El Fiscal de Marsella se reunía a primera hora de la tarde
con los medios para contar, con enorme preocupación, que la principal hipótesis
que se está manejando en la investigación del accidente de Los Alpes, apunta directamente
a la posibilidad de que el copiloto del avión hubiera decidido suicidarse,
arrastrando consigo a la muerte, a las ciento cincuenta personas que le
acompañaban en el vuelo hasta Alemania.
De todas las explicaciones que se hubieran podido ofrecer a
los familiares de las víctimas, ésta es sin duda la peor, no sólo porque los
suicidios ya suelen resultar para todos prácticamente incomprensibles, sino
porque el estado mental de una persona que decide quitarse la vida en el
momento en que le acompaña un gran número de viajeros, a los que ni siquiera
conoce, no debe ser precisamente el más deseado para un piloto de aviación y no
se comprende cómo no había sido detectado en los reconocimientos médicos
obligatorios practicados con anterioridad, por la Compañía.
Nada parece apuntar a que el suicida pudiera tener relación
con algún grupo terrorista, pero según palabras del Fiscal, es pronto para
descartar esta posibilidad y más bien, se están orientando las investigaciones
a profundizar en la vida de este
copiloto, para tratar de averiguar si atravesaba alguna crisis personal que
pudiera haber sido la causa de la terrible decisión que parece haber tomado, en
la soledad de la cabina del avión, en sólo unos pocos momentos.
Las cajas negras han revelado que puede escucharse con toda
claridad cómo el Comandnte sale de esta cabina y cómo unos instantes después,
intenta sin éxito volver a su puesto de trabajo, golpeando reiteradamente una
puerta que ya no volvió a abrirse, por expreso deseo de su compañero de vuelo.
De llegar a confirmarse esta teoría, a los familiares de las
víctimas les queda un largo camino por recorrer para poder aceptar este duelo y
es muy probable que muchos de ellos jamás lo consigan, si se tiene en cuenta el
extraño desarrollo de esta historia.
Porque uno puede comprender que un fallo técnico, mecánico o
humano pueda provocar la caída de un avión y terminar asumiendo después de un
tiempo prudencial, que la muerte de sus seres queridos, se debió a una cuestión
de simple mala suerte, pero la sola idea de que alguien que desea morir lo haga
obligando a correr su misma suerte a ciento cincuenta personas, ejecutando una
acción como ésta, con extrema frialdad, hasta sus últimas consecuencias, no
deja de ser un trauma emocional con el que desde luego, ni se podrá olvidar ni
perdonar, en todos los años de una vida.
A medida que el tiempo va transcurriendo y se van conociendo
un poco las historias personales de estos pasajeros que tuvieron la mala fortuna
de coincidir con esta especie de kamikaze, al que ni siquiera le tembló la
respiración tras haber cerrado la puerta, más amarga se hace la necesidad de
tener que contar este relato de horror, que escapa a toda lógica y que nunca
hallará consuelo.
Cuesta tener que escribir estas cosas, pero a medida que
tenemos a veces que hacerlo, no queda otro remedio que pensar en lo poco que
conocemos aún del comportamiento de los seres humanos y cuánto queda todavía
por hacer, si queremos que actos como éste no vuelvan a repetirse jamás, por el
bien de todos nosotros.

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