Mientras las rencillas internas sacuden la mismísima médula
del Partido Popular, tras el desastroso resultado obtenido en las Elecciones
andaluzas, su Presidente, Mariano Rajoy, trata desesperadamente de lavar la
cara de la Formación, haciendo alarde de una unidad, que todos sabemos, no existe.
Le pasa al Presidente con esto, igual que con todo lo que
resulte ser un problema, que prefiere cerrar los ojos y tratar de
autoconvencerse de que la realidad es como le gustaría, pretendiendo además,
que los otros crean ciegamente las afirmaciones que salen de su boca, como si
su mero deseo transformara milagrosamente los hechos fehacientes, bañándolos de
un color de rosa que nunca es, en verdad, el que percibimos los que le
rodeamos.
En esta línea, a Rajoy le parece que España ha salido de la
crisis, que en el PP nunca hubo una contabilidad B y que Bárecenas apuntó su
nombre en los famosos papeles como perceptor de sobresueldos, por mera
inquina, doce años antes de que todo se
descubriera y ahora también, que no existen enormes discrepancias entre
Cospedal y Arenas y hasta que Esperanza Aguirre le es fiel, incluso cuando le
reprocha frente a frente cualquier iniciativa en su manera de gobernar este
país en el que vivimos.
El reiterado error, ya ha empezado a traerle consecuencias y
los resultados andaluces son los que son, en parte por su empeño en visitar
casi todos los días durante la pasada Campaña electoral, una tierra demasiado
castigada por su política de recortes, intentando hacer creer a los habitantes
de esta parte de la Nación que todo marcha estupendamente bien, incluso para
los desempleados que hace tiempo dejaron de recibir alguna prestación y que
tratan desesperadamente de salir sin conseguirlo, de su situación de miseria.
Pero la autocrítica no existe para este escéptico Rajoy y
todo hace prever que la experiencia andaluza no le hay hecho escarmentar de la
pretenciosa vanidad que le acompaña, cada vez que interviene en algún acto
público, por lo que los candidatos del PP a las elecciones municipales, están
aterrorizados con la sola idea de tener que compartir escenario con el
Presidente, sobre todo en Valencia y Madrid, que hasta ahora habían sido feudos
electorales del PP, pero que tampoco están contentos con las políticas llevadas
a cabo, en los últimos cuatro años.
No es comprensible que nadie en un Partido de tanto poder,
haya tenido aún el valor de abrirle los ojos al Presidente o al menos, de
insinuarle que su postura ante los problemas resulta ser absolutamente
inadecuada y hasta rayana en el más espantoso de los ridículos,
fundamentalmente cuando los conflictos inciden en el devenir de una gran
mayoría de los ciudadanos a los que supuestamente representa y que tienen el
derecho a recibir una información real de lo que sucede en cada momento.
La tormenta desatada en el PP, quiera admitirlo o no Rajoy,
tiene mucho que ver con esa incapacidad suya para enfrentarse a los trances,
aunque éstos estén ocurriendo al lado de su puerta y callar, desaparecer,
maquillar peligrosamente la realidad o huir por la puerta de atrás,
culpabilizando a otros de lo que es exclusivamente responsabilidad suya,
termina por hacer creer a los demás que cada cual puede imponer su voluntad en
el seno del Partido a que pertenecen y luchar abiertamente por su parcela de
poder, ya que desde arriba, nadie se opone a que tales cosas ocurran.
Nadar y guardar la ropa, todos lo sabemos, resulta ser
absolutamente imposible y la primera labor de un Presidente de Gobierno y por
añadidura, también la de cualquier Presidente de Partido, es la de implicarse
con todas las consecuencias, positivas o negativas, en que todo transcurra de
la mejor manera posible para las mayorías.
Eso se llama Democracia. Pero en esta materia, Rajoy nunca
debió pasar del parvulario y ahora, lo está pagando, no solo en el País, sino
también en la relación con su propia gente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario