lunes, 27 de abril de 2015

En manos del azar


De vez en cuando, la tierra tiembla con virulencia recordándonos a todos la inmensidad de nuestra pequeñez frente a las fuerzas de la Naturaleza y arroja un balance de muerte y desolación sobre nuestras conciencias, cada vez más preocupadas por la posesión de lo material y el abandono paulatino de los valores principales que son primordiales para la supervivencia del hombre.
Lima la catástrofe de repente todas las diferencias que nos separaban  a los unos de los otros y nos hace ver con meridiana claridad que la tierra puede colocarnos en un plano de dramática igualdad, con solo hacer valer la inmensa fuerza que posee en su interior y que afortunadamente, suele permanecer oculta, hasta que se desatan ciertos factores que la despiertan para desgracia nuestra.
Toda la paz de Nepal, la belleza idílica de sus paisajes que para muchos representaron desde siempre un sueño casi imposible de alcanzar, se ha transformado en una imagen de tragedia y desolación, después de que sufriera un terremoto de magnitud ocho, que ya se ha cobrado la espantosa cifra de casi cuatro mil vidas, desplazando la importancia de cualquier otra noticia que se haya podido producir en el fin de semana y removiendo la interioridad de cualquier persona de bien, provocando inmediatamente una ola de solidaridad internacional que seguramente, como ya ha ocurrido otras veces, se diluirá con el paso del tiempo.
Las imágenes de la mítica Katmandú derruida hasta los cimientos por la violencia de la sacudida y el terror reflejado en las caras de los supervivientes, sobrepasados por la falta de medios que se hace evidente cada vez que ocurre una catástrofe de parecidas características, hace parecer a cuanto está ocurriendo a nuestro alrededor absolutamente banal y por ello, no parece indicado hablar precisamente hoy, de ningún asunto que tenga que ver con las luchas que los hombres libran por obtener un poder que en cualquier momento les puede ser arrebatado por causas que probablemente nunca podrá llegar a controlar, por muchos años que sobrevengan.
Y sin embargo, el mundo sigue su curso como si nada hubiera pasado, obviando despiadadamente la necesidad de ayudar a estos semejantes que han tenido la inmensa suerte de sobrevivir a la muerte, inmerso en su nefasta carrera para alcanzar la gloria, la fama y la efímera popularidad que ofrece la supremacía material que gobierna los destinos de la tierra y nubla la mente de todos sus dirigentes.
Siguen funcionando las Bolsas y los Organismos destinados a fines exclusivamente políticos,  continúan inventando otras mil maneras de explotación con las que llenar las arcas de pingües beneficios creyendo que bastan los minutos de silencio para suavizar el dolor de los que todo lo han perdido y  detrayendo una mínima parte de lo que se posee para organizar una ayuda que las más de las veces, se pierde en el camino sin llegar nunca a los verdaderos focos de la tragedia.
Tratan, de lavar  sus negras conciencias jugando a ser pequeños dioses de pequeña magnanimidad y se pierden en cien conversaciones hueras, como si la palabrería y los gestos hechos a miles de kilómetros de distancia, tuvieran el efecto de obrar un milagro que hiciera desaparecer lo ocurrido y los supervivientes pudieran olvidar, con lo difícil que es, en estos casos, dejar dormir a la memoria.
Solo algunos, bien por extrema sensibilidad, bien porque nunca renunciaremos a la verdadera esencia del hombre, somos hoy, de alguna manera, parte intrínseca de la desdicha del pueblo de Nepal y lloramos amargamente a sus muertos, comprendiendo que sólo ha sido una cuestión de pura suerte, que nada nos haya ocurrido a nosotros.





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