye simple y llanamente, una imperdonable traición que atenta contra
todos los principios morales que fueron siempre lo que nos diferenció de las
bestias.
El genocidio tácito que se está produciendo ante nuestros
ojos, parece que ni siquiera será juzgado por ningún tribunal internacional y
organismos como la ONU, se conforman con sugerir que deben entablarse
conversaciones, para encontrar una pronta salida a la terrible tragedia.
Pero la gente no sobrevive sólo con las palabras y menos aún,
con la creación de fronteras inexpugnables que no sirven para nada más que para
dilatar en el tiempo, una realidad que sin embargo, permanece latente tras los
muros y las alambradas, llevándose del mundo a cientos de miles de inocentes.
Sus vidas, sacrificadas en un sin sentido, mientras el primer
mundo continúa disfrutando alegremente de su situación de privilegio, son
también, responsabilidad nuestra y no sólo de los ciudadanos que solidariamente
hacen lo que pueden por remediar la amargura y la desesperación que mueve a
estos seres a llamar con insistencia a nuestras puertas, sino,
fundamentalmente, de los Gobiernos.
Flaca memoria tienen algunos. Merkel parece haber olvidado
que hubimos de reconstruir , entre todos, su país, después de la guerra y
Rajoy, no debe recordar que no hace tanto tiempo, miles de españoles fueron
también, refugiados que hubieron de huir de aquí, para buscar asilo en otras
naciones que entonces, nos abrieron sus puertas.

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