martes, 21 de abril de 2015

Recortes que cuestan vidas


La última tragedia ocurrida en aguas del Mediterráneo, que se ha saldado con la pérdida de setecientas vidas y que ha conmocionado al mundo entero, no sólo por su magnitud, sino también por las condiciones en que las personas se ven obligadas a huir de sus países de origen, es la gota que colma el vaso de las relaciones que Europa trata de mantener con la inmigración y una muestra más de cómo la política de recortes exigida en los últimos tiempos, puede culminar en un desastre de dimensiones colosales que nunca hubiera ocurrido, de mantenerse determinados protocolos de actuación, que se abandonaron  por el coste que suponían.
La idea expresada por los dirigentes europeos, incluido nuestro Ministro de Interior, de que prestar atención sanitaria y proporcionar un alojamiento digno a esta inmigración de pateras podría constituir un efecto llamada para las personas que aún permanecen en sus países de origen, sobrepasa en mucho cualquier límite de la ética y constituye, en sí, un grave atentado para la nobleza de pensamiento que debiera caracterizar a todo ser humano que se precie de serlo.
Retirar el programa Mare Nostrum y con él unos medios que posibilitaban en los casos de naufragio el inmediato rescate de los ocupantes de los barcos hundidos, está acabando por Convertir el Mediterráneo en una fosa de incalculables dimensiones, similar a la que ya existe en el Estrecho de Gibraltar y que toca tan de cerca la conciencia de todos los españoles.
Es hora de llorar a estos muertos, que no por ser de la condición más humilde son menos importantes, pero también la hora de que los responsables políticos asuman la parte de culpa que les corresponde en el tratamiento de este problema, reconociendo que la atención que se le ha concedido dista mucho de parecerse a una solución y que blindar Europa como una unidad acorazada, no representa un elemento disuasorio para quiénes no encuentran otra salida que escapar de los lugares de conflicto, con la ilusión de encontrar, aún a riesgo de perder la vida en el viaje, un lugar donde hallar al menos, esa preciada paz de la que carecen.
Más que un tema político, es éste un tema humanitario que Europa no puede eludir por más tiempo y un gesto de caridad que debe asumirse sin tardanza y no con medidas de represión, como se viene haciendo de manera rutinaria, obviando el coste humano que supone.
Ponerse en la piel del otro, plantearse qué haríamos de encontrarnos en las agónicas condiciones en que estas personas se encuentran, ha de primar, necesariamente, por encima de cualquier tema económico o territorial, siendo como somos, todos, individuos pertenecientes a la misma especie.
Las fronteras que inventamos para reafirmar nuestros sentimientos de posesión, han de abrirse si existe una extrema necesidad de acogimiento, cuando las guerras, el hambre o la opresión, azotan a miles de inocentes, ajenos a las cuestiones de poder o política.
La pesada losa de esta tragedia sacude la conciencia de todos los hombres y mujeres de bien que no pueden evitar pensar si no será esto también, un exterminio de esos que de vez en cuando se producen en nuestra negra Historia.



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