El poeta Luís García Montero ha aceptado ser Candidato de
Izquierda Unida en la Comunidad de Madrid, que tras la marcha de Tania Sánchez
se encuentra atravesando uno de los momentos más bajos de toda su historia y
que si hubiera que confiar en las encuestas, ni siquiera obtendría
representación en el Parlamento de la Capital, tras la celebración de las
elecciones.
El gesto, que honra a este luchador impenitente y que
demuestra que todavía quedan soñadores dispuestos a sacrificar su estabilidad
personal a favor de la ideología que siempre defendieron, sólo podría partir de
quien poseyendo una sensibilidad especial, como es el caso de un poeta, no
considera como prioridad absoluta la obtención del poder y sí la necesidad de ser
útil a la sociedad, de la mejor manera posible.
Lo tiene crudo una persona así en el mundo de lobos en que se
ha convertido el ejercicio de la política, pues poco tiene que hacer la
inocencia frente al entramado alevoso en que suelen desenvolverse los asuntos
de Estado y en principio, puede dar la impresión de que cuenta con muchas
posibilidades de ser devorado en cualquier punto del camino que ahora inicia,
probablemente con toda la ilusión con que se afronta cualquier nuevo proyecto,
sin querer asumir que muchos de ellos pueden estar, desgraciadamente y a pesar
de la buena voluntad, abocados al más estrepitoso fracaso.
Pero desde otro punto de vista, quizá sea de verdad necesario
que gente así vaya reemplazando, a la mayor brevedad posible, a toda la caterva
de depredadores que se ha instalado en las Instituciones, más con la idea de
obtener un enriquecimiento personal que con la de contribuir al bien común,
para regenerar si fuera posible, la esperpéntica situación que subyace bajo el
aparentemente apacible mundo de la política y que ha provocado, a través de los
incontables casos de corrupción que hemos padecido en los últimos años, una
desconfianza generalizada en quienes se dedican a este fin, haciendo que su
buena imagen hoy por hoy, nos parezca del todo irrecuperable.
Históricamente, pocos de los poetas que han aceptado el
compromiso de defender públicamente una ideología han terminado precisamente
bien, recuérdense los casos de Lorca, Hernández o Neruda, por ejemplo, pero es
de agradecer que los intelectuales tengan, además del afán de crear obras
maestras, algún interés en formar parte de los asuntos que atañen a las
mayorías populares, demostrando a los simples mortales que no son una élite
aislada de cerebros que habita en parcelas alejadas del resto de la sociedad,
sino que también son capaces de convivir y luchar por alcanzar los mismos
logros que el resto de nosotros.
Su opinión, que probablemente casi en ningún caso suele
coincidir con la de aquellos que no han sido dotados para las artes, supone no
obstante, un soplo de aire fresco en este ambiente dominado actualmente por la
tiranía de lo material y pone una nota de necesaria espiritualidad en el
devenir de una historia que parece escrita exclusivamente para gente sin alma,
que ya ni siquiera considera que valores como la honestidad o la decencia,
puedan formar parte inherente de la naturaleza de los hombres.
Mucho va a tener que
batallar el poeta con las ansias de poder de algunos de sus correligionarios y
más aún con el ideario obsoleto que enarbolan impenitentemente los líderes de
la vieja guardia, pero es muy probable que a pesar de los pesares, su llegada
sea lo más conveniente que pueda ocurrir a Izquierda Unida en este momento, si
de verdad quiere salir del bache oscuro en que se encuentra inmersa y no ser,
literalmente, fagocitada por el empuje de Podemos.
No nos queda pues, otro remedio, que dar la bienvenida a Luís
García Montero a esta tierra inhóspita de la política, con la esperanza de que
consiga alcanzar cierta estabilidad en la cúpula de IU y sobre todo, con la
ilusión de que logre trasladar algunos matices de su oficio de poeta a la
tribuna del Parlamento de Madrid, que falta le hace.

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