jueves, 23 de abril de 2015

En el día de la Tierra


No sé cómo nos atrevemos los hombres a celebrar el día de una tierra a la que como los maltratadores, decimos que amamos mientras atentamos contra su integridad de mil maneras diferentes.
No sé cómo nos atrevemos a disfrutar de las bondades que generosamente nos ofrece y a ocupar el espacio que previamente hemos contaminado con cuanto ha sido necesario para conseguir nuestra propia comodidad, pensando tal vez, que nuestras acciones individuales, por ser pequeñas, no tendrán esas consecuencias nefastas que auguran para las generaciones venideras, los expertos en la materia.
No sé como habiendo atacado durante siglos las inmensas posibilidades que nos brindaba este hermoso planeta, en el que por alguna circunstancia que aún se nos escapa del todo, se propició la vida, somos aún capaces de proseguir el calamitoso camino que decidimos tomar y que constituirá seguramente la que será su destrucción, sin que jamás hayamos demostrado una brizna de agradecimiento por haber habitado aquí, en este paraíso que aún hoy, todavía compartimos.
Quizá todo se torció cuando apareció en este mundo nuestro el valor material y el hombre creyó haber encontrado la manera de ser más feliz, por medio de la posesión de las cosas, aprendiendo a evitar, incluso aún teniendo que recurrir a la violencia, tener que compartir con los otros seres humanos un recién descubierto tesoro, que después ha traído, a lo largo de toda la historia, tantos horrores y pérdidas irrecuperables, indiscriminadamente.
Verdad es que en el hombre se da una dualidad que empobrece todo el sentido de racionalidad que le caracteriza y que somos la única especie capaz de albergar en un mismo individuo una dosis de bien y de mal que hace prácticamente imposible entender la línea de nuestro pensamiento, pero apelando al lado bueno que todos naturalmente poseemos y buscando argumentos para poder lograr nuestro propio bienestar, nada puede justificar que arruinemos el medio que nos proporciona la vida, ni la agresividad con que tratamos los recursos naturales que todos precisamos para continuar existiendo.
Es por eso, que el compromiso con esta tierra nuestra ha de ser obligadamente asumido y que cada cual, siendo pequeño o grande, debe en la medida de lo posible, potenciar que se exija hacia ella, un profundo respeto.
Así, no basta con recordar una vez al año que debemos hacer lo imposible por no contaminarla, herirla o asfixiarla, sino poner en práctica todos los días, de todos los años y siglos,  la fuerza del amor que reclama para poder sobrevivir y seguir regalándonos el milagro de nuestra supervivencia.
Sin nuestro aire, sin nuestros mares, océanos y ríos, sin las verdes laderas que acogieron al hombre premiando su esfuerzo con los frutos dulces de la cosecha, sin nuestros bosques y sin un medio ambiente limpio de toda contaminación, el futuro será un triste recuerdo de aquello que una vez tuvimos y que por alguna razón, absolutamente inexplicable, desperdiciamos hasta extinguirlo. 



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