Desde que Roma le despojó del poder que durante años había
venido ejerciendo en el arzobispado de
Madrid, Rouco Varela no ha disimulado el
enojo que le produjo tener que acatar las órdenes de sus superiores , ni las
más que evidentes diferencias que existen entre su modo de entender la Iglesia
y el que el Papa Francisco pretende implantar entre los miembros de la curia
que le rodea.
Empeñado en mantener el altísimo tren de vida que llevaba y
en conservar los innumerables privilegios de que disfrutaba y que le permitían
hacer y deshacer a su antojo en prácticamente todo el territorio nacional,
primero pretendió seguir residiendo en el palacio arzobispal, mientras su
sucesor esperaba su marcha en una residencia cercana para ocupar un espacio que
ahora le correspondía y después, rechazó
sistemáticamente una serie de pisos que se le ofrecieron en Madrid, hasta
conseguir ocupar un ático en pleno centro de la capital, valorado en más de un
millón de euros y que ha necesitado una reforma que ha costado otros trescientos mil, hasta que su eminencia
ha decidido que por fin, se adaptaba a lo que consideraba sus “necesidades”.
Para que nos hagamos una idea de cuál puede ser la mentalidad
de este señor, habría que reseñar que una de sus exigencias consistió en que se
construyera en el piso un amplísimo vestidor que para sí quisieran muchas de
las estrellas del cine y que como todas las demás, esta petición también le fue
concedida por los mandatarios de la Iglesia Católica.
Conocer las veleidades de Rouco, precisamente en esta época
que vivimos, en la que millones de españoles se ven abocados a una pobreza
extrema de la que les está resultando prácticamente imposible salir, resulta
ser no ya poderosamente escandaloso, al suponerse que un eclesiástico debiera
predicar con el ejemplo, sino una afrenta imposible de perdonar que ensucia
deliberadamente la imagen de una Iglesia, también infectada de estos casos de
pura corrupción, que ni siquiera son susceptibles de ser juzgados en los
tribunales, como sería de recibo.
Estas actitudes contradicen poderosamente el aire de
austeridad que Francisco está pretendiendo implantar desde su llegada (recordemos
que vive en una modesta habitación de una Residencia) y pone en entredicho su autoridad frente a
este núcleo duro de una curia que se resiste a dejar a un lado la cómoda vida
de la que han disfrutado desde hace tantísimo tiempo.
Le falta a Francisco, la potestad de terminar fulminantemente
con estos indeseables vestidos con sotanas de Armani, que hacen que su discurso
parezca verdaderamente alejado de lo que luego es la realidad de su Iglesia y
potencia la convicción de que en el mundo actual, la permanencia de gente como
Rouco en cargos de poder, puede llegar a ser un gravísimo insulto para la
multitud de pobres que habitan la faz de la tierra.
¿Cómo puede nadie seguir el Evangelio que predica la Iglesia,
si al mirar a su alrededor encuentra a Cardenales y Obispos disfrutando de una
opulencia escandalosa, mientras en su entorno las familias son desahuciadas de
sus hogares y ni siquiera pueden encontrar un trabajo que les permita
sobrevivir y cubrir sus necesidades más primarias?
El ático de Rouco, es pues, una prueba fehaciente y palpable
de las enormes distancias que separan a los sacerdotes de la Iglesia y también
de que las supuestas ilusiones del Papa Francisco, están encontrando una
resistencia feroz para poder ser llevadas a cabo, mientras los católicos
comprueban atónitos que quienes serían los encargados de dirigir su rebaño, injurian
con su actitud, los principios fundamentales de la que sería su doctrina.
Pecan mortalmente Rouco y los suyos, de soberbia, de vanidad,
de desobediencia consciente a las órdenes dictadas por el Vaticano y también de
extrema impiedad con el sufrimiento de la buena gente de la calle, que quizá
esperaría de ellos, al menos un gesto de caridad que suavizara en parte, la
gravedad de sus problemas.
Flaco favor hacen estos individuos a los curas comprometidos
de verdad con los pobres del mundo y mucho, muchísimo tendrían que aprender de
la humildad y la sencillez con que afrontan el devenir, misioneros y sacerdotes
de barrio, aunque vistan vaqueros y calcen sandalias, por cierto, igual que las
de aquel Pescador de los primeros tiempos.

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