La última tragedia ocurrida en aguas del Mediterráneo, que se
ha saldado con la pérdida de setecientas vidas y que ha conmocionado al mundo
entero, no sólo por su magnitud, sino también por las condiciones en que las
personas se ven obligadas a huir de sus países de origen, es la gota que colma
el vaso de las relaciones que Europa trata de mantener con la inmigración y una
muestra más de cómo la política de recortes exigida en los últimos tiempos,
puede culminar en un desastre de dimensiones colosales que nunca hubiera
ocurrido, de mantenerse determinados protocolos de actuación, que se
abandonaron por el coste que suponían.
La idea expresada por los dirigentes europeos, incluido
nuestro Ministro de Interior, de que prestar atención sanitaria y proporcionar
un alojamiento digno a esta inmigración de pateras podría constituir un efecto
llamada para las personas que aún permanecen en sus países de origen, sobrepasa
en mucho cualquier límite de la ética y constituye, en sí, un grave atentado
para la nobleza de pensamiento que debiera caracterizar a todo ser humano que
se precie de serlo.
Retirar el programa Mare Nostrum y con él unos medios que
posibilitaban en los casos de naufragio el inmediato rescate de los ocupantes
de los barcos hundidos, está acabando por Convertir el Mediterráneo en una fosa
de incalculables dimensiones, similar a la que ya existe en el Estrecho de
Gibraltar y que toca tan de cerca la conciencia de todos los españoles.
Es hora de llorar a estos muertos, que no por ser de la
condición más humilde son menos importantes, pero también la hora de que los
responsables políticos asuman la parte de culpa que les corresponde en el
tratamiento de este problema, reconociendo que la atención que se le ha
concedido dista mucho de parecerse a una solución y que blindar Europa como una
unidad acorazada, no representa un elemento disuasorio para quiénes no encuentran
otra salida que escapar de los lugares de conflicto, con la ilusión de
encontrar, aún a riesgo de perder la vida en el viaje, un lugar donde hallar al
menos, esa preciada paz de la que carecen.
Más que un tema político, es éste un tema humanitario que
Europa no puede eludir por más tiempo y un gesto de caridad que debe asumirse
sin tardanza y no con medidas de represión, como se viene haciendo de manera
rutinaria, obviando el coste humano que supone.
Ponerse en la piel del otro, plantearse qué haríamos de
encontrarnos en las agónicas condiciones en que estas personas se encuentran,
ha de primar, necesariamente, por encima de cualquier tema económico o
territorial, siendo como somos, todos, individuos pertenecientes a la misma
especie.
Las fronteras que inventamos para reafirmar nuestros
sentimientos de posesión, han de abrirse si existe una extrema necesidad de
acogimiento, cuando las guerras, el hambre o la opresión, azotan a miles de
inocentes, ajenos a las cuestiones de poder o política.
La pesada losa de esta tragedia sacude la conciencia de todos
los hombres y mujeres de bien que no pueden evitar pensar si no será esto
también, un exterminio de esos que de vez en cuando se producen en nuestra
negra Historia.

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