Se cumplen once años de la matanza del 11M y la herida que
nunca cicatrizará en el corazón de los españoles, vuelve a sangrar en cuanto se
contemplan las imágenes del horror de aquellos trenes destrozados, en los que
todos perdimos tantas cosas.
Parece mentira que continúen abiertas las distancias entre
los que defendieron y aún lo hacen, que la autoría de los atentados
correspondía a los ideólogos de ETA y aquellos que siempre supimos que fue una
consecuencia directa de nuestra entrada en la guerra de Irak, con la que nunca
estuvimos de acuerdo, como manifestamos en aquellas protestas multitudinarias que recorrieron las calles de
todas las ciudades y pueblos del país y a las que nunca hizo caso un Presidente
Aznar, empeñado en ser uno de los protagonistas de la foto de Las Azores.
Aquel atentado, cambió radicalmente la idea de un terrorismo
que entonces nos tocaba de cerca pero que desde la matanza de Hipercor, no
acostumbraba a provocar masacres y que de pronto, nos atacó como un mazazo,
convenciéndonos de que cualquiera de nosotros, podría, en cualquier momento,
ser elegido como víctima.
También aprendimos que los pueblos pueden pagar, aún siendo
absolutamente inocentes, los errores cometidos por sus políticos y que los
muertos en este tipo de actos también son inmediatamente clasificados en
distintas categorías, según convenga a los que ocupan el poder y que son mejor
tratados, aquellos cuyos familiares representan un granero de votos seguros.
Fue un poco, como perder de pronto la inocencia a manos de un
enemigo hasta entonces desconocido y sentir, por primera vez, una sensación de
orfandad colectiva, al corroborar que los fallecidos pertenecían a familias
idénticas a las nuestras y que sólo tuvieron la espantosa suerte de encontrarse
en el momento en que estallaron las bombas, en un lugar equivocado.
Aquellos hijos, eran nuestros hijos, las madres, nuestras madres y los padres,maridos, hermanos
y demás familiares, bien podían haber sido, precisamente los nuestros.
Quizá por eso, la furia y la indignación de tener que añadir
al dolor, el intento descarado de mentirnos que protagonizó el Gobierno de
Aznar en los primeros momentos de la tragedia, aumentó de manera considerable
dejándonos grabada a fuego la lección de que estando cercanas unas elecciones
generales, ni siquiera importan las vidas de unos cientos de españoles,
perdidas en esta ocasión, de una manera tan violenta.
Después de aquello, ya nada volvería a ser lo mismo y casi
podría asegurar que aquella fecha marcó el comienzo de la desconfianza en la
clase política, que después se ha ido agrandando con el tiempo, por otras
muchas y variadas razones.
Porque el mero recuerdo de los sucesos que acontecieron aquel
11 de Marzo y en las fechas siguientes, sigue provocando en nosotros un escalofrío,
sin que aún hoy, a pesar de haber pasado once años, hayamos podido olvidar ni
perdonar, incluso sin haber tenido vínculos personales que nos unieran a las
víctimas.
Cada año, el apoyo sincero de los ciudadanos a todos los que
perdieron a alguien en aquellos trenes, se hace patente y nada tiene que ver
con las conmemoraciones y los fingimientos que llevan a cabo los políticos de
turno, en ciertos lugares muy señalados.
El dolor, cuando es íntimo, se suele vivir en soledad, lejos
de aspavientos y rimbombantes escenarios a los que se acude, casi siempre, con
la intención de obtener por estar en ellos, algún tipo de beneficio.

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