domingo, 5 de abril de 2015

La imagen del balcón


Ver la imagen de algunos políticos de los grandes Partidos apostados en los mejores balcones de la carrera Oficial de la Semana Santa de Sevilla, contemplando de manera privilegiada el paso de las Procesiones, puede dar una idea de lo poco o nada que ha afectado la crisis al transcurrir de sus plácidas existencias y de lo distanciados que están, también en esto, del pueblo que se ve obligado a permanecer de pie en las calles, si quiere seguir el  mismo espectáculo al que nos estamos refiriendo.
Algunos de ellos, hasta se permiten el atrevimiento de sonreír, como si de un Emperador se tratara, mostrando complacencia ante las masas y saluda a los presentes con la mano, probablemente confiado en que el mero hecho de ser un rostro popular, le garantiza la aquiescencia de aquellos que le contemplan desde abajo, asfixiados por un calor de justicia y sin posibilidad  de que alguien contratado para tal fin, atienda todas las necesidades que puedan surgirle en cualquier momento, sin que le cueste un solo euro.
 Otros, como el Rey, se dan un baño de multitudes estrechando la mano de quienes aún consideran vasallos, ignorando también, que debajo de ese afán por evadirse que saca a la gente a las calles en estos días, subyace una capa gruesa de miseria sobrevenida, a causa de la espantosa manera de hacer que vienen teniendo ésos cuya misión debiera ser, precisamente, la de procurar el bienestar de todos nosotros.
Qué verdad es, que ya ni siquiera podemos ser considerados literalmente ciudadanos, sino más bien, esclavos del capricho de esta serie de señores aupados al trono de la vanidad por el poder del dinero, que  no se molestan en disimular las enormes distancias que les separan de nosotros y que han dado lugar al nacimiento de lo que algunos han dado en considerar una Casta, que lucha encarnizadamente por no perder ni uno solo de sus infinitos privilegios.
Mañana, cuando nos incorporemos a la rutina tras el descanso vacacional, bajarán de los balcones en que les vimos y tratarán  otra vez de convencernos, en cuanto se abra el periodo electoral, de las mismas falaces promesas que ya en otros momentos nos llevaron a ofrecerles una confianza que nunca merecieron de verdad, como después han demostrado ampliamente y volverán a sonreír, a estrechar manos y a mezclarse, ahora sí, entre las muchedumbres, como si realmente fueran parte de nuestro mundo, ese mundo que por desgracia les queda tan lejos y del que tan pocas cosas conocen.
Algunos, hasta les creerán, esperanzados por enésima vez, en que sean capaces de corregir sus errores y perdonando, quizá por tener buen corazón, todos los atropellos que sufrieron en propia carne, vejados hasta el límite, sin consideración ni respeto, por las reglas de nuevo cuño implantadas tiránicamente desde el poder, por estos reyezuelos adoradores de la riqueza.
Y otros, ojala muchos, considerarán que ha llegado la hora de encontrar nuevos horizontes y desterrar por fin del ámbito en que tan gozosamente viven, a todos los que tuvieron y tienen algún tipo de responsabilidad en que nuestro devenir se esté convirtiendo en una espesa niebla en la que no podemos ver ni a dónde vamos, ni de dónde venimos.
En fin, todo será, exactamente como nuestra voluntad colectiva quiera que sea, pero si hemos aprendido algo de estos años pasados es que la angustia, la tristeza y la desesperación, no son más que la cara más amarga que nos puede ofrecer la vida y que cada cual, debe asumir su parte de culpa, si es que de algún modo estuvo implicado en que nuestra existencia fuera así y nada hizo, aunque pudo, para cambiar una situación tan amarga.


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