Vuelve esperanza Aguirre, que se declara católica practicante
y acérrima defensora de la vida, a reaparecer en la escena política con unas
declaraciones que contradicen diametralmente cualquier principio de humanidad,
cargando contra los mendigos que se ven obligados a dormir en las calles, al
carecer de techo, porque según ella, ahuyentan al turismo que transita por
Madrid, ofreciendo una imagen de la ciudad que no gusta a la ex Presidenta-
Vuelve, probablemente
descontenta con los resultados que le auguran las encuestas, seguramente para
contentar a esos votantes de la más recalcitrante derecha, con los que suele
codearse en las manifestaciones antiabortistas en las que participa y que coinciden
con casi todos sus planteamientos y probablemente también con este, al provenir
en su mayoría de un sector de la sociedad al que molesta que le recuerden que
en la España de hoy, está muy presente la miseria.
Vuelve, haciendo uso de ese populismo, en su caso clasista,
que tanto critica a los adversarios que cuentan a los ciudadanos la auténtica
realidad de lo que acontece y lo hace, aferrándose al rancio abolengo de sus
más fieles seguidores, demostrando con sus afirmaciones que de ganar en las
próximas elecciones, distaría mucho de ser la Alcaldesa de todos los seres
humanos que habitan en Madrid.
Vuelve, enfurecida por el devenir de los últimos
acontecimientos que colocan a su Partido en una gravísima situación de riesgo,
por la implicación de muchos de sus cargos en múltiples casos de corrupción, e
intentando salvar los muebles, al menos los de su propia casa, al intuir que de
seguir produciéndose noticias desfavorables para la Formación a la que
pertenece, podría ser inminente una pérdida total del poder.
La fuerza de la costumbre de mandar, de hacer durante muchos
años su santa voluntad, no solo en los cargos que ha ocupado, sino también en
la sede de su partido, obliga a Aguirre a luchar con uñas y dientes, sin
importar qué métodos emplee, por conservar del modo que sea, la idílica parcela
de privilegios en la que se instaló con la voluntad de quedarse para siempre y
que ahora se le escapa de las manos, como no podía ser de otro modo, a causa de
las truculentas historias que han protagonizado sus compañeros y de las
nefastas políticas practicadas por su eterno enemigo Mariano Rajoy, desde que
es Presidente del Gobierno.
Pero a veces, saber hasta dónde se puede llegar, dónde se
encuentra el límite que nunca se debe traspasar en el ejercicio de la política,
resulta absolutamente necesario para quién desea dedicarse a ella como
profesión y esta vez, Esperanza Aguirre, ha cruzado todas las líneas.
Arremeter contra los más desfavorecidos de la sociedad,
proponer tácitamente una limpieza de mendigos, como si se trataran de basura
que ensucia el paisaje de la capital española, no puede por menos que provocar
en los ciudadanos, en general, la más absoluta repulsa hacia quien propone este
planteamiento y un rechazo total hacia todo lo que pueda decir, a partir de
este preciso momento.
Le falta Aguirre, caridad y desde luego, queda demostrado que
en nada defiende la vida.
Quizá subyace en sus afirmaciones, un deseo ferviente de
hacer ver al resto del Mundo que la pobreza, la desolación y la manera en que
se ven obligados a vivir una serie de seres humanos, no existe allí donde ella
quiere mandar y que las inquietantes historias que se esconden detrás de los
que ahora se encuentran sin techo, nada tienen que ver ni con la pérdida masiva
de trabajo que ha traído la Reforma Laboral del PP, ni con la enorme cifra de
desahucios que se producen a diario en el País, con la aquiescencia del
Gobierno y de quienes le apoyan.
Seguramente, sus declaraciones le asegurarán los votos de los
barrios más selectos de su ciudad, pero el resto de la sociedad, la gente buena
que forma en su conjunto el censo de Madrid, quizá no puedan perdonarle nunca
que defienda el triunfo de la estética frente a la ética.

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