jueves, 9 de abril de 2015

Un fatal desacuerdo


Igual que ocurriera con la crisis del ébola, el gobierno no ha sabido gestionar de manera correcta las acciones de salvamento de los tres espeleólogos españoles que cayeron a un acantilado en Marruecos y que se ha saldado finalmente con la pérdida de dos vidas, a pesar de que hasta allí se habían desplazado unos cuantos compatriotas expertos en estas materias, a los que las autoridades marroquíes han impedido intervenir, probablemente por una falta total de coordinación con el Ministerio de Exteriores de España.
Atrapados en una roca situada en un lugar de difícil acceso, los espeleólogos  se han visto obligados a esperar una semana a que los equipos de rescate de Marruecos pudieran por fin llegar hasta donde se encontraban, acción que ha costado la vida al menos a uno de ellos, que probablemente habría podido salvarse si las labores no se hubieran interrumpido de noche, como sugerían los compañeros desplazados allí,mucho más acostumbrados a librar batallas de este calibre.
Ya sabemos que a pesar de las apariencias, las relaciones con Marruecos nunca han sido fáciles y que desde hace tiempo, en toda negociación entablada subyace en parte de los autoridades alauís, un deseo fehaciente de recuperar Ceuta y Melilla para integrarlas en su territorio nacional, por lo que casi nunca resulta factible conseguir un acuerdo que satisfaga plenamente a los diplomáticos españoles.
Pero quizá en esta ocasión, no pueda atribuirse toda la culpa a las reticencias de Marruecos y el origen del retraso en iniciar las labores de búsqueda se deban en realidad, a que en un primer momento en España no se concedió la importancia suficiente a la desaparición de estas personas, confiando erróneamente en que la experiencia con la que contaban, les haría volver sanos y salvos al punto de partida, sin necesidad de tener que recurrir a la vía diplomática, si podía evitarse.
Una vez iniciadas las gestiones, tampoco se ha debido incidir en la exigencia de que los espeleólogos que habían viajado desde España participaran activamente en el rescate  y lo que podía haber quedado en un susto, ha terminado convirtiéndose en una agónica aventura para los protagonistas de esta historia, ante la indignación de los compañeros que esperaban, sin que les fuera permitido  intervenir, al borde mismo del abismo en que se desarrollaba una escena dantesca.
Como otras veces, el Ministro ya se ha encargado de recibir al superviviente a pie de avión, a su regreso a España y a pesar de la insistencia de los medios en que ofreciera explicaciones sobre los graves errores cometidos en este asunto, se ha limitado a lamentar la pérdida de las dos víctimas, sin asumir, en lo que le toca, su parte de responsabilidad en la mala gestión del asunto.
Indignados, los compañeros de los fallecidos y del superviviente, que soportaron con impotencia una prohibición que les resultaba inexplicable, no han tardado en manifestar que estando allí les había parecido evidente que la falta de entendimiento entre los dos gobiernos, era la única causa que retrasaba de manera fatal, el desarrollo de unas labores que podían haberse concluido mucho antes.
También las familias han manifestado su intención de denunciar y aún se asombran de que uno de los espeleólogos haya conseguido sobrevivir en condiciones tan adversas, aunque naturalmente, las secuelas psicológicas que le quedarán tras haber visto morir a sus dos compañeros, serán posiblemente irrecuperables.
Tras los sucesos de los inmigrantes muertos en el mar, esta crisis de los espeleólogos, se le echa encima como un huracán al Ministro de Exteriores, volviendo a demostrar su ineficacia para ocupar el puesto y pone en evidencia, otra vez, su buena voluntad para ofrecer a los españoles un relato veraz de los hechos, aunque el paso de los días se encargue de que otros, como siempre, terminen por hacerlo, afortunadamente para todos nosotros.




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