La indefensión de los profesores españoles ha vuelto a quedar
en evidencia hoy, cuando un niño de trece años armado con una ballesta de
fabricación casera, un machete y un cóctel molotov ha matado a uno de ellos en
un Instituto de Secundaria, ante el estupor de los docentes y alumnos que se
encontraban allí y que pronto comprendieron que venía dispuesto a disparar
indiscriminadamente.
Cómo puede un niño de esa edad llegar a ser capaz de cometer
una acción como esta y en qué momento se torció su camino para desembocar en
tan nefastos pensamientos, sin que nadie hubiera advertido estas tendencias,
pone en cuestión no solo los métodos educativos de determinadas familias, sino
también la frágil salud mental que acompaña a algunos de nuestros adolescentes.
Aún sin conocer las condiciones personales en que se
desarrollaba la rutina de este joven alumno, discernir que su modo de ver la
vida distaba mucho de lo que podría considerarse normal queda suficientemente
probado y seguramente no tardaremos mucho en comprobar que uno de los factores
que le han llevado hasta donde ha llegado hoy, se encuentra estrechamente
relacionado con una situación de extrema soledad que padecen casi desde la cuna
muchos de nuestros niños, al no existir en casi ningún caso una compatibilidad
entre la vida familiar y las jornadas laborales de los padres.
Buscar refugio en esas horas de soledad detrás de la pantalla
de un ordenador, cuyos contenidos nadie controla por ausencia, se está
convirtiendo en algo muy habitual y en más casos de los que pensamos, suele
afectar de manera muy negativa a la estabilidad emocional de nuestros hijos,
sin que se le conceda la importancia real que tiene, hasta que no ocurre un
caso similar al que acabamos de vivir y saltan, de pronto y sin que ya tenga
remedio, todas las alarmas.
Pero los profesores se ven obligados a convivir a diario con
este problema y la Administración viene posponiendo desde hace demasiado tiempo
proteger de manera contundente su integridad física y psicológica, como si la
obligación de educar fuera responsabilidad de este colectivo y hubiera por ello
de asumir, necesariamente, una vida de riesgo-
Hemos dicho muchas veces que la función de la escuela es
enseñar y que la educación en valores de nuestros niños corresponde
exclusivamente a la familia. Diferenciar estos dos conceptos, resulta
absolutamente imprescindible, como lo es también comprender que la paternidad
ha de ser siempre responsable y que cuando uno decide dar el paso de traer
hijos al mundo ha de hacerlo asumiendo que conlleva la obligación de encontrar
tiempo para estar con ellos, sin que este deber se pueda delegar en abuelos y
familiares, ni por supuesto, en los profesores de la escuela.
El abandono de esas funciones, da lugar, en muchos casos, a
que acontecimientos como el ocurrido hoy en Cataluña, sobrepase todos los
límites de la imaginación, sobrecogiendo la parte más sensible de nuestro
pensamiento.
Pero el camino hasta llegar ahí, ha tenido que ser,
forzosamente, largo y tortuoso y la
ignorancia supina de los padres de este adolescente sobre el estado mental de
su hijo, no va a consolar a los allegados del profesor muerto hoy, ni a paliar
el trauma de todos los que han presenciado la escena.
La prevención de estas situaciones extremas y la urgente
necesidad de acorazar la seguridad de nuestros docentes, no puede retrasarse
más, como tampoco debe haber demora en exigir a las empresas un esfuerzo porque
la conciliación familiar sea una realidad y no una quimera que siempre se
aplaza, hasta que vuelve a producirse una nueva tragedia.

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