Una reparación en los tendidos eléctricos, nos deja sin red
durante casi todo el día, provocando un nerviosismo casi impensable apenas veinte años atrás, cuando ninguno de
nosotros podía siquiera imaginar la posibilidad de estar en contacto inmediato
con casi todo el mundo o poder acceder a cualquier tipo de información, en solo
cuestión de segundos.
En aquel tiempo, todavía nos mirábamos a la cara los unos a
los otros cuando nos cruzábamos por la calle, en lugar de andar abducidos por
la pequeña pantalla del teléfono móvil, como ocurre hoy y cuando por alguna
razón nos cortaban la luz, sólo nos preocupaban los alimentos perecederos que
cada cual guardaba en el frigorífico.
Ahora, no tener acceso a la red, aún cuando sepamos que lo
vamos a recuperar en unas cuantas horas, se convierte en una enorme tragedia,
como si nos hubiéramos quedado huérfanos de un padre que nos tutela
incansablemente durante todos los momentos de nuestras vidas y nos produce una incertidumbre que conmueve todas
las terminaciones nerviosas de nuestro cuerpo, exactamente igual que si
sufriéramos un mono por estar abandonando una adicción, o peor aún, como si nos
estuvieran prohibiendo el acceso al tabaco, en contra de nuestra voluntad y
sólo pensáramos en ese delicioso cigarrillo que nos apetece, sin que se nos
permita fumarlo.
No se habla de otra cosa en el barrio que del descanso
forzoso que todos han tenido que dar a los ordenadores y todo el mundo se asoma
periódicamente a la puerta, esperando que los operarios consigan superar el
tiempo necesario que requiere la reparación de la avería, como si les fuera la
vida en tener que permanecer lejos de los teclados y pantallas que se han
convertido en un miembro más de todas las familias.
Protestan unos, porque tendrían que estar trabajando y sin
electricidad no pueden hacerlo y otros, porque se han visto forzados a
abandonar la conversación que mantenían a través de algún chat, con gente que
ni siquiera conocen y la dichosa avería, hasta sirve a los que jamás opinan de
temas políticos para criticar el mal estado en que se encuentran los tendidos
eléctricos, a pesar de lo que ha subido el recibo de la luz, con la
aquiescencia de este gobierno.
Aunque las condiciones
climáticas invitan a pasear bajo un cielo azul de justicia y la deliciosa
temperatura potencia entregarse a la práctica de las relaciones humanas, nadie
quiere hoy salir de casa sin tener la seguridad de que el problema de las redes
quede resuelto y más de uno, podría afirmar, ya ha realizado tres o cuatro
llamadas a los números correspondientes, para preguntar a qué hora se nos
devolverá la posibilidad de establecer conexión, pues sería un drama que la
reparación se prolongara más de un día, aunque pueda parecer una exageración,
esto que digo.
Afortunadamente, el problema no afecta a la intención de
escribir, ya que el portátil que manejo funciona perfectamente con batería y el
bendito Word no necesita de conexión alguna para responder a plenitud, en cada una de sus
funciones, así que en vista de la desesperación general, decido sin que sirva
de precedente, cambiar el tono del artículo diario dedicado por lo general a
temas políticos y consagro mi tiempo de hoy, a referiros esta historia de
modernidad que bien podría sucedernos a todos, en cualquier momento de nuestras
rutinarias existencias.
Y es que no hay peor cosa que adquirir costumbres que pueden
irse al traste por intervención de terceros, o depender de algo con tal
intensidad, que acabe por convertirse en imprescindible para un ser humano que a
pesar de los años que lleva encima de la faz de la tierra, aún no ha llegado a
comprender que se puede vivir sin casi todo y encima, hasta disfrutar del
esperpéntico panorama que ofrecen algunas situaciones del todo absurdas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario