El flemático Mariano Rajoy elige, agotando al máximo los
plazos, a Cristina Cifuentes y Esperanza Aguirre como Candidatas a la
Presidencia Autonómica y la Alcaldía de
Madrid, propinando un tácito varapalo a Ignacio González, tras la reapertura
del caso del ático de Benalmádena, que tantos quebraderos de cabeza le ha
traído.
No le ha quedado otra opción al líder de los populares que la
de apartar al actual Presidente de la Comunidad, que como ya decíamos hace unos
días, estaba prácticamente seguro de repetir como candidato junto a su querida
Aguirre, que por su parte, no ha dudado en aceptar el llamamiento de su
Partido, aún teniendo que prescindir del que fuera su número dos y demostrando
que puede más la ambición que la solidaridad con el que fuera su amigo.
Apuesta el PP por este dúo de Reinas, compuesto por dos
destacadas figuras archiconocidas en la política nacional, la una por haber
sido la número uno del gobierno de Madrid durante los años en que se fueron
fraguando las más importantes tramas de corrupción que se encuentran en la
actualidad en manos de la justicia y la otra, por haber estado al frente de la
Delegación de Gobierno en la capital y haber ordenado todas las actuaciones
policiales frente a los múltiples actos de protesta que se han venido
sucediendo en esta legislatura y de cuya dureza, no ha quedado a nadie la menor
duda, sobre todo en la forma en que se ha perseguido y acosado a los
manifestantes, indiscriminadamente y sin que existiera en ninguna ocasión, un
móvil que justificara la violencia que se ha ejercido sobre ellos.
Sin embargo, Rajoy parece confiar en que estas dos mujeres
consigan aglutinar el voto perdido del PP, la una, por representar
manifiestamente los intereses del ala más conservadora de la Formación y la
otra porque, al menos en apariencia, estaría más cerca de las posturas
centristas que en muchos casos se han ido abandonando durante los últimos años,
causando estragos en la intención de voto, según reflejan todas las encuestas.
Poco o nada parecen
importar las enormes diferencias que han tenido Rajoy y Aguirre, prácticamente
desde que se conocieron, ni la profunda enemistad existente entre ellos, que ninguno
de los dos ha tenido la delicadeza de disimular de cara a la galería, cuando se
trata de no perder uno de los graneros de votos tradicionalmente conservadores,
que junto a los de la Comunidad valenciana constituyen prácticamente el grueso
del poder con que siempre han contado los populares en España.
Pero si los pronósticos se cumplen, ni Cifuentes ni Aguirre
ocuparan los puestos a que aspiran durante los próximos cuatro años, en un
ambiente convulso que nada tendrá que ver con la plácida comodidad a que estaba
acostumbrado el PP, en esta parte del territorio patrio. Todo el protagonismo
que tuvieron habrá entrado a partir de entonces en franca decadencia y habrán
de enfrentarse no sólo a su tradicional enemigo, el PSOE, sino también a los
elegidos pertenecientes a Podemos y casi con toda seguridad, a los procedentes de los Ciudadanos de Albert
Rivera, que representan además, una fuerte competencia ideológica para los
populares.
Así que más que Reinas, Cifuentes y Aguirre se convertirán,
con toda probabilidad, en dos simples peones de brega a los que no quedará otro
remedio que soportar lo mejor que puedan los purulentos ataques que sin duda
están por llegar, de parte del resto del arco político, en un periodo en el que
seguramente llegará la resolución judicial de muchos de los casos abiertos de
corrupción que acucian a su Partido y que hasta ahora, se han ido dilatando en
el tiempo, quizá por razones de un poder, que para entonces ya estará perdido.
Puede que la venganza de Rajoy contra Aguirre consista
precisamente en eso. En poder verla destronada y lanzada a las fauces de todos
los leones que la esperan con avidez para devorarla, en sentido estrictamente
político, mientras él hace lo que puede por evitar su propia debacle, si es que
eso es aún posible.

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