martes, 28 de abril de 2015

La ética y la estética


Vuelve esperanza Aguirre, que se declara católica practicante y acérrima defensora de la vida, a reaparecer en la escena política con unas declaraciones que contradicen diametralmente cualquier principio de humanidad, cargando contra los mendigos que se ven obligados a dormir en las calles, al carecer de techo, porque según ella, ahuyentan al turismo que transita por Madrid, ofreciendo una imagen de la ciudad que no gusta a la ex Presidenta-
 Vuelve, probablemente descontenta con los resultados que le auguran las encuestas, seguramente para contentar a esos votantes de la más recalcitrante derecha, con los que suele codearse en las manifestaciones antiabortistas en las que participa y que coinciden con casi todos sus planteamientos y probablemente también con este, al provenir en su mayoría de un sector de la sociedad al que molesta que le recuerden que en la España de hoy, está muy presente la miseria.
Vuelve, haciendo uso de ese populismo, en su caso clasista, que tanto critica a los adversarios que cuentan a los ciudadanos la auténtica realidad de lo que acontece y lo hace, aferrándose al rancio abolengo de sus más fieles seguidores, demostrando con sus afirmaciones que de ganar en las próximas elecciones, distaría mucho de ser la Alcaldesa de todos los seres humanos que habitan en Madrid.
Vuelve, enfurecida por el devenir de los últimos acontecimientos que colocan a su Partido en una gravísima situación de riesgo, por la implicación de muchos de sus cargos en múltiples casos de corrupción, e intentando salvar los muebles, al menos los de su propia casa, al intuir que de seguir produciéndose noticias desfavorables para la Formación a la que pertenece, podría ser inminente una pérdida total del poder.
La fuerza de la costumbre de mandar, de hacer durante muchos años su santa voluntad, no solo en los cargos que ha ocupado, sino también en la sede de su partido, obliga a Aguirre a luchar con uñas y dientes, sin importar qué métodos emplee, por conservar del modo que sea, la idílica parcela de privilegios en la que se instaló con la voluntad de quedarse para siempre y que ahora se le escapa de las manos, como no podía ser de otro modo, a causa de las truculentas historias que han protagonizado sus compañeros y de las nefastas políticas practicadas por su eterno enemigo Mariano Rajoy, desde que es Presidente del Gobierno.
Pero a veces, saber hasta dónde se puede llegar, dónde se encuentra el límite que nunca se debe traspasar en el ejercicio de la política, resulta absolutamente necesario para quién desea dedicarse a ella como profesión y esta vez, Esperanza Aguirre, ha cruzado todas las líneas.
Arremeter contra los más desfavorecidos de la sociedad, proponer tácitamente una limpieza de mendigos, como si se trataran de basura que ensucia el paisaje de la capital española, no puede por menos que provocar en los ciudadanos, en general, la más absoluta repulsa hacia quien propone este planteamiento y un rechazo total hacia todo lo que pueda decir, a partir de este preciso momento.
Le falta Aguirre, caridad y desde luego, queda demostrado que en nada defiende la vida.
Quizá subyace en sus afirmaciones, un deseo ferviente de hacer ver al resto del Mundo que la pobreza, la desolación y la manera en que se ven obligados a vivir una serie de seres humanos, no existe allí donde ella quiere mandar y que las inquietantes historias que se esconden detrás de los que ahora se encuentran sin techo, nada tienen que ver ni con la pérdida masiva de trabajo que ha traído la Reforma Laboral del PP, ni con la enorme cifra de desahucios que se producen a diario en el País, con la aquiescencia del Gobierno y de quienes le apoyan.
Seguramente, sus declaraciones le asegurarán los votos de los barrios más selectos de su ciudad, pero el resto de la sociedad, la gente buena que forma en su conjunto el censo de Madrid, quizá no puedan perdonarle nunca que defienda el triunfo de la estética frente a la ética.



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