miércoles, 8 de abril de 2015

Lavado de cara


Mientras las rencillas internas sacuden la mismísima médula del Partido Popular, tras el desastroso resultado obtenido en las Elecciones andaluzas, su Presidente, Mariano Rajoy, trata desesperadamente de lavar la cara de la Formación, haciendo alarde de una unidad, que todos sabemos,  no existe.
Le pasa al Presidente con esto, igual que con todo lo que resulte ser un problema, que prefiere cerrar los ojos y tratar de autoconvencerse de que la realidad es como le gustaría, pretendiendo además, que los otros crean ciegamente las afirmaciones que salen de su boca, como si su mero deseo transformara milagrosamente los hechos fehacientes, bañándolos de un color de rosa que nunca es, en verdad, el que percibimos los que le rodeamos.
En esta línea, a Rajoy le parece que España ha salido de la crisis, que en el PP nunca hubo una contabilidad B y que Bárecenas apuntó su nombre en los famosos papeles como perceptor de sobresueldos, por mera inquina,  doce años antes de que todo se descubriera y ahora también, que no existen enormes discrepancias entre Cospedal y Arenas y hasta que Esperanza Aguirre le es fiel, incluso cuando le reprocha frente a frente cualquier iniciativa en su manera de gobernar este país en el que vivimos.
El reiterado error, ya ha empezado a traerle consecuencias y los resultados andaluces son los que son, en parte por su empeño en visitar casi todos los días durante la pasada Campaña electoral, una tierra demasiado castigada por su política de recortes, intentando hacer creer a los habitantes de esta parte de la Nación que todo marcha estupendamente bien, incluso para los desempleados que hace tiempo dejaron de recibir alguna prestación y que tratan desesperadamente de salir sin conseguirlo, de su situación de miseria.
Pero la autocrítica no existe para este escéptico Rajoy y todo hace prever que la experiencia andaluza no le hay hecho escarmentar de la pretenciosa vanidad que le acompaña, cada vez que interviene en algún acto público, por lo que los candidatos del PP a las elecciones municipales, están aterrorizados con la sola idea de tener que compartir escenario con el Presidente, sobre todo en Valencia y Madrid, que hasta ahora habían sido feudos electorales del PP, pero que tampoco están contentos con las políticas llevadas a cabo, en los últimos cuatro años.
No es comprensible que nadie en un Partido de tanto poder, haya tenido aún el valor de abrirle los ojos al Presidente o al menos, de insinuarle que su postura ante los problemas resulta ser absolutamente inadecuada y hasta rayana en el más espantoso de los ridículos, fundamentalmente cuando los conflictos inciden en el devenir de una gran mayoría de los ciudadanos a los que supuestamente representa y que tienen el derecho a recibir una información real de lo que sucede en cada momento.
La tormenta desatada en el PP, quiera admitirlo o no Rajoy, tiene mucho que ver con esa incapacidad suya para enfrentarse a los trances, aunque éstos estén ocurriendo al lado de su puerta y callar, desaparecer, maquillar peligrosamente la realidad o huir por la puerta de atrás, culpabilizando a otros de lo que es exclusivamente responsabilidad suya, termina por hacer creer a los demás que cada cual puede imponer su voluntad en el seno del Partido a que pertenecen y luchar abiertamente por su parcela de poder, ya que desde arriba, nadie se opone a que tales cosas ocurran.
Nadar y guardar la ropa, todos lo sabemos, resulta ser absolutamente imposible y la primera labor de un Presidente de Gobierno y por añadidura, también la de cualquier Presidente de Partido, es la de implicarse con todas las consecuencias, positivas o negativas, en que todo transcurra de la mejor manera posible para las mayorías.
Eso se llama Democracia. Pero en esta materia, Rajoy nunca debió pasar del parvulario y ahora, lo está pagando, no solo en el País, sino también en la relación con su propia gente.




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