Ver la imagen de algunos políticos de los grandes Partidos
apostados en los mejores balcones de la carrera Oficial de la Semana Santa de
Sevilla, contemplando de manera privilegiada el paso de las Procesiones, puede
dar una idea de lo poco o nada que ha afectado la crisis al transcurrir de sus
plácidas existencias y de lo distanciados que están, también en esto, del
pueblo que se ve obligado a permanecer de pie en las calles, si quiere seguir
el mismo espectáculo al que nos estamos
refiriendo.
Algunos de ellos, hasta se permiten el atrevimiento de
sonreír, como si de un Emperador se tratara, mostrando complacencia ante las
masas y saluda a los presentes con la mano, probablemente confiado en que el
mero hecho de ser un rostro popular, le garantiza la aquiescencia de aquellos
que le contemplan desde abajo, asfixiados por un calor de justicia y sin
posibilidad de que alguien contratado
para tal fin, atienda todas las necesidades que puedan surgirle en cualquier momento,
sin que le cueste un solo euro.
Otros, como el Rey, se
dan un baño de multitudes estrechando la mano de quienes aún consideran
vasallos, ignorando también, que debajo de ese afán por evadirse que saca a la
gente a las calles en estos días, subyace una capa gruesa de miseria
sobrevenida, a causa de la espantosa manera de hacer que vienen teniendo ésos
cuya misión debiera ser, precisamente, la de procurar el bienestar de todos
nosotros.
Qué verdad es, que ya ni siquiera podemos ser considerados
literalmente ciudadanos, sino más bien, esclavos del capricho de esta serie de
señores aupados al trono de la vanidad por el poder del dinero, que no se molestan en disimular las enormes
distancias que les separan de nosotros y que han dado lugar al nacimiento de lo
que algunos han dado en considerar una Casta, que lucha encarnizadamente por no
perder ni uno solo de sus infinitos privilegios.
Mañana, cuando nos incorporemos a la rutina tras el descanso
vacacional, bajarán de los balcones en que les vimos y tratarán otra vez de convencernos, en cuanto se abra el
periodo electoral, de las mismas falaces promesas que ya en otros momentos nos
llevaron a ofrecerles una confianza que nunca merecieron de verdad, como
después han demostrado ampliamente y volverán a sonreír, a estrechar manos y a
mezclarse, ahora sí, entre las muchedumbres, como si realmente fueran parte de
nuestro mundo, ese mundo que por desgracia les queda tan lejos y del que tan
pocas cosas conocen.
Algunos, hasta les creerán, esperanzados por enésima vez, en
que sean capaces de corregir sus errores y perdonando, quizá por tener buen
corazón, todos los atropellos que sufrieron en propia carne, vejados hasta el
límite, sin consideración ni respeto, por las reglas de nuevo cuño implantadas
tiránicamente desde el poder, por estos reyezuelos adoradores de la riqueza.
Y otros, ojala muchos, considerarán que ha llegado la hora de
encontrar nuevos horizontes y desterrar por fin del ámbito en que tan
gozosamente viven, a todos los que tuvieron y tienen algún tipo de
responsabilidad en que nuestro devenir se esté convirtiendo en una espesa
niebla en la que no podemos ver ni a dónde vamos, ni de dónde venimos.
En fin, todo será, exactamente como nuestra voluntad
colectiva quiera que sea, pero si hemos aprendido algo de estos años pasados es
que la angustia, la tristeza y la desesperación, no son más que la cara más
amarga que nos puede ofrecer la vida y que cada cual, debe asumir su parte de
culpa, si es que de algún modo estuvo implicado en que nuestra existencia fuera
así y nada hizo, aunque pudo, para cambiar una situación tan amarga.

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