El triunfo de Susana Díaz en las elecciones andaluzas y la
moderada irrupción de Podemos y Ciudadanos en el Parlamento Autonómico de esta
zona del País, provoca en el resto de los españoles una sensación agridulce que
oscila entre la decepción de no haber conseguido romper de manera categórica la
hegemonía del bipartidismo y la esperanza de que la representación conseguida
por los Partidos recién llegados, empiece a cambiar, aunque sea mínimamente, el
modo de gobernar en España.
La caída vertiginosa del PP, que algunos explican como un
adelanto de la gran derrota que podría sufrir en las Municipales y Generales
que se celebrarán este año, constata sin embargo, el descontento generalizado
que existe contra las políticas adoptadas por Mariano Rajoy y deja claro que ni
el triunfalismo de los conservadores, ni su afán por convencer a la ciudadanía
de que ha terminado la crisis, han tenido calado en esta sociedad, todavía
fuertemente influida por el miedo a que todo pudiera cambiar radicalmente, como
si nos pudiera ir peor de lo que nos va y no nos quedara otro remedio que
aferrarnos a la manera tradicional de hacer política.
El voto andaluz ha culpabilizado casi exclusivamente al PP de
los problemas que le afligen y vuelve a depositar mayoritariamente su confianza
en un Partido Socialista liderado por quien seguramente terminará por aspirar a
presidir el País, dada la contundencia del resultado obtenido, perdonando
incomprensiblemente el gran asunto de corrupción de los ERE, en el que a día de
hoy se encuentran imputados dos ex Presidentes de esta Comunidad y que sin
embargo, no parece influir en la conciencia de un pueblo, que aún conserva un
exagerado sentimiento de lealtad hacia quienes piensa que le ayudaron a avanzar
grandemente, en aquellos años del comienzo de la Democracia.
No consigue el PP, por enésima vez, darse el gusto de ganar
en esta Autonomía, que no ha podido gobernar nunca, a pesar de los
inconmensurables esfuerzos hechos durante años en cada una de las campañas
electorales y que, probablemente, sigue viendo en los conservadores el símbolo del
caciquismo que tanto daño hizo en esta tierra, a la que siempre consideraron
como un latifundio poblado por siervos a los que explotar y que cuando al fin
se sintieron libres, les dieron sin dudarlo, la espalda.
La entrada de Podemos y Ciudadanos en el Parlamento andaluz,
augura sin embargo, aires nuevos que refresquen la asfixiante situación que
azota a un sur tradicionalmente olvidado
y vilipendiado por casi todos los gobiernos centrales e instaura, al menos, la
figura de un vigía permanente que controle los múltiples desmanes que se han
venido produciendo últimamente y que represente la voz de la sociedad, en medio
de este maremágnum político en el que los representantes electos, no han hecho
otra cosa que tomar distancia con los problemas reales que acucian a los
españoles de hoy.
Será ésta, una buena manera de comprobar fehacientemente si
los recién llegados son capaces de hacer realidad las expectativas de quienes
se atrevieron a regalarles sus votos y si su forma de afrontar la crudeza del
mundo de la política, responde a lo que soñamos que podría ser, demostrando que
un cambio es del todo posible.
A ellos, no nos queda otro remedio que desearles suerte y a
los viejos, a los que ya de sobra conocemos por sus acciones, advertirles que
estamos vigilando de cerca su manera de comportarse a partir de ahora y que
ahí, a la vuelta de la esquina, están
las Municipales y las Generales, para cambiar de opinión, si no responden con
lealtad, a la confianza que en ellos se deposita.
El futuro, sigue estando en nuestras manos.

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