En pleno periodo vacacional, los políticos apuran las últimas
horas que quedan para que se abra el plazo de las Elecciones Municipales y se
apresuran a cortar cintas de todo lo inaugurable, con la intención de conseguir
cuántas más fotos puedan, para presentarlas como testimonio de lo que ha sido
su “buen hacer”, en el tiempo que ha durado su último mandato.
Viajes en Ave y por carretera que les llevan a los destinos
más insólitos, para descubrir placas conmemorativas y hasta para dar el visto
bueno a obras inacabadas, buscando ya los golosos votos de unos electores, que
contemplan atónitos la extrema teatralidad que caracteriza
a estos personajes, que cada vez más, parecen sacados de una de aquellas
películas de Berlanga.
Como si los ciudadanos estuvieran afectados de una epidemia
de amnesia generalizada y no tuvieran presente todo lo que les ha ocurrido,
contra su voluntad, en los últimos tiempos, todo aquel que tiene oportunidad de
hacerse ver a través de los medios en una de estas inauguraciones, corre
velozmente hasta el lugar en que se haya instalado el nuevo hospital, parque,
jardín, polideportivo o escuela y sacando del fondo del armario la mejor de sus
sonrisas, posa con la tijerita que declara abierto el edificio o se mancha su
mejor traje con la tierra del pequeño arbolito que planta, sin demasiado
interés, todo hay que decirlo.
Hasta el mismísimo Presidente del gobierno se dedica en
cuerpo y alma a estas funciones, sin recordar el daño que ha hecho a su Partido
su participación en la Campaña andaluza y eso, que sólo han pasado unos días
desde que se produjo la debacle que hizo perder al PP diecisiete escaños, en
tal evento.
Esperanza Aguirre opta por pasearse por un mercado,
preocupándose por aclarar ante los atónitos televidentes que paga todo aquello
que compra y manifiesta a regañadientes que el Presidente del Gobierno, por
supuesto, intervendrá en la Campaña de Madrid, aunque todos sepamos en el
fondo, que su deseo sería justamente lo contrario.
El oficio de la
política, pienso, ha de nublar necesariamente los sentidos de quiénes lo
ejercen, porque si los protagonistas de estas acciones pudieran verse con los
ojos con que les ve la gente corriente, estamos seguros de que prescindirían de
inmediato de muchos de estos actos ridículos que no hacen en realidad otra cosa,
que aumentar en mucho, la mala imagen que hoy por hoy, se tiene de ellos-
Sinceramente, poco importa a los ciudadanos que se inauguren
más o menos edificios, si después, como suele pasar, ninguno de ellos funciona
con regularidad, o terminan por convertirse en obras fantasmas de esas que se
encuentran salpicadas por toda la geografía española y que no generan más que
gastos a una Hacienda Pública, bastante necesitada de fondos, como aclara cada
vez que puede, el Ministro Montoro, de cara a los españoles.
Menos mal que al menos en un tiempo, quedan desde hoy
terminantemente prohibidas estas exhibiciones de poder y de aquí a Mayo, sólo
tendremos que soportar el alarde mitinero de todos los participantes en la
nueva campaña de elecciones, en las que por fin podremos decidir, cada cual
atendiendo a su conciencia, en cuáles vamos a depositar la confianza para otros cuatro años, en los que esperamos,
de corazón, que algo empiece a cambiar de verdad y que se supriman, por fin,
toda esta suerte de inútiles ostentaciones de vanidad que nos parecen tan superfluas.

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