No sé cómo nos atrevemos los hombres a celebrar el día de una
tierra a la que como los maltratadores, decimos que amamos mientras atentamos
contra su integridad de mil maneras diferentes.
No sé cómo nos atrevemos a disfrutar de las bondades que
generosamente nos ofrece y a ocupar el espacio que previamente hemos
contaminado con cuanto ha sido necesario para conseguir nuestra propia
comodidad, pensando tal vez, que nuestras acciones individuales, por ser
pequeñas, no tendrán esas consecuencias nefastas que auguran para las
generaciones venideras, los expertos en la materia.
No sé como habiendo atacado durante siglos las inmensas
posibilidades que nos brindaba este hermoso planeta, en el que por alguna
circunstancia que aún se nos escapa del todo, se propició la vida, somos aún
capaces de proseguir el calamitoso camino que decidimos tomar y que constituirá
seguramente la que será su destrucción, sin que jamás hayamos demostrado una
brizna de agradecimiento por haber habitado aquí, en este paraíso que aún hoy,
todavía compartimos.
Quizá todo se torció cuando apareció en este mundo nuestro el
valor material y el hombre creyó haber encontrado la manera de ser más feliz,
por medio de la posesión de las cosas, aprendiendo a evitar, incluso aún
teniendo que recurrir a la violencia, tener que compartir con los otros seres
humanos un recién descubierto tesoro, que después ha traído, a lo largo de toda
la historia, tantos horrores y pérdidas irrecuperables, indiscriminadamente.
Verdad es que en el hombre se da una dualidad que empobrece
todo el sentido de racionalidad que le caracteriza y que somos la única especie
capaz de albergar en un mismo individuo una dosis de bien y de mal que hace
prácticamente imposible entender la línea de nuestro pensamiento, pero apelando
al lado bueno que todos naturalmente poseemos y buscando argumentos para poder
lograr nuestro propio bienestar, nada puede justificar que arruinemos el medio
que nos proporciona la vida, ni la agresividad con que tratamos los recursos
naturales que todos precisamos para continuar existiendo.
Es por eso, que el compromiso con esta tierra nuestra ha de
ser obligadamente asumido y que cada cual, siendo pequeño o grande, debe en la
medida de lo posible, potenciar que se exija hacia ella, un profundo respeto.
Así, no basta con recordar una vez al año que debemos hacer
lo imposible por no contaminarla, herirla o asfixiarla, sino poner en práctica
todos los días, de todos los años y siglos, la fuerza del amor que reclama para poder
sobrevivir y seguir regalándonos el milagro de nuestra supervivencia.
Sin nuestro aire, sin nuestros mares, océanos y ríos, sin las
verdes laderas que acogieron al hombre premiando su esfuerzo con los frutos
dulces de la cosecha, sin nuestros bosques y sin un medio ambiente limpio de
toda contaminación, el futuro será un triste recuerdo de aquello que una vez
tuvimos y que por alguna razón, absolutamente inexplicable, desperdiciamos
hasta extinguirlo.

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