miércoles, 11 de marzo de 2015

Historias de la modernidad


Una reparación en los tendidos eléctricos, nos deja sin red durante casi todo el día, provocando un nerviosismo casi impensable  apenas veinte años atrás, cuando ninguno de nosotros podía siquiera imaginar la posibilidad de estar en contacto inmediato con casi todo el mundo o poder acceder a cualquier tipo de información, en solo cuestión de segundos.
En aquel tiempo, todavía nos mirábamos a la cara los unos a los otros cuando nos cruzábamos por la calle, en lugar de andar abducidos por la pequeña pantalla del teléfono móvil, como ocurre hoy y cuando por alguna razón nos cortaban la luz, sólo nos preocupaban los alimentos perecederos que cada cual guardaba en el frigorífico.
Ahora, no tener acceso a la red, aún cuando sepamos que lo vamos a recuperar en unas cuantas horas, se convierte en una enorme tragedia, como si nos hubiéramos quedado huérfanos de un padre que nos tutela incansablemente durante todos los momentos de nuestras vidas y  nos produce una incertidumbre que conmueve todas las terminaciones nerviosas de nuestro cuerpo, exactamente igual que si sufriéramos un mono por estar abandonando una adicción, o peor aún, como si nos estuvieran prohibiendo el acceso al tabaco, en contra de nuestra voluntad y sólo pensáramos en ese delicioso cigarrillo que nos apetece, sin que se nos permita fumarlo.
No se habla de otra cosa en el barrio que del descanso forzoso que todos han tenido que dar a los ordenadores y todo el mundo se asoma periódicamente a la puerta, esperando que los operarios consigan superar el tiempo necesario que requiere la reparación de la avería, como si les fuera la vida en tener que permanecer lejos de los teclados y pantallas que se han convertido en un miembro más de todas las familias.
Protestan unos, porque tendrían que estar trabajando y sin electricidad no pueden hacerlo y otros, porque se han visto forzados a abandonar la conversación que mantenían a través de algún chat, con gente que ni siquiera conocen y la dichosa avería, hasta sirve a los que jamás opinan de temas políticos para criticar el mal estado en que se encuentran los tendidos eléctricos, a pesar de lo que ha subido el recibo de la luz, con la aquiescencia de este gobierno.
Aunque  las condiciones climáticas invitan a pasear bajo un cielo azul de justicia y la deliciosa temperatura potencia entregarse a la práctica de las relaciones humanas, nadie quiere hoy salir de casa sin tener la seguridad de que el problema de las redes quede resuelto y más de uno, podría afirmar, ya ha realizado tres o cuatro llamadas a los números correspondientes, para preguntar a qué hora se nos devolverá la posibilidad de establecer conexión, pues sería un drama que la reparación se prolongara más de un día, aunque pueda parecer una exageración, esto que digo.
Afortunadamente, el problema no afecta a la intención de escribir, ya que el portátil que manejo funciona perfectamente con batería y el bendito Word no necesita de conexión alguna  para responder a plenitud, en cada una de sus funciones, así que en vista de la desesperación general, decido sin que sirva de precedente, cambiar el tono del artículo diario dedicado por lo general a temas políticos y consagro mi tiempo de hoy, a referiros esta historia de modernidad que bien podría sucedernos a todos, en cualquier momento de nuestras rutinarias existencias.
Y es que no hay peor cosa que adquirir costumbres que pueden irse al traste por intervención de terceros, o depender de algo con tal intensidad, que acabe por convertirse en imprescindible para un ser humano que a pesar de los años que lleva encima de la faz de la tierra, aún no ha llegado a comprender que se puede vivir sin casi todo y encima, hasta disfrutar del esperpéntico panorama que ofrecen algunas situaciones del todo absurdas.


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