Los que elegimos ver la televisión en la noche del Sábado y descubrimos
que saltando de canal a canal podíamos seguir con cierta facilidad dos debates
políticos, pudimos notar enseguida que
Pablo Iglesias se consolidaba como uno de los líderes más importantes del país,
mientras contestaba a una rueda de preguntas hechas directamente por gente de
la calle y que el llamado Bigotes, uno de los principales imputados de la trama
Gúrtel, no brillaba precisamente por su inteligencia, sino más bien por todo lo
contrario.
Más de un español no pudo por menos que preguntarse cómo un
ser de estas características podía haber construido un engranaje tan complicado
como el que manejan los jueces que investigan este caso y sobre todo, cómo pudo
ningún político, por torpe que fuera, dejarse convencer por él para poner en
sus manos los cientos de actos que organizó para su Partido.
Oyéndole, prestando
atención a su burda manera de expresarse y comprobando que su conversación ni
siquiera puede resultar atractiva para cualquier persona medianamente
inteligente, uno se inclina a pensar si no sería más bien él, quien siendo
abducido por las fantasías de ciertos elementos ávidos de obtener riqueza de la
forma que fuera, cayó en las redes de un plan perfectamente orquestado desde el
mundo de la política y quien ahora paga, como cabeza de turco, la osadía de
haber seguido a pies juntillas las indicaciones que se le hacían desde el
poder, un poder, al que en ningún momento delató, en el transcurso de toda la
entrevista.
Que una forma de tácita extorsión ronda a cualquier
empresario que desee obtener algún tipo de contrato con las Instituciones
públicas, va quedando bastante claro desde que el Juez Ruz argumentó la
financiación ilegal del PP y de las obras de la calle Génova y no es por tanto
de extrañar, que este y los otros imputados de Gúrtel, se vieran obligados a
hacer el mismo tipo de generosas “donaciones” que Bárcenas describe como
habituales en la sede del que fuera su Partido, habiendo sido los primeros en
caer en manos de una Justicia, a la que costará aún mucho trabajo esclarecer de
dónde partió exactamente la idea que luego desembocó en uno de los asuntos más
graves de corrupción, de cuantos se han conocido en España, en los últimos
tiempos.
Lo que es verdad, es que hasta para delinquir se necesitan
ciertas aptitudes, de las que el Bigotes ciertamente carece y que resulta por
tanto, prácticamente imposible que como se viene afirmando desde el principio
de la investigación, este individuo sea el cerebro de esta ni de ninguna otra
operación de tan enrevesado argumento.
Pero la clase empresarial española parece haber decidido
callar y asumir las elevadas “mordidas” que se le proponen desde el poder y su
incomprensible conspiración de silencio no hace otra cosa que facilitar la
existencia de estas mafias perfectamente asentadas entre nosotros, que impiden
con sus actuaciones un desarrollo para este País, tan necesitado de esos mismos
recursos que desaparecen después, en los Bancos de los paraísos fiscales.
He de reconocer que indignada, abandoné la entrevista del
Bigotes antes de que llegara a su fin y preferí escuchar a un Pablo Iglesias
exultante, que al mismo tiempo, ofrecía una serie de interesantes propuestas
para terminar de raíz con estos casos de corrupción y de paso, con la imagen
terrible que están dando a los ciudadanos, estos impresentables políticos.
Poco ha tardado Rajoy en calificar de alucinógenas sus
propuestas, pero ¿qué se puede esperar de un Presidente que alberga bajo su
manto a un numeroso grupo de corruptos y que se encuentra él mismo, bajo la sombra de la sospecha?

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